ROSS. 2º de abono | Crítica

Lorca y su majestad el ritmo

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Estrenado en Leipzig en 2016, el Concierto latino de Gabriela Montero (Caracas, 1970) se escuchaba públicamente por primera vez en España. Más allá de sus referencias formales puramente clásicas y del previsible contenido rítmico (en esencia, caribeño) que la sustenta, la obra de Montero contiene un punto de pulsión trágica, que musicalmente se desarrolla a través de una notable diversidad de voces, con sus afirmaciones, sus sombras y sus continuos cambios de plano (y de timbres), lo que nos coloca ante una música que concibe su arte polifónicamente.

Aunque pueda achacársele algún tratamiento dilatorio innecesario en el muy romántico Andante moderato central o cierto efectismo en el Allegro final, la obra de la soberbia pianista venezolana, que no llega a la media hora de duración, está bien concebida y se escucha con interés. Axelrod matizó con cuidado la rica policromía que envuelve al instrumento solista, al que dejó cantar libre en los pasajes más poéticos, y enfatizó con contrastadas dinámicas los momentos de mayor brillantez. En las tres improvisaciones servidas como propinas, Montero mostró su imaginativa capacidad para fundir las canciones tradicionales españolas con el universo de Bach (Sevillanas del siglo XVIII) o del vals vienés (Nana de Sevilla).

Convocado desde el título, Lorca se manifestó con más claridad en la obra camerística (14 músicos) de Revueltas, una mezcla de sabor folclórico, chisposo lirismo, indómita fuerza rítmica y disonancias ultramodernas que recibió una interpretación soberbia, contrastada y transparente, hasta transmitir toda su enérgica fuerza expresiva. Bien instalado como protagonista principal desde el principio del concierto, más latino que lorquiano, el ritmo terminó imponiendo su poder en un Gershwin con un punto de desbocamiento decibélico, y, sobre todo, un Bernstein y un Márquez de contagiosa vitalidad.

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