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Mi camino interior | Crítica

Tour de France

Jean Dujardin en una imagen del filme.

Jean Dujardin en una imagen del filme.

Hay películas de autoayuda que las carga el diablo. Mi camino interior bien podría ser una de ellas. Se trata aquí de acompañar por los caminos, montañas y valles del interior rural francés, en un viaje-reto a pie de más de mil kilómetros, a un alpinista de mediana edad decidido a expiar sus pecados en el peregrinaje después de salir de una larga rehabilitación tras un accidente.

Pueden imaginarse fácilmente lo que viene: caminar y caminar, subir y bajar, contemplar el espectacular paisaje natural, tomar notas, leer a Thoureau a Pasolini (¡!), caerse y levantarse; pero también departir con los lugareños, buenas gentes de la Francia vacía, para cantar el paisaje y lo que se pierde. No sólo eso, Mi camino interior también orada su trayecto con recuerdos de esa mala vida pasada que apuntaba a la tragedia: el alcohol, las mujeres, la soberbia, el egoísmo, los excesos…

La película de Imbert se mueve así entre la autoayuda en ruta patrocinada por Decathlon y un cierto tufillo conservador de las esencias patrióticas que no desentonarían en un publirreportaje del Frente Nacional de Le Pen. Dujardin se lame las heridas, le pone mucho tesón al asunto, también demasiada voz en off poética a unas anotaciones literarias de cara a la galería y el best-seller (Sylvain Tesson). El destino parece claro, y hacia él caminan todos los espectadores de bien de una película a la que se le ven demasiado los puntos, los mensajes y las moralejas.