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Black Box | Crítica

Una conversación aeronáutica

Pierre Niney en una imagen de 'Black Box'.

Pierre Niney en una imagen de 'Black Box'.

Como el Gene Hackman de La conversación de Coppola o el John Travolta de Impacto de Brian de Palma, el protagonista de esta Black Box también es un tipo peculiar, emocionalmente inestable y obsesionado con el sonido y sus ambigüedades semánticas como territorio profesional de múltiples interpretaciones y mapa para la revelación de verdades ocultas de las que él es el último descifrador de sus orígenes y trazados.  

El francés Yann Gozlam (El hombre perfecto) traslada al competitivo mundo corporativo de la aviación comercial y las agencias de seguridad las pesquisas de un investigador (Pierre Niney) encargado de esclarecer las confusas grabaciones de la caja negra de un avión de la línea Dubai-París estrellado en los Alpes, premisa para un thriller sofisticado de ambientación high-tech en el que las escuchas sucesivas, los programas y dispositivos informáticos, las malas artes empresariales, la sospecha del complot y la paranoia se convierten en el principal reclamo de una trama detectivesca que esconde numerosas sorpresas más allá de esa primera y rápida conclusión que apunta a un atentado yihadista.

Black Box se sostiene así sobre un suspense de quiebros y revelaciones bien mantenido desde el foco sonoro aunque siempre en esa frontera entre lo plausible y lo verosímil superada por el impulso narrativo, la banda sonora de Rombi y una lograda atmósfera de género que disimulan algunas redundancias, un insípido argumento sentimental, las heroicidades extremas y un injustificado exceso de metraje.