Arturo Pérez-Reverte | Escritor y académico "Quise imaginar cómo habría contado John Ford la vida del Cid"

  • El autor presenta en Sevilla su última novela, 'Sidi', su particular viaje a los orígenes de la mayor leyenda hispánica de la Edad Media

Arturo Pérez-Reverte, este jueves en el céntrico hotel donde se aloja siempre que visita Sevilla. Arturo Pérez-Reverte, este jueves en el céntrico hotel donde se aloja siempre que visita Sevilla.

Arturo Pérez-Reverte, este jueves en el céntrico hotel donde se aloja siempre que visita Sevilla. / José Ángel García

No hablará aquí Arturo Pérez-Reverte de ningún asunto de actualidad, de modo que avisados quedan los muchísimos lectores que aprecian su faceta de bravo y curtido comentarista que no se muerde la lengua antes de largar las verdades del barquero. "No vais a tener ningún titular político, que tengo yo mucha mili ya. Por mis narices que mañana tituláis con el Cid", avisa y reta con una sonrisa amable pero inflexible cuando los periodistas convocados en el hotel donde se aloja siempre en Sevilla el escritor y académico insisten en tratar de arrancarle alguna reflexión sobre la atribulada actualidad española. Pero nada, dicho y hecho: con innegociable diligencia promocional, no hablará más que de su libro, así que vendiendo estamos ya como quien dice su última novela, Sidi (Alfaguara).

"Un día estaba viendo una película de John Ford –cuenta el autor sobre el origen del libro–, una de la trilogía de la caballería, con John Wayne y tal... Y me dije: nosotros también hemos tenido historias de caballería y de fronteras, muchas, pero no se han contado así. Entonces me pregunté cómo habría hecho John Ford una película sobre una época histórica como la del Cid. Y decidí contar una historia de frontera española, pero como un western clásico: con caballería, polvo, sudor, incursiones enemigas, peligros...".

De modo que Pérez-Reverte viaja así a la Península ibérica del siglo XI, donde los términos España o Reconquista no existían aún ni siquiera como ensoñaciones remotas y el turbulento tapiz de reinos musulmanes y cristianos se tejía y destejía con el estruendo incesante de las espadas en múltiples campos de batalla. En ese escenario encuentra el lector a Rodrigo Díaz, el Cid, vagando por tierras musulmanas, a punto de ofrecer sus servicios al rey de la taifa de Zaragoza tras haber caído en desgracia ante Alfonso VI de León, que allí lo mandó desterrado.

"No tengo ninguna misión moral ni intelectual, soy un tipo que cuenta historias y tiene lectores que las leen aquí y en cuarenta y tantos países, punto"

"El Cid famoso, el Cid de Valencia, el que ya gana todas las batallas, hasta después de muerto, ese Cid que ya es una leyenda me interesaba menos. Yo quería, precisamente, ver cómo se forjaba esa leyenda, cómo un infanzón desterrado, con una mesnada de 40 hombres, consigue, primero, sobrevivir, y luego, en un año o menos, hacerse un nombre en la frontera y a la postre pervivir y ser más recordado que los reyes de su tiempo. Me interesaba ese momento de aprendizaje", explica el novelista.

Convertido en un dechado de prudencia, seguramente cansado de hablar sobre la repetición electoral, la exhumación de Franco o los endémicos males históricos del país, Pérez-Reverte se apresura a aclarar que él no tiene "ninguna misión moral ni intelectual". "Yo soy un tipo que cuenta historias y los lectores las leen, aquí y en cuarenta y tantos países. Punto. Es decir, que no pretendo mejorar España ni cambiar el concepto de nuestra Historia. Yo sólo quería traerme el Cid a mi terreno; si de él conocemos un 20% de historia real, probada, y el 80% es leyenda, lo que yo he hecho ha sido saquear ambas y, con la libertad del novelista, tomar aquellos elementos que me eran útiles para contar mi historia".

El ataque de mesura, explica el escritor, se debe al cúmulo de prejuicios ideológicos que pesan sobre la figura histórica: "Como toda mi generación, crecí acunado por un Cid patriotero que llevaba incluso camisa azul [falangista]; un Cid martillo del Islam y espada de la cristiandad, un Cid que junto a Don Pelayo y Franco aparecía como salvador de la civilización frente a la barbarie. El Cid que a mí me interesa no tiene nada que ver con estos conceptos maniqueos, evidentemente".

El autor, retratado poco antes de su encuentro con la prensa sevillana. El autor, retratado poco antes de su encuentro con la prensa sevillana.

El autor, retratado poco antes de su encuentro con la prensa sevillana. / José Ángel García

Luego volverá a esta cuestión para lamentar –"y esto es lo más cerca que me voy a quedar de daros un titular político"– la "apropiación indebida" de la Historia española por parte de los políticos. "El problema es que se usa siempre para exaltarla o para denostarla, no para conocerla, y eso ha hecho muchísimo daño. Al echar basura sobre la Historia, la gente la rechaza o la malinterpreta, y entonces llega todo eso de que la Historia es de fachas o que el Cid es un patriotero".

"Yo he vivido en fronteras durante mucho tiempo, y sé que que una frontera es un lugar muy ambiguo. He visto muchas veces a la gente luchar, algunos incluso eran amigos míos, gente marginal, fuera de las convenciones de lo que la mayoría entiende como vida normal, y a casi nadie he visto luchar o morir por la patria o por cualquier otro ideal. De hecho he visto morir por cosas muy sencillas: por miedo o lealtad, por defender a la familia, por comer", dice.

"Quería llevarme al lector a esa época en la que nuestro confort y nuestros valores modernos y occidentales no valían nada"

Y a fin de cuentas, apunta, por esas mismas razones se mataba y se moría en aquel crisol medieval de reinos y taifas. "El siglo XI fue muy duro, la gente moría literalmente de hambre, por lo que la guerra en zonas como la frontera militar del Duero y sus aledaños era una forma de ganarse la vida, una forma horrorosa, por supuesto, que moralmente reprobamos hoy desde nuestro confort; pero en aquel entonces era habitual: conquistar tierras enemigas, esclavizar a la gente para venderla como ganado, matar, quemar, robar, saquear..., todo eso era usual, tan natural que nadie lo discutía. Y yo quería llevarme al lector a esa época en la que nuestros valores modernos y occidentales no valían nada, quería hacerle sentir cómo era la vida en ese mundo".

Habla Pérez-Reverte y no puede ni quiere disimular su "admiración" por los hombres de acción. "Además, yo también soy de frontera", dice antes de hacer recuento de muescas en el revólver de la memoria. "Nací en el Mediterráneo, en una ciudad como Cartagena con tres mil años de memoria. Toda mi vida, por razones personales, por elección, por vida y lecturas, me he movido por fronteras bélicas, por lugares peligrosos o imprecisos. El Cid de la novela no soy yo, hay cosas que yo nunca he hecho ni las haría, pero hay una parte de mí que inevitablemente se ha deslizado en la novela. Este Cid no soy yo, como no soy Falcó ni soy tampoco Alatriste, pero su forma de mirar el mundo, la mirada que la vida me ha dejado, que adquirí en la frontera, sí que se la he prestado, es la mía. De modo que sí hay algo de autobiográfico en este Cid –admite–, aunque sea esa pequeña chispita que necesita un personaje para no ser un mecanismo de cartón piedra, pura invención literaria sin alma".

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