Pedro Páramo | Crítica de Teatro Donde se unen las voces y los ecos

Vicky Peña y Pablo Derqui en una de las escenas finales de la obra. Vicky Peña y Pablo Derqui en una de las escenas finales de la obra.

Vicky Peña y Pablo Derqui en una de las escenas finales de la obra. / M.G.

Publicada en 1955 por el mexicano Juan Rulfo, Pedro Páramo es una de las novelas más hermosas escritas en lengua española. No es extraño, pues, que haya sido llevada al cine en varias ocasiones y que ahora Mario Gas la presente en los escenarios, aunque como es sabido, la novela y el teatro son cosas bastante diferentes.

Para lograrlo, se ha rodeado de un equipo de buenos profesionales, empezando por el dramaturgo Pau Miró, encargado de condensarla y teatralizarla, respetando al máximo la palabra del autor si bien, en ocasiones, ha tenido que trastocar los sujetos de algunos fragmentos narrativos.

Lo mismo puede decirse de la escenografía, con esas estupendas escaleras móviles, los muebles amontonados y la mecedora, y de esas calaveras tan eficaces y tan representativas del pueblo mexicano, acostumbrado, cada noviembre, a dialogar e incluso a bromear con sus muertos. Y de ese fondo cóncavo con las tenebrosas vídeoproyecciones; y del vestuario, fácilmente transformable con unos pocos elementos…

En medio de todo ello, lo mejor de lo mejor, hay dos actores extraordinarios -Vicky Peña y Pablo Derqui- que se complementan de un modo poco usual y ponen voz al texto de Rulfo interpretando a un montón de personajes tan diferentes como diferentes Doña Eduviges, el arriero, el cura o uno de los rebeldes que propugnaba la revolución.

Qué hermosas voces. Y qué labor increíble para llenar de sentido cada una de las frases, acompañado todo ello con una partitura corporal que, en el caso de Derqui, llega a estar diseñada al milímetro.

Todo ello hace que el texto, espléndido, nos llegue con claridad meridiana y que sintamos una gran admiración ante la perfección del montaje. De una novela cuya transposición al teatro resiste mucho mejor en la primera parte, cuando Juan Preciado llega a Comala buscando a su padre Pedro Páramo, que en la segunda, cuando, convertidos ya todos en ecos, se cuentan demasiadas historias con escasas acciones.

En su perfección, es mucho mejor el mundo de las voces que el de los ecos. Y algunos no pudimos evitar echar de menos la emoción del teatro, esas atmósferas que nos sumergen a veces, haciéndonos olvidar la realidad de la que venimos. Echamos un poco de menos la lejanía del eco, el polvo de la tierra abrasada por el sol, el desgaste de los trajes por el tiempo... y por luna, como los hombros de pana de Walt Whitman en la visión de Federico.

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios