Le Concert des Nations. Savall | Crítica Una fantasía de colores a la francesa

Jordi Savall dirigiendo a Le Concert des Nations en el Maestranza.

Jordi Savall dirigiendo a Le Concert des Nations en el Maestranza. / José Ángel García

Lo que la música (y la ópera) italiana gastó en virtuosismo, los franceses lo invirtieron en flexibilidad dramática y tímbrica y en un mayor protagonismo orquestal, que derivó en un importante desarrollo de la música descriptiva, que no sólo llenó de piezas características la música de cámara y para orquesta, sino que penetró con fuerza en la ópera. Danzas y música programática se aliaron en óperas de todo tipo y, por supuesto, en las suites. Ahí, en óperas y suites francesas fue a buscar Savall para este programa con su Concert des Nations, un repertorio que el grupo ha transitado con notable fortuna en las últimas décadas.

Con el agua como tema, el veterano conjunto hizo del ritmo y del color sus principales bazas para imponerse a un público que pareció entregado de antemano. Son al fin y al cabo dos de los elementos que Savall ha manejado siempre para seducir a todo tipo de espectadores. Ambos tienen que ver con la sensualidad, con la capacidad para atrapar la atención a través de la pura belleza sonora. A ello se une un gusto por la fantasía y el arabesco con cierto aire improvisatorio. Así en Les Éléments de Rebel, con un Caos quizás menos disonante e inquietante de lo que está pidiendo la música, pero trazado luego con multitud de detalles en un protagonismo de los vientos que se salió por completo de la literalidad de lo escrito (Pierre Hamon brilló en los efectos con sus flautas, especialmente en las imitaciones de los ruiseñores).

No es la sección de los violines lo mejor que puede ofrecer ahora mismo Le Concert des Nations. Hubo momentos, tanto en Rebel como en Marais, en que les faltó algo de definición, empaste y empuje. Aunque eso sí todo se olvidó en la chacona de cierre de Alcione, de una elegancia y profundidad de foco extraordinarias. En todo momento, el bien nutrido bajo continuo (tres violonchelos, contrabajo, fagot, cuerda pulsada, clave) funcionó de forma espectacular, con necesaria mención para el cello hondo y a la vez insinuante de Balázs Máté, el fagot incisivo de Josep Borrás y el clave, imaginativo y vibrante, de Luca Guglielmi. Fue sin duda el soporte que garantizó el éxito de la velada.

En la Música acuática de Telemann, una de las cientos de suites orquestales a la francesa escritas por el compositor alemán, Savall pareció querer enfatizar el contraste entre las secciones más intimistas, con importantes participaciones solistas (el traverso de Marc Hantaï fue un faro toda la tarde), y las más expansivas y con ritmos más llamativos, a las que el director barcelonés sabe dar siempre ese toque fantasioso, por lo flexible, que seduce al primer instante.

El popurrí con Rameau sobre tempestades y vientos (especialmente brillante el aria para los céfiros de Las indias galantes, de nuevo en interpretación de solistas) acabó por resultar un final un tanto convencional. Pero es que lo mejor estaba aún por llegar: fue en las propinas. Tras una contradanza algo contenida de Les Boréades, llegó una deslumbrante Bourrée d’Avignon, una pieza bien conocida del siglo XVI, con el conjunto convertido casi en una banda experimental y, más allá, un cierre con la más famosa Entrée también de Les Boréades absolutamente inolvidable. Savall comentó que no habían preparado esa tercera propina, pero la pieza forma parte del repertorio del conjunto desde hace mucho. La gran calidad de los músicos sobre la escena hizo el resto.

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