El buen hijo

La primera película dirigida por Jonás Trueba (Madrid, 1981) rinde homenaje a 'Manhattan' de Allen.
La primera película dirigida por Jonás Trueba (Madrid, 1981) rinde homenaje a 'Manhattan' de Allen.
Manuel J. Lombardo

12 de diciembre 2010 - 05:00

Comedia romántica, España, 2010, 97 min. Dirección: Jonás Trueba. Guión: Jonás Trueba, Daniel Rodríguez Gascón. Fotografía: Santiago Racaj. Música: Perico Sambeat. Intérpretes: Oriol Vila, Bárbara Lennie, Bruno Bergonzini, Miriam Giovanelli, Valeria Alonso, Eloy Azorín, Ramon Fontserè. Cines: Alameda.

En su primera película, Jonás Trueba (Madrid, 1981), hijo de Fernando y sobrino de David, guionista de dos estimulantes títulos -Más pena que gloria y Vete de mí- dirigidos por Víctor García León, se aferra a la cadena genética y a las filiaciones cinéfilas que hicieron de las primeras películas de su padre (Ópera prima, 1980) y su tío (La buena vida, 1996) sendos acercamientos a los temas, los modos y la estética de la nouvelle vague en un cine español que andaba buscando refrescar sus referentes y unas nuevas señas de identidad desde los primeros años de la Democracia.

Asumiendo ese lugar común que afirma que toda primera obra tiene mucho de concentración autobiográfica, integrando pasiones y filias, la literatura (Martín Gaite, Kundera, Pizarnik), la música (de Bill Evans a The Bad Plus pasando por Nacho Vegas o Franco Battiato), el cine (Truffaut, Rohmer, Eustache), en una estructura novelesca ligera y autoconsciente, reivindicando la melancolía y el desencanto como elementos esenciales para la comedia sentimental (la sombra de Allen planea más allá del cartel de la cinta, claro homenaje a Manhattan), Trueba se desliza sigilosamente por las calles de un Madrid de tonos bajos en busca de la redención romántica de unos personajes anacrónicos y elocuentes heridos de desamor y añoranza analógica.

Ramiro (Oriol Vila), su protagonista, emplea los días en reconciliarse con el mundo (los amigos, la librería de viejo en la que trabaja, los recuerdos constantes) tras romper con su novia Andrea (Bárbara Lennie) después de seis años de relación. Pasto para identificaciones múltiples, Ramiro es una suerte de flâneur que ve cómo la vida pasa por delante (las chicas, el sexo, la posibilidad de recuperar el aliento poético) sin decidirse del todo a cogerla por los cuernos, acompañado de un entrañable grupo de colegas de filosofía afín (estupendo Bruno Bergonzini) que contrapuntean y subrayan su condición de criatura metaliteraria.

Trueba sabe aferrarse al sesgo novelesco de su guión filtrando las referencias, pero también, he aquí su principal mérito, explorando las posibilidades de la puesta en escena para retratar en una panorámica sobre un salón vacío toda una historia de amor, aguantar el plano con un personaje de espaldas mientras suena una canción (entera) o atacar un último intento (desesperado) de liberar los fantasmas con una lucha feroz entre la verborrea incontenible y una música que se abre paso.

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