En el oído hay laberintos y cristales | Crítica Del mutuo compás entre imágenes e ideas

  • La galería Rafael Ortiz acoge hasta el 10 de marzo una estimulante muerstra del trabajo de la artista portuguesa Dalila Gonçalves

Una obra de Dalila Gonçalves.

Una obra de Dalila Gonçalves. / D. S.

En el centro de la sala, suspendido del techo, un limpio tronco de cono. Se ha construido en madera, finas láminas, ajustadas entre sí como las duelas de un tonel. La exactitud de la geometría y la desnudez de la materia despiertan ecos minimalistas, pero hay algo que no encaja: me refiero a los orificios que aparecen aquí y allá en las tablas, y cuestionan la limpidez de la forma. Esos orificios son los huecos que en la madera dejaron los nudos. Éstos, en efecto, han caído y quedan abajo, en el suelo, junto a la base menor del cono truncado.

Una larga meditación de Dalila Gonçalves (Castelo de Paiva, Portugal, 1982) ha generado esta y otras obras suyas. Un árbol, al crecer, deja abandonadas las ramas más bajas. Están, en el árbol, a la vista, pero carentes de actividad. Si se desgajan, dejan en el tronco su huella, el nudo. Desde esa perspectiva, el nudo marcaría una etapa en la vida del árbol, un paso dado, cumplido y dejado a un lado. El nudo puede aceptar otro simbolismo; es residuo y testimonio de la vida de una rama. Creció, se cubrió de hojas, floreció y aun pudo fructificar, pero después la abandonó la savia, ocupada en mantener el crecimiento de todo el árbol.

Numerosas tradiciones hacen del árbol figura de la vida y el cuerpo humanos. Gonçalves propicia nuevos paralelos: ¿son los nudos de la madera momentos de la propia vida que pasaron, dejando su huella, pero ya están decididamente superados? ¿Es quizá preferible pensar que cada uno de nosotros sea como cada uno de esos nudos, esos pequeños cilindros oscuros: como las ramas, fuimos fertilidad de un día para quedar después orillados, en beneficio de la continuidad no sé si de la vida o de la especie?

Una obra de Dalila Gonçalves. Una obra de Dalila Gonçalves.

Una obra de Dalila Gonçalves. / D. S.

En sus inicios, el arte conceptual no fue ajeno a cierto doctrinarismo. Incluso la expresión artes plásticas era sospechosa. Se expulsó del arte a la vertiente sensible como Platón echó a los poetas de la ciudad. Los trabajos de Gonçalves muestran, sin embargo, cómo ideas y apariencia sensible, el sentido y los sentidos, pueden marcar un mutuo y fértil compás.

Gonçalves, además, lo hace valiéndose de la metáfora. Los nudos de la madera, he señalado, pueden ser imágenes de las etapas de una biografía, pero también de la caducidad (y a la vez singularidad) de una vida infividual. Habrá, sin duda, otras formas de verlos porque las metáforas no resuelven sino que intrigan, no entregan un mundo sino que abren a mundos posibles. En eso radica su valor.

Parecido juego se advierte en las fotografías de antiguas esculturas intervenidas por la autora. En la boca abierta de la figura que sostiene un cuerno de la fortuna que parece prolongarse en su cabello, Gonçalves ha inscrito una luminosa foto, tal vez de un paisaje lejano. El título mantiene el enigma de la figura y de la acción: ¿es la imagen de una llamada conservada en la piedra? ¿Es un fuego, una llama, promovida por la semejanza entre el cuerno de la fortuna, que sostiene la figura, y una antorcha?

Una obra de Dalila Gonçalves. Una obra de Dalila Gonçalves.

Una obra de Dalila Gonçalves. / D. S.

Más interés que las fotografías tienen a mi juicio las sorprendentes piezas de porcelana. De entrada llama la atención el desajuste entre la delicadeza del material y del modelado, y la casi carencia de forma de las piezas. La extrañeza desaparece, si se sabe la intención de las obras: son moldes, digámoslo así, de fragmentos de piedra o de roca. Hay pues un encuentro entre el artificio y lo orgánico, entre el modelado y el objeto natural. Pero quizá la imaginación vaya más lejos. Estas pequeñas esculturas ¿evocan el aire que rodea a las piedras?, ¿intentan precisar su perfil en el tiempo, salvándolas de la erosión?, ¿aspiran a ser una materialización no ya de la forma visual de la piedra sino de su tacto, sus ángulos, sus texturas, o si se prefiere, del encuentro corporal de la artista con ellas?

Creo que ésta es la fecundidad del trabajo de Dalila Gonçalves. No es casual que recurra a materiales ajenos a la tradición artística: más allá de la madera, la fotografía o la porcelana, trabaja con el papel de lija. En julio de 2015 pudimos ver paisajes formados con tiras de papel de lija en las que diversas maderas habían dejado distintas improntas de color. Ahora, en un cuidado vídeo, círculos de papel de lija rotan desgastando ciertas maderas mientras un contrabajo traza desde las cuerdas un paralelo al sonido de la lija. El encuentro con el papel, de lija como con el árbol y la piedra, se ha llevado hasta una obra muy elaborada: un tablero de fondo, madera lijada pero llena de ecos pictóricos, círculos de color que rotan, un sonido con el que el contrabajo dialoga... todo ello propicia entrar en la paradoja de un arte que piensa los residuos. Como los nudos de la madera que vimos al principio, la sílice del papel de lija termina desperdigada como el serrín de la madera lijada. Todo habla a la sensibilidad y tal vez por eso se llegue poco a poco a rastrear las ideas posibles. Ésta es la fuerza de los trabajos de Dalila Gonçalves.

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