Te como una, cuento veinte
El seguimiento de la jornada electoral en una peña de vecinos adquiere matices reveladores ¿Quién dijo que el voto no es un arte popular?
EN la malagueña Peña El Rocío, en la calle Fernando El Católico, se pueden hacer habitualmente muchas cosas: desde tomar unas cañas con una tapa de ensaladilla hasta disfrutar de una actuación de copla o de flamenco, pasando por la siempre reconfortante contemplación de un partido de fútbol en compañía. El centro tiene su sustento en sus socios, pero casi todas sus actividades son de carácter abierto. Desde hace algún tiempo, además, la carta nocturna incluye hamburguesas, camperos y pinchitos, lo que ha multiplicado la afluencia más joven hasta lograr una hermosa y pacífica síntesis social. El ambiente es siempre cálido, hogareño, distendido y afable: todos son bienvenidos. De hecho, en los últimos días ha habido aquí expuesta una Virgen para quienes han querido cumplir con un anunciado besamanos de Adviento, pero quien ha preferido acudir a jugar al dominó ha podido hacerlo sin problemas. En cada cita electoral, la Peña El Rocío es designada además como sede para la instalación de dos mesas; sin embargo, la casa mantiene sus actividades normales de cada domingo, salvo las que a cuenta del reglamento quedan suspendidas, lo que se traduce en una óptica distinta y reveladora para seguir una jornada como la de ayer. Quien viene a votar vota, pero nada se detiene. Y, al cabo, tampoco está nada mal poder tomarse una copita de vino con una ración de carne con tomate después de haber cumplido con el democrático mandato sin tener que cambiar de local siquiera. Que lo bien hecho merece recompensa.
A eso de las 11:00 la afluencia en la peña era bastante inferior que en otras convocatorias, o eso opinaba una señora que salía fatigosamente, tomada del brazo por una confidente que asentía con paciencia, después de haber depositado el voto. En la puerta, dos agentes discutían sobre el partido que se disponía a disputar el Barcelona con el River Plate, con la conclusión de que si del Madrid se tratase otro gallo cantaría. Dentro del local, eso sí, algunos vecinos se arrimaban ya el primer tercio a la espera de que el árbitro pitara el comienzo del encuentro, como calentando en la banda. Un hombre fregaba vasos en la barra con eficacia pero con gesto cansado, resignado tal vez ante la larga jornada, mirando a la pantalla con gesto de circunstancia. Y justo al lado del televisor, un enorme nacimiento tradicional dejaba bien claro que de laicismo, aquí, ni mijita, y ya podían votar a Podemos los Reyes Magos si les daba la gana. Que el Niño Dios es el Niño Dios, aquí y en Hong Kong. Continuaban los prolegómenos del mundialito con dos comentadores que mostraban menos entusiasmo que el de la barra cuando entraron otras tres señoras bien abrigadas, permanente en ristre, andar lento y expresión congelada en el rostro, como si el muerto estuviese aún de cuerpo presente. No había que ser muy listo para adivinar que después de votar se dirigirían a misa a La Victoria: ya dentro de la sala destinada a las urnas hicieron lo suyo con prisa, Antonia esto del Senado cómo va, son tres casillas Paqui, pero ¿las tres del mismo partido?, pues claro, no, intervino la tercera, no tienen que ser del mismo. Salieron de la peña justo cuando las campanas llamaban a la eucaristía. Lo cierto es que más de uno anduvo perdido con la papeleta asalmonada: el apoderado de Podemos se lo tomaba con calma para explicar el procedimiento a un señor ataviado con guayabera, gorro de pescador y rebeca de punto. El olor a aceite se filtraba ya desde la plancha. Una niña pedía permiso a los componentes de una de las mesas para introducir el voto de su madre, y la presidenta accedía con democrática convicción.
El de ayer fue un domingo raro, con todas las tiendas abiertas. No sólo en el centro, también en el barrio, donde muchos aprovecharon la coyuntura para ir de comprar navideñas en busca del regalo perfecto para el amigo invisible. Tal vez eso explicara que la afluencia por la mañana fuese menos nutrida de lo habitual, pero que sí aumentara en proporción entre las 14:00 y las 15:00, cuando muchos comían en las mesas y en la barra mientras los votantes pasaban al salón propicio. Una mujer de unos cuarenta años, con unos cuantos niños correteándole alrededor y de forzado acento castellano, comentaba la partida con una amiga que lucía bolso de Lacoste: "Yo iba a votar al PP, pero al final mi marido me ha convencido para que vote a Ciudadanos. Y ya me empiezo a arrepentir". Aunque, para partida, la que tenían liada tres abuelos al parchís en una mesa contigua, al más puro aroma del backgammon constantinopolitano: te como una, me cuento veinte. "Como salga Podemos estamos aviaos", dijo un cincuentón algo relamido. Otro igual se encogió de hombros.
BUJALANCE
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