Manuel Liñán | Crítica

Los siete colores del arcoíris

Un pasaje de '¡Viva!', de Manuel Liñán.

Un pasaje de '¡Viva!', de Manuel Liñán. / Cortesía de la compañía

Una propuesta de Manuel Liñán valiente, reivindicativa, muy honesta, a calzón quitado, a bata descubierta. Que, como las mejores obras, nos habla a todos de manera individual porque se trata de un mensaje universal. Una proposición amable, sin estridencias, sin altisonancias, sin ira. Lo que pasó por el escenario fue algo muy íntimo y, como digo, a la vez universal. Con pasajes de una delicadeza y un lirismo casi onírico. Y también con momentos para la risa, para la alegría. Tratar lo más delicado con el finísimo material del humor está al alcance de pocos. Por supuesto que la obra se construye sobre grandes coreografías por tarantos, fandangos o tangos. Siete bailaores que son siete solistas, y por eso cada uno tuvo espacio para su lucimiento. Siete novias que son siete hermanos, como se descubren al final, en ese guiño al cabaret marginal (todo cabaret lo es ¿no?) de los años de la transición, que en realidad domina la puesta en escena durante toda la función. Con guiños históricos a grandes creadoras de este arte que también se sintieron o fueron tildadas de diferentes, que trasgredieron ciertos límites, acaso sin pretenderlo: el baile viril de Carmen Amaya, con una coreografía tomada de la catalana hasta el último detalle, o esa rivalidades boleras que evocan las de Vargas-La Nena, Guy Stéphan-La Fuoco, Elssler-Taglioni.

Los números grupales son un prodigio de complicidad destacando ese final por cantiñas destapadas y los solos excelentes, pues se trata de artistas enormes que, por otro lado, obedecen todos ellos a un mismo concepto, impulso.

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