ARS ATLÁNTICA | CRÍTICA Palacios, salones y tabernas

Manuel Vilas, Rocío de Frutos y Alejandro Casal saludando tras su concierto. Manuel Vilas,  Rocío de Frutos y Alejandro Casal saludando tras su concierto.

Manuel Vilas, Rocío de Frutos y Alejandro Casal saludando tras su concierto. / Actidea

Aunque coetáneos, muy diferentes fueron los contextos y ambientes en los que se movieron las trayectorias vitales y artísticas de Barbara Strozzi y José Marín. La una se movia en los ambientes refinados y cultos de las academias y palacios venecianos; el otro, en las capillas musicales donde ejerció como cantor, sí, pero también en las calles y tabernas cuya frecuentación tantos quebrantos habrían de traerle. De ahí el diferente perfil de sus músicas, si bien unidas por esa temática tan netamente barroca como es el desamor y sus diferentes expresiones.

Rocío de Frutos, como es bien sabido por todos los seguidores de la Músicva Antigua de Sev illa, es una cantante que se caracteriza, entre otras cosas, por su capacidad para dotar de sentido expresivo a aquello que canta, sabiendo adaptar emisión, color y fraseo al carácter semánticos y a la estructura retórica que cada pieza requiere. Así quedó patente ya en su primera intervención, ese Tradimento! de Strozzi de afectos cambiantes en los que la soprano supo alternar un canto florido con otro más representativo. Por otro lado, en Non volete desplegó una línea sinuosa muy bien ligada y sostenida por un amplio fiato, con metioculosa y sensible atención a los acentos, limitando el uso del vibrato y usándolo con carácter expresivo. Pero también brilló en los tonos más burlones de Marín, moviéndose con soltura por los cambios de ritmo.

El otro lujo de la noche fue el acompañamiento de Vilas y Casal, rico, elaborado, imaginativo, con momentos de gran belleza como la introducción a Filis, el miedo ha de ser.

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