Érase una vez en Hollywood | Crítica Entre Austin Powers y José Mota

Brad Piit y Leonardo DiCaprio, en 'Érase una vez...'. Brad Piit y Leonardo DiCaprio, en 'Érase una vez...'.

Brad Piit y Leonardo DiCaprio, en 'Érase una vez...'.

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Sobre el trasfondo del asesinato de Sharon Tate –en realidad solo un cebo para morbosos en general y para tarantinófilos en particular, ansiosos de ver como su gurú de la violencia afronta la carnicería perpetrada por Charles Manson y sus acólitos: se quedarán con dos palmos de narices pero celebrarán la broma– Tarantino pretende retratar el ocaso del Hollywood de los años 60, que fue solo el final de la larga agonía del sistema de los estudios, en el muy señalado 1969, que a su vez marcaba la emergencia de otro Hollywood. Fue el año en el que, frente al fracaso comercial de algunas de las multimillonarias máquinas de la industria, una película independiente que había costado 400.000 dólares recaudó 60 millones. Era Easy Rider: moteros, droga y canciones de Byrds, Steppenwolf, The Band y Jimmy Hendrix. Seis años antes, el mismo 1963 del asesinato de JFK, Bob Dylan había cantado Times Are A-Changing ("mejor que empiecen a nadar / o se hundirán como una piedra / porque los tiempos están cambiando”). Y un año antes, en 1968, habían tenido lugar los asesinatos de Bob Kennedy y Luther King, mientras Vietnam entraba en su más atroz fase.

Estados Unidos vivía una crisis que afectaba a sus fundamentos como proyecto nacional y la sociedad cambiaba aceleradamente. Pero Hollywood parecía no enterarse ni de la crisis, ni del relevo generacional, ni de que los tiempos cambiaban. La importancia de 1969 también la marcaron ese mismo año películas con nuevas propuestas formales y temáticas transgresoras o críticas como Cowboy de medianoche (la única película calificada X que ganó el Oscar), Danzad, danzad malditos, Grupo salvaje, Bob, Carol, Ted y Alice, El restaurante de Alicia o Llueve sobre mi corazón, primer éxito internacional de Coppola y primera producción de American Zoetrope, la productora fundada por él y George Lucas. Dos años después del punto de giro del 69, El Padrino marcaría el ascenso de los jóvenes directores en un nuevo Hollywood.

Retratar con acidez no incompatible con la nostalgia mitómana y cinéfila este Hollywood era su pretensión. Lo que ha logrado es un largo, plúmbeo, desarticulado y soso mamarracho que pende por entero del cebo o pretexto del asesinato de Sharon Tate. Un actor televisivo en declive y su doble vagan como los Encolpio y Ascilto del Satiricón por esta corrupta y agónica Roma que tal vez fue Los Ángeles de 1969. Las recreaciones de fragmentos de películas y series televisivas (reales o inventadas), de la época y de las celebridades –Steve McQueen, Bruce Lee, Mama Cass, Sam Wanamaker, Roman Polanski o Sharon Tate– son patéticas, de museo de cera, como un cruce entre Austin Powers y La hora de José Mota (con algunos momentos, como la lucha entre Bruce Lee y Pitt, dignos de los Hermanos Calatrava). El caso de Tate, retratada casi como una muñeca inflable parlante, es especialmente irritante.

Leonardo DiCaprio. Leonardo DiCaprio.

Leonardo DiCaprio.

Brad Pitt y Leonardo Di Caprio vagan por la película más perdidos que sus personajes. Solo un momento de buena interpretación tiene di Caprio, la secuencia del rodaje con la niña, y solo uno tiene Pitt, la visita al rancho en el que vive la familia Manson: no casualmente son las únicas dos secuencias logradas de la película. Las gracias no la tienen y el famoso giro final que tanto se ha insistido que no se reviente para preservar la sorpresa es una traca estúpida. Lo más sorprendente es que hasta lo que mejor se le da a Tarantino, la escritura de guiones puzle en los que juega con el tiempo y de diálogos brillantes, esté ausente. Los flash-back son torpes (baste citar el de Pitt sobre el tejado) y los diálogos son planos. También pierde su instinto o talento para el encuadre y el montaje.

Pitt y DiCaprio vagan perdidos: sólo tienen un momento de buena interpretación cada uno

¿Qué ha pasado con Tarantino? Tal vez sea verdad, como dijo Lincoln, que se puede engañar a todo el mundo algún tiempo y a algunos todo el tiempo, pero no a todo el mundo todo el tiempo. Con este traspiés, tan mayúsculo como su ambición al plantear esta película, demuestra que las realidades de sus brillantes y creativos años 90 –Reservoir Dogs, Pulp Fiction, sobre todo, y la más mustia Jackie Brown– encubrían las limitaciones de un filmófago devorador de videos y celuloide sin distinguir calidades. Muchos, la mayoría, siguieron admirando sus siguientes cinco películas que a este crítico hastiaron como vacíos ejercicios de estilo y hartibles juegos de cine en el cine. El batacazo de Érase una vez en Hollywood –que también tiene sus defensores, aunque menos que sus obras anteriores– muestra sus grietas.

"Que Tarantino aparezca como el salvador del cine americano cuando tiene cada vez menos que decir nos deja más que perplejos”, ha sentenciado su venerada Cahiers du Cinema. Ennio Morricone fue más conciso: "Tarantino es un cretino”. Licencias del genio y privilegios de la edad. Recuperar una estupenda canción de Los Bravos, dos buenas secuencias y regalar al final uno de los más bellos y menos conocidos temas de Maurice Jarre (el dedicado a Ava Gardner en El juez de la horca) no compensan del aburrimiento que sus casi dos horas y media de metraje procura.

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