Orquesta Sinfónica Conjunta | Crítica Aprender con los clásicos

Juan García Rodríguez al frente de la OSC. Juan García Rodríguez al frente de la OSC.

Juan García Rodríguez al frente de la OSC. / P.J.V.

A pesar de los frecuentes cambios de día y de hora y de los aforos reducidos o reducidísimos, como el caso de este concierto adelantado al final un día a su fecha prevista y reservado para apenas medio centenar de privilegiados (se transmitió también por streaming), la programación musical sigue desarrollándose en Sevilla, con molestias y frustraciones, por supuesto, pero mostrando en programadores, intérpretes y público una voluntad de resistencia contra las dificultades verdaderamente admirable.

No parece que la deprimente jeremiada universitaria que se oye desde hace días tenga mucho que ver con los jóvenes que integran este conjunto orquestal, pues en el concierto mostraron un grado de compenetración que sólo se consigue con el intenso trabajo conjunto, pues se enfrentaban a dos enormes composiciones del mundo clásico, tan simples sobre el papel y tan difíciles en la práctica.

La música del Clasicismo, con su equilibrio formal y su transparencia sonora, es una magnífica maestra de intérpretes. Su aparente sencillez está llena de trampas para cualquier músico, que se encuentra con frecuencia desnudo ante unos pentagramas de información escueta y limpios de toda grandilocuencia. Es por eso que la música clásica (en el sentido histórico del término) se antoja ideal para los conjuntos de jóvenes, una forma de que cada cual pueda construir su propia personalidad como músico a partir de las esencias más puras del lenguaje sonoro.

Y esta vez Juan García Rodríguez había programado dos extraordinarias sinfonías clásicas para la OSC, un conjunto que, reuniéndose varias veces al año, no deja de sorprender por la limpieza de sus perfiles, la claridad general de los planos sonoros, apoyada en un magnífico equilibrio entre secciones, y el buen trabajo sobre los detalles.

Así empezó la de Schubert, tan mozartiana ella, con una claridad apolínea y una perfecta administración de los matices de dinámicas, capaces por sí solos de dar relieve a la música. García Rodríguez logró además amplitud y profundidad en la cuerda (admirable en este sentido el Allegro vivace de cierre), y en el minueto marcó el énfasis en los acentos que dan al movimiento su rudeza característica, aunque quizás faltó añadir una pizca de gracia con una mayor flexibilidad agógica.

Algo parecido le pasó en el minueto de la 40 de Mozart, una sinfonía asombrosa, llena de turbulencias y dramatismo. García Rodríguez optó por tempi lentos y una articulación no demasiado ligera, como buscando la solidez y mirando más a la tradición sinfónica que a la de los conjuntos historicistas y eso hizo que el minueto sonara más bien pesado (y el trío, refinado, limpísimo, pero un poco severo). El maestro trabajó una vez más con detalle las inflexiones dinámicas y jugó más con la flexibilidad de los tiempos, como en el Andante, un movimiento comprometido. Ocurrió lo mismo con el de Schubert: no son movimientos fáciles, sobre todo cuando, como aquí, se contemplan todas las repeticiones marcadas en la partitura. No es sencillo mantener la tensión (ni la atención) en la repetición continua de los motivos y conseguir la suficiente variedad a través del fraseo y la tímbrica. Pequeñas caídas de esa tensión no empañaron la interpretación global de una obra con tal poder de seducción. El sonido homogéneo, el fraseo nítido y la transparencia terminaron por dominar una versión que en cualquier caso resultó más esculpida en piedra que fluida como el agua.

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