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Santa bohemia

  • Se publican por primera vez en castellano parte de los escritos de Emmy Hennings, la actriz, bailarina y cabaretera alemana que brilló en la época heroica de las vanguardias

Retrato de Emmy Hennings (Flensburgo, 1885-Sorengo-Lugano, 1948). Retrato de Emmy Hennings (Flensburgo, 1885-Sorengo-Lugano, 1948).

Retrato de Emmy Hennings (Flensburgo, 1885-Sorengo-Lugano, 1948). / D. S.

El reciente centenario de Dadá ha servido para rescatar a una autora, Emmy Hennings, que fue fundamental en el nacimiento de la primera vanguardia europea y había quedado orillada –o peor aún, confinada a la ambigua categoría de musa– entre los pioneros de la generación que abanderó los ismos. Su nombre era obligadamente citado junto al de su compañero Hugo Ball como cofundadora del legendario Cabaret Voltaire de Zúrich, donde en plena Gran Guerra coincidieron Tristan Tzara, Hans Arp y el resto de los protagonistas del movimiento, pero ni el itinerario artístico de Hennings comenzó entonces –llevaba años formando parte activa de la escena expresionista– ni su contribución puede ser reducida a la de mera comparsa. No es que su fascinante figura, dotada de un carisma excepcional, no sirviera de inspiración a muchos otros, que la retrataron o la convirtieron en personaje o la citaron y celebraron en su correspondencia, pero ella misma brilló como creadora y supo alumbrar, en la efervescencia de aquellos años inaugurales, un universo propio. Parte de su obra, la que llevó a cabo como cantante, bailarina o actriz, se perdió en el presente de las actuaciones y ha quedado documentada en algunas instantáneas que la muestran como lo que hoy llamaríamos una artista performativa, pero Hennings también fue, entre tantas otras cosas, narradora y poeta.

No es casual que sea Fernando González Viñas, autor de una biografía gráfica de Emmy Hennings –El ángel Dadá, dibujada por José Lázaro y también publicada por El Paseo–, quien presente por primera vez en castellano la faceta literaria de la artista. Excelente conocedor de la compleja trayectoria de Hugo Ball, de quien ha traducido la maravillosa novela Flametti o el dandismo de los pobres –donde se recrean las peripecias de la pareja en la compañía de variedades para la que trabajaron en vísperas de la eclosión del dadaísmo– y los inclasificables ensayos reunidos en Dios tras Dadá y Cristianismo bizantino, ya posteriores a la deserción de un autor que ejemplificó, como otros apóstoles del nuevo arte, la aparente contradicción entre el discurso rupturista de la modernidad y un genuino interés por el mundo antiguo, González Viñas lleva años dedicado a iluminar las poco convencionales figuras de dos personajes que se resisten a ser etiquetados. Pudimos seguir los pasos de Hennings en la mencionada biografía, plena de momentos estelares, y ahora lo hacemos a través de sus propias palabras dado que tanto la novela Cárcel (1919), inspirada en los dos meses que pasó recluida, como la breve antología reunida en Estrofas del éter, que recoge su primer libro de poemas (La última alegría, 1913) y otros publicados en las revistas Die Aktion (1915) y Cabaret Voltaire (1916), remiten a la misma vida extremosa, ambulante y desarreglada de una artista sin ataduras.

La autora, en un retrato fechado en 1913. La autora, en un retrato fechado en 1913.

La autora, en un retrato fechado en 1913. / D. S.

Son los años de la primera etapa en la que Hennings viaja de un lado para otro, actúa en teatrillos o tabernas, encadena los amantes y ejerce la prostitución ocasional. Acusada de robar a un cliente que ni siquiera está obligado a personarse en el juicio, es condenada y ahí arranca la experiencia que relata en Cárcel, una novela testimonio que mereció el elogio de sus contemporáneos –fue comparada a obras de Hamsun o Dostoievski– y llamó la atención por la forma desapasionada, aunque a veces torrencial y no exenta de énfasis, en que relataba el cautiverio. En prisión la narradora –"la criatura más indefensa, una muchacha de la calle"– conoce a otras desdichadas que se expresan en el dialecto del sur y cuyos delitos han sido no resignarse a la invisibilidad póstuma de las relaciones no sancionadas o encubrir el hurto de cincuenta céntimos de chocolate o no renovar el carnet de vendedora ambulante. La conciencia de la injusticia, que se ceba de modo especial con los más débiles, le lleva a denunciar un sistema diabólico donde "cualquier inclinación a la libertad es arrancada de raíz". En los poemas, también dolientes, Hennings deja traslucir su adicción al éter o la morfina y la misma sensación de abandono u orfandad, compartida por sus hermanas de la noche que yacen "en el hospital" o vuelven a casa "tras el cabaret", en la alta madrugada. Es el suyo un expresionismo de sabor decadentista, pero la autora sabe evitar los elementos decorativos y los tonos patéticos a la hora de describir –ya se había convertido al catolicismo– el "camino de espinas". Hay en ella, en su pureza inversa, un último esplendor de la santa bohemia.

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