Anhelo | Crítica de Danza Marcat Danza y la fuerza de su juventud

Una imagen de los seis intérpretes de 'Anhelo'. Una imagen de los seis intérpretes de 'Anhelo'.

Una imagen de los seis intérpretes de 'Anhelo'. / Lolo Vasco

El ser humano, si está vivo, es un ser deseante, siempre niño (o niña) a la hora de perseguir sus metas. Es, además, ese deseo irrefrenable, ese intento de llegar a la cima de la montaña, aun cuando las piernas ya no le respondan, lo que lo ennoblece y, cuando es solidario, hace más habitable nuestro maltratado planeta.

Sencillos y complejos al mismo tiempo, esos anhelos que nos arrastran hacia delante por la vida constituyen el núcleo temático del último y ambicioso trabajo que, coproducido por el Festival de Itálica, Marcat Danza presentó el martes en el Teatro Romano. Y para tratar de expresar lo que el jiennense Mario Bermúdez, codirector de la compañía junto a Catherine Coury, definió como “un viaje por mis emociones”, éste se ha valido de su cuerpo, flexible, enérgico y disciplinado, y el de un grupo de bailarines de diferentes países, de una fisicidad igualmente poderosa, que conoció el año pasado a su paso por la Compañía Nacional de Gales.

En una reciente entrevista, el magnífico bailarín Cesc Gelabert (1952) señalaba cómo el cuerpo del bailarín va cambiando con los años y había que habitarlo bien en cada momento, y cómo para él había llegado la hora del desapego, de sustituir la fuerza por la sabiduría. Pues bien, Marcat Danza, con un elenco joven y tan poderoso físicamente como para permitirse el lujo de despilfarrar energía, nos regaló en Anhelo, una hora de puro movimiento de unos cuerpos perfectamente habitados.

Torsiones, giros, carreras, cientos de caídas… Un paseo por las emociones, pero a través de la danza contemporánea, abstracta por naturaleza, que comenzó con un latido –magnífica la música de Polo, que acompañó a los bailarines en todo su periplo- y llevó a cabo un recorrido lleno de matices en el que, con gran humildad, cada individuo dejó constancia, entre otras cosas, de la dependencia que tenemos de los demás para alcanzar nuestros deseos. Por eso había que tirar del otro a veces, y correr siempre para coger al compañero en su caída, aunque en ocasiones éste no te sostenga, por mucho que te lances a sus brazos una y otra vez. Y por eso brillaron especialmente los trabajos de pareja y las escenas corales, siempre en transformación, y en las que no faltaron los círculos, tan del gusto de Ohad Naharim, quién sabe si en recuerdo –meta alcanzada- del paso de Bermúdez y Coury por la célebre Batsheva Dance Company de Israel.

Hay que destacar también las connotaciones aportadas por las piedras romanas, sabia y atrevidamente iluminadas por Olga García. Ésta, al potenciar la enorme pared del fondo con sus columnas delanteras, dejando incluso en la sombra en algún momento a los bailarines, ofreció al imaginario del público una posible relación entre los seis afanados mortales y la divinidad.

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