DAU. NATASHA | FESTIVAL DE CINE DE SEVILLA Dogma, sexo y polonio

La noche más oscura cae sobre la sociedad estalinista en ‘DAU. Natasha’. La noche más oscura cae sobre la sociedad estalinista en ‘DAU. Natasha’.

La noche más oscura cae sobre la sociedad estalinista en ‘DAU. Natasha’.

Las cosas llegan tarde a la Rusia de Vladímir Putin, las que llegan, claro. Esta DAU. Natasha parece que lo tiene complicado, a pesar de la connivencia alemana (quién los ha visto y quién los ve) y de haberse encargado de hacer el suficiente ruido extra cinematográfico para que se hable de ella por el circo montado a su alrededor. Resumiendo mucho: diez años de rodaje, 700 horas de material, 400 voluntarios y 50 actores viviendo dos años sin salir del set de rodaje para alumbrar un mega proyecto televisivo-cinematográfico que consta de series e infinidad de entregas en pantalla grande, mediana y minúscula. En fin, la receta les sonará más a un reality o a un programa de musculación que a una obra cinematográfica.

Decíamos al inicio de esta crítica que todo circula con retraso por los helados caminos siberianos, única razón que puede explicar el alborozo de Khrzhanovskiy y Oertel al descubrir (¡a buenas horas!) el Dogma 95 de los astutos Von Trier y Vintenberg. Aquí está la artillería pesada de nuevo: escenas alargadas hasta el paroxismo (ni rastro de Cassavetes), cámara al hombro, iluminación cenital dura, jump cuts, decorados que cantan a teatralidad, localizaciones que parecen decorados, y todo en aras de ese lento recalentamiento de la escena que conduzca a la inevitable confrontación, y posterior depredación, psicológica y sexual, de los lobos a los corderos. Como ya habrán supuesto, tampoco aquí va a faltar la imprescindible dosis de sadismo (tortura explícita femenina mediante botella de vodka) filmada con insoportable nocturnidad y alevosía. En este caso, como además estamos en la terrible URSS estalinista aparecerán los inevitables funcionarios gordos, feos y malos.

Les contarán que DAU. Natasha se adentra en las relaciones de poder bajo el terror totalitario en un centro de investigaciones científicas de la URSS, submundo que conocemos gracias a la cantinera Natasha, pero en realidad se trata de la vieja bestia que recorre Europa, con la inestimable complicidad de tantos negociantes (dentro y fuera del cine), desde los albores del siglo XX.