Exposiciones en el CAAC

Memoria de los sitios que nos fascinaron

  • Ana Barriga y Soledad Sevilla ofrecen en el CAAC sus imaginarios desbordantes y su reflexión sobre el pasado

Ana Barriga, ante la pieza principal de su proyecto en el CAAC. Ana Barriga, ante la pieza principal de su proyecto en el CAAC.

Ana Barriga, ante la pieza principal de su proyecto en el CAAC. / Juan Carlos Vázquez

Acceder estos días a la zona monumental del Centro Andaluz de Arte Contemporáneo (CAAC) es iniciar un viaje por la obra de dos mujeres de distintas generaciones y contextos -la valenciana Soledad Sevilla y la jerezana Ana Barriga- que han logrado algo muy difícil en nuestros días: ser fieles a sus particulares imaginarios y conectarlos con públicos de estratos culturales muy diversos.

Sevilla (Valencia, 1944), pionera española de la instalación y el arte público, y referente de la pintura geométrica en los años 60 -atención que orientó a la repetición y a las variaciones modulares tras su paso por el Centro de Cálculo-, es dueña de una poética delicada y a la vez de gran resonancia ética. Vuelve ahora y hasta el 25 de agosto a la iglesia del Monasterio de la Cartuja para reconstruir tres de las instalaciones más aplaudidas de su carrera -La Algaba, Vélez Blanco, El Rompido- e invitarnos a reflexionar sobre cómo nos enfrentamos a las huellas del pasado.

Su primera instalación nos acerca a Huelva, a sus playas azotadas por el viento, y es la que da origen a la muestra. Su comisario y también director del CAAC, Juan Antonio Álvarez Reyes, argumenta que "Soledad Sevilla nos habla de la memoria como recuperación pero también como acto fallido porque toda recuperación es una fantasmagoría".

Yolanda Torrubia se asoma a la iglesia de la Cartuja donde Soledad Sevilla ha reconstruido 'Toda la torre'. Yolanda Torrubia se asoma a la iglesia de la Cartuja donde Soledad Sevilla ha reconstruido 'Toda la torre'.

Yolanda Torrubia se asoma a la iglesia de la Cartuja donde Soledad Sevilla ha reconstruido 'Toda la torre'. / Juan Carlos Vázquez

Al fondo de la Capilla de Colón vemos una enorme grieta en bronce que recorre como un bajorrelieve toda la pared y en los aledaños, enfrentada a ella, un haz de luz penetra a través de otra grieta abierta en el muro de suelo a techo. La escala de todo el conjunto es colosal.

Soledad Sevilla recuerda sus viajes a El Rompido para ver aquella almadraba abandonada. "Me fascinaba el espacio, lo pinté en una larga serie de cuadros. En los laterales de una puerta de la nave en ruinas que daba al patio de la almadraba había dos grietas, iguales y simétricas. En una el muro había cedido del todo y dejaba entrar la luz. La otra no se había roto por completo y era una hendidura negra. Un día decidí recrearlas para la Capilla del Carmen del IVAM. Una grieta deja ver la materialidad del bronce, la otra la inmaterialidad de una luz interior".

Para Álvarez Reyes, "Soledad Sevilla plantea que toda recuperación es también un acto fallido, una fantasmagoría"

Esta obra del año 2000, que la autora ha donado al CAAC, explora las tensiones entre la naturaleza y la creación. Aquí se recrea el espacio en ruinas de la almadraba gracias a la colaboración de una docena de estudiantes de la Facultad de Bellas Artes de Sevilla, que han pintado la pared emulando las manchas de humedad, el deterioro y el paso del tiempo. "Además de hacer manchas nuevas han hecho murillos por las calidades que tienen las pinturas", admira Sevilla, que elogia también al equipo de conservación del CAAC y a su jefe de restauración Juan Carlos Roldán. Para lograr la grieta de luz hay que hacer en cada ocasión un muro temporal que se rompe a conciencia para que pase la luz. La grieta de bronce, en cambio, se desmonta -pesa una tonelada- y es la misma que estrenó el IVAM. Vídeos y fotos añejas permiten conocer cómo era la almadraba hace dos décadas, la maleza que rodeaba el paisaje... "Estaba en la barra de arena, en una zona protegida. El atún desapareció de la zona por el desarrollo del polo químico y las naves se han ido erosionando y destruyendo", recuerda Sevilla.

La segunda instalación plantea cómo hacer visibles los fantasmas del pasado. Se realizó en 1992 en el Castillo de Vélez-Blanco (Almería) como parte de un proyecto comisariado por Mar Villaespesa. El patio del castillo se vendió en 1904 a un anticuario francés y luego a George Blumenthal, presidente del Metropolitan. A su muerte en Manhattan, el patio pasó a formar parte de la colección del Metropolitan y fue instalado en 1964 para recrear fidedignamente el original.

Soledad Sevilla, en su expo del CAAC. Soledad Sevilla, en su expo del CAAC.

Soledad Sevilla, en su expo del CAAC. / Juan Carlos Vázquez

"Mi primer acercamiento al castillo fue en un curso sobre arquitectura del Renacimiento que impartió en Baeza Víctor Pérez Escolano. Habló de la historia de este patio, que yo desconocía, y me impresionó. Archivé el recuerdo sabiendo que volvería a él. Luego visité muchas veces el Metropolitan y vi la reconstrucción del claustro, los avatares que había sufrido. Cuando finalmente años después Mar Villaespesa me propuso hacer una intervención sobre Andalucía pensé que era el momento". Su proyecto consistió en proyectar durante tres noches sobre las ruinas del patio del castillo las imágenes de su reconstrucción en Nueva York, incluida su desaparición en un bucle continuo. "La imagen se materializaba lentamente conforme se acercaba el crepúsculo y de noche aparecía con una potencia lumínica que hacía que fuera aún más hermoso que en el Metropolitan", recuerda Sevilla, emocionada por la delicadeza con que el CAAC lo recrea.

La tercera instalación Toda la Torre (1990) la creó específicamente con luz y tramas de hilo de algodón para la Torre de los Guzmanes de La Algaba (Sevilla). "Los hilos de algodón se materializan gracias a la luz ultravioleta; si se apagara, dejaríamos de verlos", explica. Al igual que en La Algaba, aquí también se presentan la noche (en la iglesia) y la luz diurna (en la antigua sacristía). "Ha sido un esfuerzo titánico. El hilo de algodón es frágil, si tiras más de la cuenta se rompe", recalca Sevilla.

"Al final mi pintura es siempre un juego de equilibrios entre la razón y la emoción", defiende Barriga

Ana Barriga, por su parte, ofrece en su primera exposición en un museo -De animales a dioses- y de la mano de Yolanda Torrubia y Álvarez Reyes un proyecto que rebosa frescura, ironía y osadía; un juego entre lo nuevo y lo antiguo, entre lo religioso y lo industrial. La obra mayor es un políptico de diez piezas, concebido como un retablo de ángeles y dioses donde la tradición bíblica conversa con los valores "indolentes" de nuestro tiempo, que para ella son el poder político, el dinero y las redes sociales. Como es habitual en su producción, Barriga ha partido de piezas cerámicas preexistentes. "Antes de pintar me formé como escultora y necesito el objeto tangible para darle el peso, la textura, y entenderlo mejor antes de llevarlo a la pintura", explica. Esos objetos cerámicos inspiran el juego de matrioskas que se van abriendo y dando paso a otras figuras ante un friso de azulejos en colores rosa, verde y azul. Algunos personajes son reconocibles fácilmente, como Trump. "Hay un retrato múltiple de la condición humana actual influido por las teorías de Jung y todo, por supuesto, según mi punto de vista", continúa. En este despliegue de matrioskas en el centro estarían Eva y a su lado Adán, que ella representa con rasgos africanos. Dios con barbas y corona de espina y un monje anteceden a los rostros de las grandes potencias mundiales, "los pequeños o grandes dioses en la tierra", especifica Barriga: el fútbol, la política (Trump) y las redes sociales (Zuckerberg).

"A modo de corchete, como una vanitas, os recuerdo a todos que vais a morir y que no podréis salir del inframundo porque os encontraréis al perro de tres cabezas que guarda la puerta de los infiernos", explica con ironía la artista.

Ana Barriga (Jerez, 1984) vuelve a mezclar aquí cuatro técnicas características de su trabajo: óleo, esmalte, espray y rotulador. Lo mismo ocurre con el otro proyecto, ubicado en la capilla de la Magdalena, y titulado Adán y Eva, "aunque en él predomina el esmalte, porque me interesa mostrar la artificialidad de lo representado".

Primer plano de Ana Barriga. Primer plano de Ana Barriga.

Primer plano de Ana Barriga. / Juan Carlos Vázquez

Ana Barriga recuerda que "el óleo en mi obra es siempre corpóreo, más opaco y sucio, es casi barro por la forma que tengo de tratarlo, porque no hago veladuras y te lo encuentras casi como un muro en mi pintura. En Adán y Eva lo enfrento al esmalte, que es más industrial, para subrayar el contraste entre el cuerpo y el alma y entre las figuras de Adán y Eva -que son iguales, solo se distinguen por los grafismos de la flecha y el círculo-". Su idea, como recuerda la comisaria Yolanda Torrubia, "es hacernos reflexionar sobre la artificialidad de lo representado". Todo lo que aparece es mentira en esta transcripción del pasaje bíblico donde Ana Barriga iguala al hombre y la mujer que representa en un poderoso color negro mientras, junto a una cruz como símbolo totémico pintada en un potente amarillo, aparecen los frisos con escenas de la vida e intereses de los monjes cartujos que habitaron este lugar.

"Incluyo incluso un árbol filogenético para hablar de la evolución del hombre y de los animales en el mundo, de las especies que se han extinguido... Hablo de cosas que me gusta permitirme, al final mi pintura es siempre un juego de equilibros entre la razón y la emoción", resume la artista jerezana, exhausta tras el esfuerzo que ha supuesto todo este proyecto, una nueva cumbre en su ascendente y ejemplar carrera.

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