Barea y la gran trilogía de la guerra

Ian Gibson reclama en 'Letras en Sevilla' una edición crítica de 'La forja de un rebelde', obra que Arturo Barea tuvo que retraducir desde el inglés y cuyo manuscrito original sigue sin aparecer

El hispanista irlandés Ian Gibson durante su intervención en la Fundación Cajasol, donde fue presentado por la profesora Aurora Labio.
El hispanista irlandés Ian Gibson durante su intervención en la Fundación Cajasol, donde fue presentado por la profesora Aurora Labio. / Jaime Martínez/ Fundación Cajasol
Charo Ramos

Sevilla, 17 de mayo 2017 - 08:00

El escritor Arturo Barea (1897-1957) fue el gran protagonista ayer de Letras en Sevilla gracias a la relectura que de su trilogía La forja de un rebelde ofreció el hispanista Ian Gibson. Barea sigue siendo uno de los grandes enigmas de la literatura española de la primera mitad del siglo XX pues su autobiografía novelada se publicó por primera vez en inglés entre 1941 y 1946 pero la versión española no apareció hasta 1951 en Buenos Aires. En España vio la luz en 1977, en la Transición, y para entonces La forja se había traducido a numerosos idiomas y era un título de culto en Inglaterra -donde Barea se exilió en 1938- que contaba entre sus valedores con Gerald Brenan y George Orwell.

Para Gibson, la experiencia de leerla ahora en español ha supuesto la confirmación del talento narrativo de Barea y de su poderosa voz, un gozo que agradeció a la invitación cursada por Jesús Vigorra, coordinador con Arturo Pérez-Reverte de este foro dedicado a Literatura y Guerra Civil que hoy clausurará en la Fundación Cajasol la escritora Almudena Grandes.

La forja de un rebeldefue traducida al inglés por la segunda esposa de Barea, Ilse Kulcsar, periodista austriaca de origen judío y militante comunista a la que el escritor conoció en ese Madrid cuya defensa describiría de un modo magistral, bronco y arrollador. Barea había perdido los manuscritos originales debido a su atribulada biografía y tuvo que retraducir de nuevo la trilogía -formada por La forja, La ruta y La llama- a partir de la versión inglesa de Kulcsar; de ahí que todavía, aprecia Gibson, persistan anglicismos y errores de la categoría de los false friends -la misma palabra pero con matices semánticos diferentes- que harían más que deseable una edición crítica y una investigación exhaustiva que propicie la gran biografía que merece Barea "y, con suerte, el hallazgo algún día del manuscrito original y del epistolario que complete el retrato de uno de los autores españoles más valiosos del siglo XX".

"La forja de un rebelde es un testimonio personal esencial para entender el origen y el desarrollo de una contienda fratricida devastadora cuyas secuelas siguen interfiriendo en la vida española", aseveró Gibson. Arturo Barea vino al mundo en Badajoz en 1897, hijo de un republicano tenaz que lo dejó huérfano al poco tiempo, por lo que la madre, Leonor, decidió trasladarse al barrio madrileño de Lavapiés "para ganarse la vida como lavandera en la ribera del Manzanares y luego planchando en la casa de un hermano más favorecido socialmente". Su trilogía reconstruye la historia de España a principios del siglo XX pero para Gibson es, sobre todo, "un canto de amor a la madre, a la que evoca con una ternura sin parangón en la literatura autobiográfica española. Fue su deseo de sacarla de la vida de sufrimiento y convertirla en Doña Leonor el motivo que llevó al futuro escritor a triunfar sobre todos los obstáculos".

"Madrid terminaba en la buhardilla de mi madre, donde empieza todo lo que soy", escribió Barea a propósito de Lavapiés, donde creció y vivió hasta su marcha definitiva de España, con el único paréntesis de su experiencia en la guerra de Marruecos, eje del segundo tomo, La ruta, donde subrayó la corrupción en el ejército y el desprecio por la vida de unos soldados sacrificados inútilmente por la patria. "Nunca olvidó los horrores de Annual", sostuvo Gibson.

El pasado mes de marzo, Lavapiés le dedicó el nombre de una plaza cercana al antiguo colegio de los Escolapios -hoy sede de la UNED- donde el niño Arturo Barea destacó por su talento para las letras y las ingenierías y recibió varias matrículas de honor. "Pero sus orígenes humildes y la imposibilidad de estudiar en la Universidad para asumir diversos oficios alimenticios, como dependiente de banco, le impidieron relacionarse con los jóvenes de la Residencia de Estudiantes, más acomodados, y vincularse al grupo de la generación del 27 que, por edad, le hubiera correspondido".

Ese desasosiego del joven Barea como hijo de una madre pobre explotada por un sistema social injusto está muy presente en La forja de un rebelde, que transmite en su primera entrega la experiencia y la voz infantil del autor. La redacción de ese primer tomo comenzó en París en 1938. "Por entonces Barea no pensaba escribir tres volúmenes porque todo su empeño era explorar las raíces de su propia vida y las de la guerra intestina que estaba destrozando la tan recientemente inaugurada democracia española". Por eso, a Gibson le gusta especialmente que el título final incluya el calificativo "rebelde" porque, defiende, "así nació Barea y así le hicieron hasta el final de sus días, pasados lejos de España en su exilio en la campiña inglesa, en una de cuyas poblaciones cercanas a Oxford, Faringdon, una placa recuerda el lugar donde reposan sus restos".

La forja no fue, sin embargo, el primer libro de Barea, que en 1938 había escrito los veinte cuentos que componen el volumen Valor y miedo, "donde relata con pulso periodístico cómo era la vida en el Madrid asediado por los fascistas". En esos cuentos se aprecia ya el talante del escritor, que según Gibson estaba más en la línea del socialismo moderado de Indalecio Prieto que de Largo Caballero. Para el hispanista, son especialmente interesantes las páginas que Barea dedicó al final del bienio negro y la campaña electoral del Frente Popular. "En ellas vuelve una y otra vez al que será un tema recurrente de la trilogía: la incapacidad de las fuerzas progresistas españolas para luchar juntas contra el peligro común fascista. Frente a la unión de las derechas, lamentaba sobre todo la mortal división en el seno del PSOE, que impidió a Prieto presidir el consejo y fue uno de los factores que propició el éxito de la sublevación militar poco después".

La obra adquiere en La llama sus cotas narrativas e interés histórico más elevados, piensa Gibson, al abordar el Madrid cercado por los fascistas "donde el odio, las checas y las delaciones estaban a la orden del día". Barea tuvo un puesto esencial para vivir la guerra: el de censor de la prensa de extranjeros en la oficina situada en la torre de Telefónica, desde donde siguió la marcha del Gobierno republicano a Valencia y trabó amistad con tantos corresponsales.

"La forja es un documento de extraordinaria calidad literaria y es evidente que lo sería mucho más si se descubriesen los manuscritos originales", concluyó Ian Gibson, que en el turno final de preguntas instó "a resolver el problema de las cunetas, que no es reabrir heridas sino actuar con dignidad. Hay que dar a los abuelos que perdieron la guerra un piadoso entierro y para ello es preciso que la magnanimidad que ha mostrado con las exhumaciones el alcalde de Málaga, Francisco de la Torre, se extienda por todo el país".

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