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Luisa Palicio y Borja Cortés | Crítica

No pido mucho

Luisa Palicio por soleá.

Luisa Palicio por soleá. / Remedios Malvárez/Fundación Cajasol

Ella no pide mucho, a cambio de la felicidad que da. Algo aparentemente simple: sentarse en la butaca y abrir los ojos y oídos. Volvió a construir un monumento. Una obra de arte efímera que solo permanece en el recuerdo de los pocos que nos congregamos en el Teatro Cajasol. No se trata, solo, de destreza técnica. De oficio. De complicidad con sus colaboradores. La capacidad de trasmitir emociones es un don raro, que uno recibe por gentileza de la vida, la naturaleza, la divinidad o como lo queramos llamar. De repente, importa cada gesto, cada movimiento, cada silencio, cada respiración. Sentimos que estamos vivos, definitivamente. La plenitud de la vida. En tiempos en los que los simulacros de felicidad se venden tan caros, Luisa Palicio ofrece plenitud a cambio de algo tan simple, o aparentemente simple, como ver y oír. Cada movimiento, porque se baila, se interpreta, también con el rostro. Por supuesto que Palicio es una atleta, como todos los bailaores de hoy. Pero sabe que el arte va más allá de lo físico. Más allá de lo conceptual. De hecho, se trata de una puesta en escena sencilla, clásica. También la música y las letras que se cantan son tradicionales. Y el vestuario, delicioso. Pero se ofrecen con toda la frescura de la juventud, se trata de un grupo de intérpretes muy jóvenes. En la malagueña Palicio fue capaz de hacernos soñar sin dar un zapatazo. Borja Cortés es un bailaor de maneras clásicas pero de juventud desbordante. De líneas muy marcadas. Eléctrico pero que conoce el valor del silencio. Hizo una caña rotunda, de marchamo clásico, con mucho peso. Juntos bailaron las malagueñas mencionadas y los tangos de cierre, en los que alternaron estilos malagueños y trianeros.

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