León Benavente | crítica

La electricidad atravesó nuestros cuerpos

  • El concierto de León Benavente del ciclo Sevilla Alive, celebrado en el CAAC la noche del viernes, fue un derroche de potencia y emoción

León Benavente

León Benavente / LePetitPatte

Abraham Boba lo definió perfectamente en la noche del viernes, con una voz que nos llegaba potente y clarísima, cuando en la tercera de las canciones del concierto de León Benavente dijo: ¿Acaso hay algo más bello que la electricidad cuando atraviesa nuestro cuerpo? Desde que casi un cuarto de hora antes comenzasen con Cuatro monos, pasando después por Amo, el arquetipo de un poeta rapeando sobre atmósferas extraídas de los mejores Stone Roses, hasta llegar a esa canción, Como la piedra que flota, la banda había levantado una columna de seda y electricidad, un pausado chorro de belleza, como el de Octavio Paz en su poema, que luego se fue desbocando con canciones como Siempre adelante, Ayer salí o Gloria, la mejor de la noche, la que nos hizo desear bailar con todas nuestras fuerzas, como Boba repetía también en la canción de la piedra que flota. Cuando sonaba Gloria, puro rock que deberían escuchar sin prejuicios todos los que piensan que el indie no puede ser punk, la restricción de no poder bailar me hizo perderme en un mundo interior de brazos ondeando y ojos cerrados, para comprobar, al abrirlos, que todos a mi alrededor estaban igual que yo, en comunión de almas gemelas.

Cuando recordaron a Rafael Berrio, con Luis Rodríguez volcado sobre su guitarra, de la misma forma en que lo estaban Eduardo Bao y César Verdú sobre su bajo y batería, una emoción vertiginosa e irreal recorrió todo el recinto del CAAC y pulsó nuestras mentes, mientras Boba cabalgaba sobre el papel que contenía la lista de nombres y adjetivos de los doscientos tres perfiles de hombres y dioses que componen el poema Niño futuro; trileros, ninfas, nobles altruistas, perversos, cobistas, fantoches, diletantes, mariconas divinas, tontos de nativitate, todos estábamos reflejados en mayor, más que menor, medida, en la maravillosa retahíla que nos dejó boquiabiertos escuchando un  testimonio de nosotros mismos y de nuestra historia compartida. Aún no entiendo como a Boba le quedó aliento suficiente para seguir el concierto con Ayer salí, una canción del tamaño de un océano presentada en un tarro de apenas cinco minutos, de insistente ritmo que nos incitaba a  dejarnos abrasar por el hálito de fuego que nos llegaba desde el escenario.

León Benavente le dio fuerza de acero a sus canciones y el ancho de banda emocional que cubrió su concierto quedó corto al final, cuando terminaban el segundo bis con Ser brigada y todos los espectadores, un millar y medio aproximadamente, no pudieron resistirse a despedirlos de pie, guardando la distancia y la compostura, en un hermoso anuncio del espíritu que va a renacer después de la adversidad; un reconocimiento de que los lazos entre grupos y espectadores supeditados a las restricciones pueden deslizarse, pero nunca hasta desaparecer. La emoción de asistir a un gran concierto puede fracturarse, pero nunca se romperá por completo. Y esta noche fue otra demostración de ello.

Todavía con luz solar, el escenario lo ocuparon dos de los componentes de Full; sentado ante un teclado que cambió un par de veces por una guitarra eléctrica, Manu Jurado lanzó bases pregrabadas de medios tiempos bien medidos, en ocasiones acelerados, y Javi Valencia, con una guitarra acústica y su voz impecable de variado brillo, demostró que, aunque se presentasen con una mitad amputada, eran La mejor opción para templar nuestro ánimo y prepararlo para lo que llegaría tras ellos. Esa canción fue la elegida para empezar y desde ahí hasta que la hora siguiente pasó volando renové la evidencia de que la belleza de algunas más, como Otra vez, te enamoran para siempre, y vuelves siempre a ellas, fiel hasta el fin del camino.

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