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JUANFE PÉREZ I BAJISTA FLAMENCO

“Aún no me he enterado qué es la pureza”

  • El músico, uno de los más reclamados del flamenco actual, presenta el viernes en el Fun Club y el sábado en Jazzolontia (Gibraleón) su primer álbum en solitario ‘Prohibido el toque’, un disco que va de la tradición a lo experimental y en el que el bajo es el protagonista

“Aún no me he enterado qué es la pureza”

“Aún no me he enterado qué es la pureza” / D. S.

Cuando Paco de Lucía incorporó en su sexteto a Carles Benavent había quien le decía “el de la guitarra china, que se vaya”. Ahora son muchos los flamencos que incorporan a sus bandas músicos con los que lograr la “eléctrica jondura” con la que define el experto Faustino Núñez al guitarrista, compositor, productor y bajista, Juanfe Pérez, uno de los artistas más reclamados en los elencos del flamenco actual, habitual de Rosario La Tremendita, Olga Pericet, Sergio de Lope o Rafaela Carrasco, entre otros.

Con un discurso propio en el mete la púa por bulerías, tarantas, trillas, alegrías o soleá, desde lo tradicional a lo experimental, Pérez presenta el próximo viernes 15 de septiembre en la sala sevillana Fun Club (22 horas) y el 16 en Jazzolontia (Gibraleón, Huelva) su primer álbum en un concierto “lleno de energía”.

-¿Por qué ‘Prohibido el toque’?

-El título es un guiño a esos rótulos de prohibido el cante que se veían antes en los bares. Me pareció oportuno jugar con eso tratándose de un disco que se aleja de los habituales cánones de la tradición. Como un toque prohibido.

-Desde hace tiempo los flamencos agradecen verlo en los elencos pero ¿qué Juanfe Pérez encontrarán aquí?

-Hay unos cuantos… El bajo es un instrumento de acompañamiento, creado para cubrir un espectro sonoro donde no llegan los solistas. Lo que querido es sacarlo de ahí y darle protagonismo. Es un poco kamikaze...

-Prueba, investiga y se deja llevar del flamenco al rock, jazz, la música de la india…

-Sí parto desde el flamenco pero me permito ir a otros sitios. Me gusta dejar que el tema despegue y vaya donde tenga que ir porque eso también forma parte de los mundos musicales que me interesan y me definen. Uno no se puede escapar de uno mismo, ni quiero tampoco esconderme. No he tratado hacer el disco más puro del mundo porque eso de la pureza es algo que no he llegado aún a entender.

-¿Cree que vivimos un momento de especial convivencia del flamenco con otras músicas?

-No lo tengo muy claro. Mediáticamente puede parecer que sí pero las incursiones de otros instrumentos y otras músicas en el flamenco están desde sus orígenes. Sin ir más lejos, lo que se hacía en Sevilla en los setenta era pura experimentación. Lo que pasa es que primero se tienen que acercar los instrumentos al flamenco y luego cuando los flamencos cogen el instrumento es cuando se pueden expresar de manera más natural.

-Sin embargo, ¿hacen falta en lo jondo más credenciales para hacerse respetar?

-El flamenco se ha abierto muchísimo y cada vez hay menos prejuicios pero te tienen que aceptar. De primeras, se suele cuestionar qué haces, qué aportas o si estás poniéndote la etiqueta de flamenco para sumarte al carro. En este sentido, me siento parte de esta comunidad, llevo mucho tiempo tocando con ellos.

"Me he sentido un traidor todo el tiempo, pero queriendo, lo he buscado. Hay que meter siempre un poco de veneno para que la cosa se mueva. Me gusta que los temas vayan donde tenga que ir y reflejen todos mis mundos musicales", declara

-Y, ¿qué tiene que tener el bajo para que suene jondo?

-Lo fundamental es encontrarle el pellizco, la flamencura. Esto se consigue a base de investigación y, evidentemente, me ha ayudado el ser también guitarrista. Al final lo que diferencia a un bajo de funky de uno flamenco es la actitud. Creo que para hacer sonar flamenco cualquier instrumento que esté fuera de la tradición tienes que conocer sus códigos y la riqueza de matices que tiene y saber acompañar al cante, la guitarra y el baile.

-El musicólogo Faustino Núñez, que le escribe el prólogo, refiere cómo Paco encontró en Benavent el aliado perfecto para lograr un sonido que le permitiera alcanzar auditorios de cuatro mil personas, “como si estuvieses escuchando a Led Zeppelin”…

-Es curioso porque ninguna otra música se concibe sin bajo pero es verdad que el flamenco con guitarra sola funciona. Es decir, es un instrumento que a priori no es necesario, aunque no significa que no aporte. Carles, el padre de la criatura, consiguió darle ese power. Si eres capaz de crear esa atmósfera cubres un registro sonoro más amplio en el que el guitarrista puede volar y, aparte, ganas en volumen musical y en rock and roll.

-A esto hoy se le suma lo tecnológico, ¿podríamos decir que hay un duende digital?

-Hay duende en todos lados, depende de quién lo use. Si eres capaz de poner las máquinas al servicio del arte y sabes cómo habrá duende, ahora, si te apuntas a eso porque tiene tirón no sacarás nada. A mí me parece de puta madre estas fusiones con la electrónica.

-En la trilogía de soleá, que llama ‘In-purezas’, parte de la recreación, para ir a la tradición y luego la traición, ¿se ha sentido traidor?

-Todo el tiempo, pero queriendo, lo he buscado. Hay que meter siempre un poco de veneno para que la cosa se mueva (Risas).

-Le he leído decir que cambió la guitarra por el bajo para tener una relación más sana, ¿qué le pasa a los guitarristas?

-Están locos perdidos (Risas). El bajo ha sido curativo en este sentido. En la guitarra hay una competencia brutal, aquí estás solo y desde esa soledad tienes calma. Le escuchaba a Raúl Rodríguez decir esto mismo, por un lado, tienes todo por hacer y no tienes con quién compararte pero, por otro, estás más perdido y te faltan referentes. Con el bajo me invento las técnicas y es muy creativo, no hay tanto castigo.

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