Bonald y sus pasados
Las fugas de uno de los grandes poetas de la generación de los 50 marcaron su existencia. Partió de Jerez buscando filosofías en Sevilla y, de allí, saltó a un Madrid de gabardinas grises para acabar en Colombia y, por último, volver a sus orígenes.
Entre Sanlúcar y Chipiona, existe un lugar algo extraterrestre, con mansiones fantasmales que remiten a la costa cantábrica y un cierto toque de decadencia modernista. Entre el alboroto de estos dos lugares de veraneo, se abre este paréntesis, la playa de Montijo, que transmite una paz en la que Pepe Bonald encontró su paraíso, cerca del Guadalquivir, en el mar que nace cada día. Allí el flamante premio Cervantes tiene su refugio. Es el Jardín de los Gallos, donde sopla el viento de Doñana.
Ante esta lámina de agua el caballero puso fin a sus andanzas. Bonald/Quijano, de ilustre ascendencia cubana, colgó la armadura, se sosegó, pensó en sí mismo y se escribió a sí mismo, no como una autobiografía, no, sino como una novela. Reflexiona a veces ante una manzanilla, en el porche de su austero chalé, qué hay de real y de dibujado en sus recuerdos, aunque, en el fondo, tampoco le preocupa tanto. Uno es lo que recuerda, no necesariamente lo que ha vivido. Conversamos hace un par de veranos en ese lugar extraño. Por supuesto, con una manzanilla, que uno deja el licor, pero no el vino. Pasaron noches de güisquis y cuchipandas con los mayores golfos de la literatura nacional. Ahora el tiempo se pausa, pero, no se sabe por qué, pasa mucho más rápido que entonces. "El porvenir está caducado, es muy estrecho. Queda mucho pasado. Mucho pasado. Tengo 83 años (ahora tiene 85)... ¿Que qué siento? Zozobra..."
En la forma de hablar, tan lenta, de José Manuel Caballero Bonald hay algo que silba. El octogenario no parece reconocerse en su vejez y, quizá por ello, nunca ha escrito sobre el asunto. Zanjó sus memorias cuando se murió Franco o poco más y lo más hermoso de ellas, recopiladas en un único libro, La novela de la memoria, es que no hay ajustes de cuentas ninguno, que la narración es limpia, poderosa, con todo su ruido y su furia. Con toda su ternura incluso en lo más escabroso de una vida vivida a golpes de noche, pero también de aventura, de movimiento. La vida de Bonald es una vida bien vivida.
Todo empieza en Jerez, en la calle Caballeros, que parece ser que apellido y calle marcan al hombre que ama a Cervantes y a su Quijote. Porque mucho tiene de quijotesca su aventura cuando se asfixia en el Jerez de su adolescencia, un Jerez feo, gris, provinciano, piensa el inquieto muchacho, que se pasa un año tísico leyendo a Jack London. Comparte existencia con los Bonald acostados, como él los llama, un tío, un primo y un abuelo que decidieron abandonar sus existencias de peatón y recluirse en sus camas hasta el fin de sus días. Entre quedarse en la cama, que le atrae si nunca se agotara Jack London, y quedarse en Jerez, ciudad a la que quiere por ser la suya pero cuyo caminar no le seduce, huye a Sevilla a embarcarse en filosofías -"uno se equivoca con cualquier cosa"- y después a Madrid para encontrarse con esas gabardinas de tristeza con las que describía Jaime Gil de Biedma una de las capitales más ensimismadas de Europa en los años que siguieron al hambre. "Era penumbra, muy poca circulación, gente silenciosa, cariacontecida. Y recuerdo el frío. El frío, ese frío de Madrid, lo puedo sentir. Me asustó, me sorprendió, me exasperó".
Por eso sigue huyendo y encuentra en un hotel de París fantasmas, que le llevan a mantener con los espectros "una relación cordial". Más le vale porque los fantasmas serán una constante. Están en su poesía, están en su memoria. Pueblan los rincones. Quizá la manzanilla podía estar más fresca, valora.
Sin comerlo, pero quizá sí bebiéndolo, se ve integrado en una generación. Esto tiene una foto de familia. Se la hacen en una ciudad que lleva por nombre Colloiure. Allí está enterrado Antonio Machado. Cruzó la frontera tras la guerra para morir aquel hombre ligero de equipaje. Está Bonald, el único que tiene bigote, el primero sentado a la derecha, y con él la peculiar perilla de Carlos Barral y la mirada bonachona de Ángel González y ese dandi que respondía al nombre de Jaime Gil de Biedma, tan aristocrático. Todos ellos son hoy fantasmas, pero ya se sabe que Pepe Bonald tiene una cordial relación con ellos. No le asustan.
Ese viaje a Francia se convierte en una parte esencial de sus pasados. La reivindicación de esos hombres, editores, poetas y psiquiatras -porque por ahí también andaba Carlos Castilla del Pino- supone lanzar una cuerda hacia el otro lado del tiempo, también hacia el otro lado de las orígenes y de la destrucción. Quizá, más que nunca, Bonald toma conciencia de cuál es el sentido de sus adivinaciones, que es como llama a su primer libro de poemas. Machado le habla al oído: "También la verdad se inventa"
Viene de una ciudad como Jerez, donde, por no pasar, ni pasó la guerra, pero la guerra estaba muy presente. "La represión en Jerez fue peor que la guerra. Era un Jerez dominado por esos falangistas, falangistas con nombres de poderosos". Y ahora está en esa ciudad en la que mojan con alcohol la tristeza que les rodea. Mirando hacia atrás, incluso puede parecer divertido, pero hasta la juventud cansa. La cárcel de Carabanchel, por la que pasa durante un tiempo, es lúgubre y Colombia se aparece ante él como una nueva fuga. Colombia es un descubrimiento. Las selvas y los llanos son su hábitat cuando no enseña español en Bogotá. España está muy lejos y, por un tiempo, está muy bien que sea así.
Pero hay que regresar y regresa a todo ritmo. Jazz y flamenco bullen en su cabeza, Madrid es más alegre, la cultura se hace industria, trabaja para la televisión, escribe prosa y se estrena hablando de sus orígenes, pero no de los Bonald acostados, sino "de un sector de la sociedad que detestaba y detesto, el inmovilista, retrógrado de la sociedad jerezana más tradicional". Bonald, el desobediente, regresa de sus fugas. Regresa cada verano a Los Gallos, a sus queridos fantasmas, al viento de Doñana.
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