Cultura

Murillo, un retrato de familia

  • Eva Díaz Pérez fabula la vida del pintor en 'El color de los ángeles', una novela donde la intriga y la historia se dan la mano.

  • La recreación de la Sevilla devota y turbia del XVII es uno de sus logros.

La escritora Eva Díaz Pérez (Sevilla, 1971) ayer en el convento de Santa Clara, donde presentó la obra. La escritora Eva Díaz Pérez (Sevilla, 1971) ayer en el convento de Santa Clara, donde presentó la obra.

La escritora Eva Díaz Pérez (Sevilla, 1971) ayer en el convento de Santa Clara, donde presentó la obra. / belén vargas

En su sexta novela, la escritora y periodista Eva Díaz Pérez (Sevilla, 1971) viaja al siglo XVII para atrapar al lector en un embriagador viaje por una urbe pestilente y piadosa donde reinaba como mejor pintor Bartolomé Esteban Murillo. Al calor del IV centenario del nacimiento del artista, Planeta lanza como una de sus grandes apuestas editoriales del año El color de los ángeles, una historia con vocación de best-seller para paladares afines a la novela histórica y a la prosa prodigiosa y sensorial de la autora de Memoria de cenizas, su debut literario y donde recreó la Sevilla del XVI, llena de riquezas y figuras humanistas de primera magnitud, agitada por tertulias y vientos del progreso. En El color de los ángeles, en cambio, Eva Díaz Pérez obliga al lector a asfixiarse con los jazmines, dondiegos, charcos y curtidurías de una ciudad ya en decadencia pero todavía fabulosa "que representa como pocas el concepto de lo Barroco: un mundo que piensa en la divinidad y la trascendencia pero al mismo tiempo está sujeto al goce del instante, al carpe diem, donde la lujuria y el resto de pecados capitales tienen su recreación a lo largo de la centuria".

En esa Sevilla que sufre los rigores de la peste que diezmó a la mitad de la población, incluidos los tres primeros hijos de Murillo, la autora logra recrear cómo sonaban las riadas del Guadalquivir y la algarabía del puerto cuando arribaban los barcos de Amberes o el Galeón de la China. Eva Díaz Pérez ha podido volcar aquí muchos de los hallazgos que ha realizado sobre el pintor en los últimos años y que darán además contenido al bloque divulgativo que el Ayuntamiento prepara para celebrar el Año Murillo, con ella de comisaria. Pero la autora, que se nutre de las fuentes documentales más prestigiosas sobre el artista, comenzando por Diego Angulo, siguiendo por Enrique Valdivieso y alcanzando a especialistas más recientes como Manuela Mena -"una influencia decisiva para analizar sus dibujos", dice- pone buen cuidado en advertir al periodista qué es ficción y qué realidad en sus páginas.

"Hay muchas lagunas biográficas respecto a Murillo y muy poca ficción sobre su figura, apenas un relato de Andersen y un drama decimonónico pero ninguna novela dedicada íntegramente a su persona. Se nos ha venido mostrando a un pintor exclusivamente religioso y de vida plana pero no es así; cuando indagas descubres a un artista mayor y completísimo que no sólo apuesta por la iconografía religiosa sino que es capaz de revolucionar el mundo de la Contrarreforma humanizando y dulcificando la pintura religiosa, creando una obra sanadora y que alivia frente al tenebrismo y la sangre derramada de la generación anterior".

Con todo, a la autora le interesa especialmente el creador de esas escenas picarescas con niños espulgándose y la vida estallando en la calle, una pintura popular despreciada en los tratados artísticos más importantes de la época, los de Pacheco y Carducho. "Es verdad que Murillo tiene el encargo de los mercaderes flamencos pero también lo es que él apuesta por esa pintura que triunfa en Flandes y Holanda. Su pintura de género salió muy pronto de España en el equipaje de esos comerciantes que se marcharon en cuanto la ciudad entró en decadencia y la Casa de la Contratación se trasladó a Cádiz".

La autora sostiene que, pese a las lagunas en torno a su vida, todas las fuentes y la mera contemplación de sus cuadros sugieren que fue "una persona muy buena en una época en la que los artistas sevillanos eran bastante extravagantes y pendencieros. Valdés Leal se llevaba fatal con todos, Herrera el Mozo era un soberbio, a Alonso Cano se le acusó de asesinar a su esposa... Y Murillo, que debió provocar envidias porque era muy conocido y tenía muchos encargos, era un hombre muy familiar y de gran nobleza". "En la novela", prosigue, "pongo de relieve la cara B de Murillo, a ese padre de familia devastado por la muerte de sus tres hijos en apenas tres semanas a causa de la epidemia de peste de 1649, un drama que creo que influyó en su pintura inmediatamente posterior". El relato, por ello, conoce algunos de sus momentos más emocionantes cuando Eva Díaz Pérez fabula cómo Beatriz de Cabrera, la esposa de Murillo, va a visitar los conventos e iglesias de donde cuelgan las obras en las que el pintor habría retratado a esos hijos que no le sobrevivieron, transformados en ángeles glotones o en una infantil Santa Ana. Cuadros con los que a la escritora le gustaría componer una ruta turística sobre dónde estaría representada la familia de Murillo, desde Santa María la Blanca a la Catedral pasando por el Hospital de la Caridad.

El Murillo que se atreve con la pintura erótica, la Sevilla de la picaresca, el comercio carnal y las casas de mancebía, son otros ingredientes ficticios de la trama más novelesca de El color de los ángeles, cuya acción arranca cuando el artista se cae en enero de 1682 del andamio al que se había subido para pintar el cuadro Los Desposorios de Santa Catalina para el Convento de los Capuchinos de Cádiz. A partir de ahí, en distintos capítulos o viñetas atravesados por las luces y los colores de su paleta, como el albayalde, el azul de ultramar o la ancorca de Flandes empleada para las veladuras, recorremos su infancia y su adolescencia, sus diversos domicilios, su ruidoso obrador, su triunfo comercial y el final de su vida, cuando ese Murillo postrado se pregunta si habrá logrado pintar lo que le sugirió su paisano Velázquez en el encuentro ficticio que ambos mantuvieron en Madrid: pintar el aire, el instante y, sobre todo, el silencio.

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