Danza tenebrosa y excelsa
El Maestranza despidió anoche su temporada de danza con una auténtica obra maestra: Limb's Theorem, del americano William Forsythe, el genial coreógrafo que, hasta 2004, fue además director del conocido Ballet de Fráncfort, con el que visitara Sevilla por primera vez en 1992.
Creada en 1990, esta pieza tripartita lleva en todo momento la marca de su creador: la huida del centro -tan típico de la danza clásica de la que procede- y la creación de una multitud de espacios, invadiendo incluso aquellas áreas no aptas o no iluminadas del escenario; la descomposición del lenguaje clásico; las complejas geometrías en las que los solos, los dúos, los tríos y las escenas corales se suceden o se mezclan sin orden aparente...
Pero de todas sus obras, ésta es sin duda una de las más complejas e inquietantes y, además, exige un esfuerzo del ojo que mira, un esfuerzo que el público tiene que estar dispuesto a realizar so pena de cansarse y abandonar, como hicieron algunos anoche, tal vez un poco despistados por los dos descansos. Los que se quedaron, sin embargo, expresaron con sus aplausos que no todos los días se puede ver una pieza de este calibre ni un conjunto de bailarines de tanta categoría.
Porque la excelencia de este trabajo se encuentra en la perfecta conjunción de sus elementos: el movimiento del coreógrafo, la música increíble del holandés Thom Willems, que parte de la medida del metrónomo para jugar a placer con el tiempo, los elementos escénicos, casi escultóricos, y una iluminación que se convierte en la aliada principal del coreógrafo, introduciendo no sólo la luz y la sombra sino la transparencia, el reflejo, el claroscuro.
En la primera parte, Limb's I, la luz, lateral en muchas ocasiones, es la encargada de dirigir el juego, escamoteando literalmente el trabajo de unos unos intérpretes que utilizan variaciones clásicas -puntas incluidas- con un dominio técnico que sólo unos bailarines de la talla de los del Ballet de Lyon son capaces de bailar. En medio del espacio, una especie de azotea urbana rodeada de hormigón, una enorme placa gira sobre uno de sus ejes y, con ella, decenas de focos de atención.
En la segunda parte, Enemy in the figure, la placa ha sido sustituida por un elemento fijo central, de madera, sobre el que se proyectan las sombras que crea un foco, dirigido por alguno de los bailarines de la escena.
No hay lugar en esta obra para la ironía, para ese humor irreverente de Forsyte que siempre carga sus armas contra el repertorio clásico y que tanto nos divirtió el pasado febrero con su Impressing the Czar. Pero en esta segunda parte, junto con algunos trajes menos ortodoxos y algunos elementos móviles -una cuerda, por ejemplo- aparece más claramente su coqueteo con el caos, con un desorden siempre aparente que, en esta ocasión, ayudado por la música de Willems, disfruta acelerando el ritmo hasta el frenesí -hasta lograr el desasosiego del espectador- para luego detener casi el tiempo diluyendo de nuevo la acción de los bailarines. Magnífica en verdad esta segunda parte que deja paso a un Limb's III aún más inquietante. Un espacio colonizado por numerosos opuestos: lo lleno y lo vacío, lo mecánico y lo humano, la masa humana y el bailarín, el traje de calle y el de danza...
Un trabajo duro y sin concesiones que ni siquiera se permite una escena final con los veintisiete bailarines juntos, con esos maravillosos bailarines que dejan lo mejor de sí en el escenario. En lugar de buscar el efecto, en Limb's Theorem la danza se disuelve, desaparece poco a poco, dejándonos con la certeza de que aún le quedaba muchísimo por decir.
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