La escala municipal
La revolución de la proximidad | Crítica
Alianza publica 'La revolución de la proximidad', obra del urbanista franco-colombiano Carlos Moreno, donde se explica su teoría, de varia implicación y de repercusión mundial, sobre la "ciudad de los quince minutos"
La ficha
La revolución de la proximidad. De la “ciudad mundo” a la “ciudad de los quince minutos”. Carlos Moreno. Alianza. Madrid, 2023. 200 págs.
Sin duda, el lector curioso habrá oído hablar de “la ciudad de los quince minutos”, concepto urbano de reciente notoriedad, que atañe a muy distintas disciplinas, y que debemos al investigador y urbanista, de origen colombiano, pero naturalizado francés, Carlos Moreno. Su propia lectura nos advierte que La revolución de la proximidad parte de dos hechos de relevancia suma y de una evidencia demográfica. Tales hechos son la repercusión de las grandes urbes en el cambio climático y la reciente aparición del COVID, quien obligó a reordenar los recursos materiales, así como la convivencia humana, con dramática eficacia. La evidencia demográfica, antes referida, es que la mayoría de la humanidad es ya una humanidad urbana, que se aduna en ciudades colosales, hoy proliferantes en Asia, África y la totalidad de América, de sur a norte.
Decía Hobsbawm, en su Historia del siglo XX, que el traslado del hombre del campo a la ciudad, durante la centuria pasada, era equiparable a la llegada del Neolítico. También sostenía otra hipótesis, de no menor importancia: el gran peligro al que se enfrentaba la humanidad era el crecimiento exponencial de la población (hoy felizmente en retroceso). Es esta doble realidad, la ciudad y la humanidad crecientes, con el añadido del cambio climático, la que el urbanista Carlos Moreno expone a la consideración lectora en estas páginas, para proponer un modo distinto de habitar la ciudad, que incluye una utilización diferente de los recursos y una decidida intervención en las ciudades a favor del ajardinamiento, el uso común de instalaciones y una política municipal contraria al uso los combustibles fósiles (junto con otras medidas y servicios). Todo lo cual iría encaminado a proporcionar al usuario una ciudad más próxima y confortable, “la ciudad de los quince minutos”, y en definitiva, un lugar más a resguardo de la amenaza climática.
Hay dos precisiones, sin embargo, que acaso convenga hacer para la total comprensión del fenómeno que Moreno aborda en estas páginas, al amparo, precisamente, de la “lógica de la complejidad” de Edgar Morin. Uno primero es que la ciudad, si bien vuelve a florecer a partir del siglo X, tras la recuperación del control del Mediterráneo (véase Las ciudades de la Edad Media de Pirenne), no es hasta el XVII cuando se transforma en el vasto sumidero de almas que aún sigue siendo, y ello por una cuestión muy actual -incluida la actualidad bélica de Europa-: la inusitada intemperancia climática que azotó al siglo XVII -El siglo maldito lo llama Parker- y que hacinó multitudes hambrientas en las ciudades (Maravall: La cultura del Barroco), lo cual era ya un hecho común -la mendicidad errante- a finales del XV, como es fácil comprobar en La nave de los necios de Brant. El otro fenómeno al que nos referíamos es que fue precisamente la sociedad industrial quien contribuyó el incremento exponencial de la población y de su esperanza de vida (y el consiguiente aumento del consumo), mediante una mayor producción de alimentos, la llamada “revolución verde”, que incluyó fertilizantes y procedimientos que hoy, como es notorio, no se consideran adecuados.
De todo ello se infiere, como sostiene Moreno, que la ciudad vuelve a postularse como asidero de lo humano, a condición de ciertos cambios que implican, no solo un mayor poder de los municipios, sino una variación de las condiciones vitales del habitante, donde el medio de trasporte pierda la importancia central que hoy disfruta, y donde el entorno tenga una repercusión favorable a sus habitantes. Al fondo de esta propuesta, aplicada en parte en el París de Anne Hidalgo, se halla una razonada promoción de las ciudades medianas, que cumplirían una doble función: como filtro de la emigración hacia las grandes urbes y como salvaguarda del agro, en trance de despoblación, que se vería mejor asistido por estos núcleos urbanos de tamaño medio. A ello debe sumársele el uso, también favorable al individuo, tanto de la tecnología más avanzada, como de los ingentes recursos con que hoy cuentan las megaurbes que trufan el planeta.
Lo que se formula, pues, en estas páginas de Moreno, cuya influencia en la política global no debe minusvalorarse, es una hipótesis, llamémosla municipal, sobre la futura sostenibilidad del planeta.
La red urbana
Curiosamente, uno de los autores que en los 60 formuló este deseo de las ciudades de tamaño “humano”, en las que el paisaje y el paisanaje se entrañaran cordialmente, sin fagocitarse el uno al otro, fue un gran imaginativo gallego, don Álvaro Cunqueiro, quien soñó una Galicia sustentada en esta vida virgiliana de la urbe media, acaso un Mondoñedo, acaso un Santiago de Compostela repetidos por la geografía galaica, donde el hombre y la urbe, la Carne y piedra de Richard Sennett, prologuista de este libro, adquieren su sentido más alto. Uno se ve tentado aquí de recordar las Ciudades en marcha de Toynbee, la Breve historia del urbanismo de Chueca Goitia, La ciudad de Kotkin, las utopías renacentistas y barrocas (incluida la utopía ilustrada que Voltaire fabula en su Cándido, y que extrae del Inca Garcilaso), el benemérito Pirenne, ya mencionado; y así hasta La ciudad en la historia de Mumford, que Moreno elogia por extenso. Recordemos, en fin, junto al París de Baudelaire y el Harlem de Bertrand, el Libro de los pasajes de Walter Benjamin y La invención de Caín de Félix de Azúa, donde la ciudad esplende en su altiva y demoníaca grandeza.
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