La Ritirata | Crítica Música de cámara de un operista

Ignacio Prego y Josetxu Obregón en el Alcázar. Ignacio Prego y Josetxu Obregón en el Alcázar.

Ignacio Prego y Josetxu Obregón en el Alcázar. / Actidea

En el otoño de 2008, Josetxu Obregón e Ignacio Prego grabaron en Holanda su primer disco como solistas: violonchelo y piano para un programa con obras de Prokófiev, Cassadó y Webern. Después, Obregón se centró en el violonchelo barroco y fundó La Ritirata y Prego se pasó al clave y estuvo años viviendo en Nueva York. A su vuelta a Madrid creó su propio grupo, pero la colaboración entre los dos continuó, y hoy es una de las más reconocidas de la música antigua en España.

Al Alcázar llegaron con un homenaje a Antonio Caldara, compositor nacido en Venecia hace unos 350 años (actualmente se piensa que nació en 1671 y no en 1670, como se creía antes) y uno de los más prolíficos de la historia. Aunque destacó principalmente como autor de grandes obras vocales en todos los géneros de su época (óperas, serenatas, cantatas, oratorios y todo tipo de música religiosa), Caldara fue violonchelista y por eso buena parte de su no demasiado amplia producción instrumental está dedicada al cello.

Destacan entre todas, las dieciséis sonatas escritas al final de su vida, que fueron la base de un programa que se abrió con la Sinfonia a cello solo (otra sonata en realidad, aunque de mayor ligereza) y en el centro se dedicó a una serie de tres fugas abocetadas para el clave y a cuatro estudios para el violonchelo.

Habida cuenta de que el ciclo del Alcázar tiene problemas para ofrecer un clave a sus músicos (algo insólito en una ciudad tan volcada en la música antigua como Sevilla), Prego tuvo que hacer el continuo con un órgano positivo, instrumento idóneo para la música religiosa del período, pero no tanto para la instrumental. El sonido del órgano, más tenue y apagado que el del clave, menos preciso en la definición de los tonos, afectó a los contrastes y al carácter de las obras, aunque propició algunas sonoridades sugerentes, sobre todo en los tiempos lentos.

Obregón mostró buena afinación y agilidad en el arco, especialmente en los tiempos rápidos, con finales de sonata plenamente danzables. Ornamentó de forma muy ajustada a estilo y con buen gusto, sobre todo los Largos y el aria de la Sonata III, que resultaron flexibles y delicados, en general más decorativos que verdaderamente expresivos.

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