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FIMUCS | Crónica de los conciertos

Dinosaurios y bebés

  • Los dos conciertos sinfónicos del I Festival Internacional de Música de Cine de Sevilla se saldaron con desigual resultado: donde Williams y Morricone brillaron en su repertorio popular, los compositores españoles apenas evidenciaron profesionalidad aplicada.  

Ya lo advertíamos en la previa: juntar en un mismo programa a John Williams y Ennio Morricone con cualquier otro compositor audiovisual español era una operación de riesgo que podía dejar en evidencia a estos últimos, tanto por la calidad de la propia música como por la inevitable descompensación de popularidad entre un cine y otro. Y, en efecto, algo así ha ocurrido en los dos conciertos sinfónicos con los que, por fin, después de una cancelación por la pandemia, se inauguraba en Cartuja Center este I FIMUCS con el que Sevilla busca situarse de nuevo en el mapa de los conciertos de música de cine dieciséis años después de la desaparición de los pioneros Encuentros Internacionales de Música Cinematográfica y Escénica.

Unos Encuentros por los que ya pasaron Morricone (1988 y 1999) y el mejor repertorio de Williams (1996), y de los que este nuevo evento impulsado desde la Sevilla Film Orchestra, la ROSS, la Universidad Loyola y SoundTrackFest, aspira a ser relevo en conciertos abiertos a la música para televisión y a las nuevas promesas de un sector cada vez más profesionalizado en un cine y unas series que les demandan precisamente eso y a toda velocidad.

Se notó y mucho que los compositores (Cardelús, Cervantes, Ivars, Moure) que precedieron a Williams el jueves 25 tienen bien aprendida la lección y asimiladas las técnicas de la escuela hollywoodiense, lo que no se traduce necesariamente en una personalidad que trascienda la funcionalidad de su trabajo en el salto al ruedo de la obra de concierto. Algunos destellos de belleza y vibración cinética no faltaron, aunque se desplegaron siempre fragmentariamente en una orquesta a medio gas que apenas vislumbró luz y respiración impresionistas con las piezas de Pascal Gaigne.

Fueron los primeros acordes amenazantes de Tiburón los que anunciaron que la gran música de cine, la gran escritura para orquesta, iba a despertar del letargo a la ROSS y, de paso, abrir los sentidos y activar la memoria afectiva de una audiencia que, para qué negarlo, estaba allí para escuchar Parque Jurásico, Indiana Jones o La guerra de las galaxias y el esplendor épico de sus metales. La inclusión en el programa de Las cenizas de Ángela o Memorias de una geisha, esta última con un bonito diálogo entre el concertino y el cello, parecía responder a la necesidad de reivindicar al Williams más intimista, aunque Marc Timón dejó claro en su bis de autobombo que el homenaje puede confundirse con el pastiche o la imitación en el límite del plagio. A los postres, la Marcha Imperial dejó al respetable con ese obligado buen sabor de boca del que recogieron los aplausos los compositores invitados y organizadores en el escenario.

Los primeros acordes amenazantes de 'Tiburón' anunciaron la gran música de cine y la gran escritura orquestal en la noche del jueves

La misma operación mixta se repetía el viernes 26 con otro repertorio de compositores españoles para el reciente audiovisual globalizado y la presencia de la única mujer en el once nacional, una Vanessa Garde cuya música de cámara para La boda de rosa sonó considerablemente amplificada para traer aires mediterráneos y un cálido acordeón a la sobrecarga de adrenalina, goldsmithitis y clichés de género (del thriller a la animación) de las piezas de Santisteban, Gil-Inglada, Martínez de la Riva y Martínez Lacámara. De nuevo tuvo que sonar Morricone para que la ROSS dirigida por Iván Palomares ofreciera sus mejores prestaciones, en todo caso algo mermadas ante la ausencia de coro en La Misión y puntualmente repeinadas y edulcoradas en las cuerdas. ¡Átame! sonó hermosa aislada de su desencuentro con el filme de Almodóvar, Malena rememoró el tono bufo y popular del compositor romano, la suite de Hasta que llegó su hora, lo mejor de la noche, permitió el lucimiento del armonicista (no así tanto el de la soprano), y los títulos finales de Los intocables de Elliot Ness confirmaron que il maestro no tiene rival a la hora de enardecer las emociones heroicas. De propina, un popurrí arreglado por John Williams puso a prueba (fácil) el reconocimiento del público con un veloz ensamblado de los temas más populares de la historia del cine (americano), de Lo que el viento se llevó a Titanic. Como para no aplaudir.

Le deseamos a este FIMUCS toda la suerte del mundo, también que, superada esta presentación en desequilibrio de fuerzas, apueste con valentía por los verdaderos talentos singulares del cine contemporáneo (¿Greenwood sería mucho desear?) o por formatos de concierto más audaces donde lo músico-visual realmente cobre forma y de paso camufle algunas carencias al exponer ciertas músicas al desnudo.         

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