Una mirada feminista e irónica entre la tradición y la tecnología Joana Vasconcelos, lo privado es monumental

  • El Guggenheim acoge hasta el 11 de noviembre la primera antológica que se le dedica en España a la artista portuguesa

La artista en el Guggenheim entre los dos enormes zapatos de tacón de su obra 'Marilyn' La artista en el Guggenheim entre los dos enormes zapatos de tacón de su obra 'Marilyn'

La artista en el Guggenheim entre los dos enormes zapatos de tacón de su obra 'Marilyn'

Habrá quien no esté familiarizado aún con Joana Vasconcelos, pese a que en la última década haya protagonizado un ascenso fulgurante que le ha permitido estar solicitando ya la entrada en la superliga de los artistas mediáticos, esos que con aura de estrellas del pop ejercen de marcas en sí mismos. Tienen ahora esos espectadores la posibilidad de visitar durante los próximos meses el Guggenheim de Bilbao, que hasta el 11 de noviembre acoge la primera exposición antológica que se le dedica en España. Y no hará falta siquiera entrar en el museo para hacerse una primera idea del carácter espectacular, icónico, exuberante y lúdico de la obra de la artista portuguesa, nacida en París en 1971 y residente en Lisboa, donde tiene su taller de 3.000 metros cuadrados sobre el Tajo, poblado por una legión de ayudantes.

Colorida y a menudo lúdica, su obra reflexiona sobre la representación del universo femenino

Desde el exterior del edificio el visitante recibirá el primer impacto visual de una exposición en la que estos abundan, ya que Vasconcelos trabaja agrandando las dimensiones de sus piezas muchas veces hasta una escala monumental, siempre en la frontera entre la escultura y la instalación y dando importancia al factor sorpresa. A través del enorme muro de vidrio del Atrio del Guggenheim, se puede ver parcialmente Egeria, un trabajo creado este mismo año específicamente para dicho emplazamiento. La pieza, suspendida del techo, de casi dos toneladas, realizada en ganchillo de diferentes colores durante dos años y llena en su interior de luces que le aportan "vibración y respiración", forma parte de su serie Valquirias, iniciada en 2004 e inspirada en los personajes femeninos de la mitología escandinava. Chocante y con formas bulbosas que remiten a la idea de lo orgánico, la obra se ofrece como una suerte de guardiana que con sus largos brazos envuelve y protege el museo, y aspira, a la vez, a dialogar con la idiosincrásica arquitectura de Frank Ghery, acompañando sutilmente el movimiento implícito en sus angulosas formas. "Es un cuerpo femenino que habita una arquitectura masculina", resume ella.

'Gallo pop', una de las obras instaladas en el Guggenheim 'Gallo pop', una de las obras instaladas en el Guggenheim

'Gallo pop', una de las obras instaladas en el Guggenheim / Museo Guggenheim

No muy lejos -seguimos sin entrar- nos encontramos con el Gallo pop, una obra de 2008 que recrea uno de los símbolos más universales de Portugal: el gallo de Barcelos. Ampliada -de nuevo- a escala monumental hasta alcanzar los 10 metros de altura, la figura combina la tradición del azulejo portugués (17.000 piezas hechas a mano) y la tecnología led (15.000 bombillas), y revela por lo demás un rasgo fundamental en el trabajo de Vasconcelos, como es el peso de la tradición (nacional, en este caso) y la cultura de la artesanía, en su permanente contraste con la tecnología y los procesos industriales de las modernas sociedades de consumo.

La otra pieza que se ha instalado en el exterior del museo, Solitario, creada expresamente para la exposición, es un gigantesco anillo de compromiso realizado con doradas llantas de coches de lujo y vasos de whisky, símbolos de lo masculino (o de determinadas convencionessobre el deseo y el estatus masculinos) con los que la artista, propensa a conjugar sus reflexiones de fondo con ironía y sentido del humor, juega como con una media sonrisa.

Estas obras dan varias e importantes pistas de los procedimientos e intereses de Vasconcelos. Pero conviene entrar, claro, y ver el resto de las obras. Un total de 32, creadas desde 1997 hasta hoy, conforman la muestra Soy tu espejo, título inspirado en Nico, la musa lánguida y oscura de la Velvet Underground que cantó I'll be your mirror. Es también el título de la gigantesca máscara prácticamente veneciana, hecha de cientos de espejos que reflejan tanto al espectador -fragmentariamente, dado que están colocados en distintos ángulos- y las obras de la artista dispuestas en la estancia.

"Yo soy una artista conceptual. No soy la artista escultora del siglo XIX que partía del material; yo parto de una idea, y las escalas, los objetos, las técnicas o los materiales no son la base de mi trabajo. Lo son mis ideas sobre la mujer contemporánea y las contradicciones o paradojas que se dan entre lo que asociamos a los mundos íntimos y domésticos y la esfera pública", comenta Vasconcelos.

Para ello, como apunta Enrique Juncosa, comisario de la muestra junto a Petra Joos, la portuguesa se vale de objetos domésticos, humildes e incluso banales (electrodomésticos, medicamentos, prendas, ollas, cuberterías de plástico...). Partiendo del espíritu de los ready-made de los primeros surrealistas, pero en otro registro, Vasconcelos aprovecha "la carga narrativa o emocional" que tienen dichos objetos para brindar una imagen distinta, e incluso realidades diferentes a partir de tan simples elementos. Es el caso de una de sus obras más conocidas, Call Center (2014-16), una instalación compuesta por 120 teléfonos antiguos, de baquelita, que adoptan la forma de una pistola (una Beretta, "la de las pelis de James Bond"), con la que la artista quiso expresar, juguetonamente, "la idea de la violencia que puede llegar a ejercer la comunicación masiva, la ansiedad tener que estar siempre accesibles y el temor de que, si perdiéramos el móvil, poco menos que sería la muerte social". Otro ejemplo de este procedimiento descontextualizador es Marilyn (2011), una obra en la que, empleando cacerolas y tapas de acero inoxidable, reproduce los sofisticados zapatos de tacón con los que se presentó la rubia mítica en Vietnam para levantar los ánimos a las abrumadas tropas estadounidenses.

Tres obras de la serie 'A todo vapor', en la que Vasconcelos emplea planchas para crear "flores de loto o Transformers domésticos". Tres obras de la serie 'A todo vapor', en la que Vasconcelos emplea planchas para crear "flores de loto o Transformers domésticos".

Tres obras de la serie 'A todo vapor', en la que Vasconcelos emplea planchas para crear "flores de loto o Transformers domésticos". / Museo Guggenheim

"A diferencia de otros artistas contemporáneos", más cínicos o premeditadamente terribles, en el caso de Vasconcelos "la ironía no es nunca contra el público, ni tampoco a costa de la propia obra de arte", señala el comisario. Ella dice que todo en sus obras, desde ese humor "cálido" al tamaño desmesurado de las piezas, busca principalmente invitar al espectador a la interacción. Pero no porque hablemos de arte contemporáneo y toque soltar el latiguillo. "A veces me resulta difícil explicar mi obra", reconoce; "pero creo que sólo viéndola se puede ya sentir algo, y para mí, de una exposición, esa es la parte más importante: sentir. Me interesa el tamaño porque son obras que no pueden apreciarse con un solo vistazo. Yo veo a la gente en los museos: ¿quién se para a ver una pintura? Se va como de paso y corriendo... Yo quiero que la gente se pare, mire, escuche. Por eso me importa la cercanía, que uno tenga que ver la obra por delante y por detrás, rodearla... Es una manera de que el espectador se pare, esté un momento sólo dedicado a eso, y a lo mejor entonces un pensamiento le viene. Es una manera de generar tiempo. Y a eso aspiro también con mi arte".

A ello invita la que es seguramente su obra más emblemática, con la que comenzó su despegue internacional tras presentarla en la Bienal de Venecia de 2005 y años después, en 2012, en el Palacio de Versalles, donde se convirtió en la primera mujer en exponer. Se trata de La novia, una instalación que, a cierta distancia, se percibe como una imponente lámpara de araña, con su blanca cascada de caireles brillantes. De cerca, la cosa cambia: la forma sigue ahí, pero lo que se antojaban innumerables fragmentos de vidrio o cristal resultan ser los brillantes envoltorios de plástico de miles de tampones. Es probablemente la obra en la que su ironía alcanza un grado más corrosivo, al abordar de manera simbólica pero muy frontal las imposiciones tradicionales sobre la sexualidad de las mujeres, obligadas a ejercer de fruto vistoso y apetecible, y a la vez a reprimir -si no a ocultar o avergonzarse de- los más naturales imperativos biológicos.

No menos retranca sugiere Finisterra, una obra realizada este mismo año que es, cuenta la artista, una suerte de tentativa de "pintar con lana". Vuelve aquí el crochet, una de las técnicas más queridas por ella, ya que "en el pasado", explica, "cuando muchísimas mujeres no sabían leer ni escribir, podían en cambio expresarse de ese modo", si bien ligado de nuevo a la idea de la "protección del espacio doméstico". En esta obra, Vasconcelos libera lo textil de esa limitación, y lo hace nada menos que apelando a los paisajes en óleos de gran formato del expresionismo abstracto estadounidense, en cuyo expansivo ethos late, apunta Juncosa, "cierta épica masculina". Esa noción, en este peculiar cuadro de mullidas texturas y salientes en los que dan ganas de reposar la cabeza, Vasconcelos la baja a la tierra, e incluso a la "comodidad del hogar".

Podemos acabar por el principio (de la exposición). Corazón independiente rojo (2005), la obra que recibirá al visitante, ofrece otro compendio de las inquietudes de la artista portuguesa, más cómoda en la mirada y el comentario sonriente e irónico que en la glosa de grandes teorías. La instalación es un enorme corazón de Viana (otro símbolo de lo popular portugués) hecho con miles de cucharas y tenedores de plástico rojo, que se completa con los tres fados en bucle que suenan de la gran Amália Rodrigues (y ahí va otro símbolo de su país). El título de la pieza es de hecho un verso de uno de ellos, Estranha forma de vida. Extraña forma de vida, sí, esa en la que la gente se empeña en trazar "fronteras artificiales", señala Vasconcelos, ya sea entre la alta y la baja cultura, lo tradicional y lo moderno, el lujo y la banalidad, las mujeres sublimadas y las reales, dueñas de un cuerpo y una historia llena de batallas para conquistar lo (que debería ser) evidente. De todas esas fronteras se ríe ella, a lo grande.

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