The Sea Within | Crítica de Danza El rostro más sereno de Lisbeth Gruwez

Dos de las diez magníficas bailarinas del espectáculo. Dos de las diez magníficas bailarinas del espectáculo.

Dos de las diez magníficas bailarinas del espectáculo. / Danny Willems

Los aficionados sevillanos han podido seguirla durante años, fascinados por su rigor casi violento, por esa manera de retar sin concesiones los límites de su cuerpo. Una dureza a veces absurda –la del mundo en que vivimos, sin duda– que tal vez aprendiera junto a Jan Fabre, pero lo cierto es que el lenguaje de Lisbeth Gruwez siguió explorando los lados menos amables de la vida después de dejarlo para fundar Voetvolk, su propia compañía, junto al compositor Maarten van Cauwenerghe.

The Sea Within, sin embargo, el espectáculo que presentó anoche en el Central con carácter de estreno en España, es algo muy diferente. Para empezar, por primera vez, ella, la bailarina por antonomasia, se ha quedado fuera del escenario. En plena madurez, ha decidido tomar distancia para ver la vida en su conjunto, para recrear en escena una parte de ella con un material de privilegio: diez bailarinas únicas, dispuestas a desnudarse hasta lo más profundo sobre un tapiz de pelo rosa.

Decía Gruwez que este espectáculo es una auténtica meditación, entendiendo por tal el arte de vivir y trabajar en armonía con las demás personas, además de con la naturaleza que nos rodea, respetando el espacio de cada uno, sin liderazgos ni competencias de ningún tipo.

Porque eso es lo que hacen estas diez estupendas mujeres, cada una con su temperatura, con su feminidad, con su calidad de movimientos, que sin perder su libertad deciden ponerla, junto al talento de la coreógrafa, al servicio de un organismo común, absolutamente más poderoso y fascinante que la suma de los diez cuerpos que lo componen. Entre todas, logran crear una ola, ya serena ya tempestuosa, que nos sumerge por completo a poco que nos abandonemos.

Gruwez ha sido capaz de crear un organismo que vive y se transforma dentro de un rectángulo, como un paisaje, y que se funde en nuestro imaginario con todos los elementos de la naturaleza: la flora marina, que fluye en todas las direcciones sin necesidad de desplazarse, la brisa que a veces se hace viento…

Sin egos ni liderazgos, pero sin perder la individualidad, porque cada una es libre de alejarse para mostrar, sin inhibiciones ni límites, sus miedos, sus tics y sus capas más oscuras. Reinos individuales llenos de violencia y de caos, pero también de lirismo, que ellas abandonan voluntariamente para unirse al grupo con sus cuerpos, su respiración, sus jadeos y sus murmullos. Sonidos humanos que se funden y se confunden con el extraordinario espacio sonoro creado por Maarten van Cauwenerghe que las acompaña de principio a fin; como si no pudiera existir lo visual sin lo sonoro y viceversa.

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