La maledicencia y el crimen
Un escándalo en Königsberg | Crítica
La última obra del historiador australiano Christopher Clark, Un escándalo en Königsberg, estudia un oscuro episodio en el que un rumor malintencionado, de carácter herético e injurioso, destruye la reputación de dos pastores protestantes de Königsberg en la primera mitad del XIX.
La ficha
'Un escándalo en Königsberg'. Christopher Clark. Trad. Alejandro Pradera. Galaxia Gutenberg. 200 págs. 22 €
Esta nueva obra del historiador australiano Christopher Clark, autor de la excepcional Sonámbulos, acude a un hecho menor, ocurrido en una ciudad del Báltico entre 1835 y 1842, para consignar los mecanismos de un fenómeno todavía vigente: el modo en que se difunde un rumor malintencionado, y la credulidad acrítica en que incurren ciudadanos e instituciones, revelando una violencia larvada, connatural al hombre, que parece atravesar sociedades y épocas. El subtítulo de la obra, “Noticias falsas en el siglo XIX”, indica ya cuál es el paralelismo, o cuál el aspecto que quiere investigar Clark, estableciendo un vínculo con el mundo actual, en el que los rumores injuriosos y los linchamientos públicos han revestido su antigua crueldad con el celérico atalaje de las redes sociales. En el caso investigado en estas páginas, se trata de dos predicadores luteranos, acusados de promover una “herejía” sectaria, donde a las desviaciones metafísicas se unirán, con previsible facilidad, las exultaciones lúbricas.
Es el estudio de la brujería y la persecución de minorías sociales o religiosas, el que explica este desdichado episodio.
Queda claro, pues, que el presente estudio de Clark puede inscribirse, sin violencia alguna, en lo que Carlo Ginsburg definió como “microhistoria”. Sin embargo, no es el célebre y extraordinario El queso y los gusanos del erudito italiano el que acaso nos sirva de referencia más válida. Es el Ginzburg de la Historia nocturna, o el de Los benandanti, dedicados al estudio de la brujería y la persecución de minorías sociales o religiosas, el que explica más completamente la estructura de este episodio acre. O dicho de otro modo, es la comprensión del fenómeno de la persecución y criminalización social, puesto de relieve por Cohn en Los demonios familiares de Europa, o por Caro Baroja en su magnífico y temprano Las brujas y su mundo, aquello que Clark ejemplifica en una sociedad cultivada y próxima a nuestros días, y donde la mera desavenencia se desliza, funestamente, hacia el ostracismo y el crimen.
El hecho, por otra parte, de que el historiador se centre en un episodio particular, con unos protagonistas concretos, no hace sino aumentar el interés del lector por los mecanismos y aflicciones puestos de manifiesto en la obra. Es fácil establecer, a este respecto, algunos precedentes conocidos. Tanto el Tratado de la tolerancia de Voltaire, como la Historia de la columna infame de Manzoni, como la Historia de una demencia colectiva de Reck-Malleczewen, o como Los náufragos del Batavia de Simon Leys, exponen los sencillos mecanismos y los motivos -raciales, religiosos, políticos o de otro orden-, por los que una sociedad se transforma en una multitud que clama por una justicia sumaria. En cierto modo, el suceso contenido en la obra de Clark guarda notables similitudes con aquel caso, novelizado por Julian Barnes en Arthur & George, cuyos protagonistas reales fueron el novelista Arthur Conan Doyle y el funcionario británico, de origen indio, George Edalji, quien había sido acusado de apuñalar cruelmente a unos caballos. El hecho de que dicha acusación fuera manifiestamente falsa (basada en un prejuicio racial); y de que Conan Doyle demostrara con suficiencia la inocencia de Edalji, el cual padecía graves limitaciones de la vista, no sirvió para que este último esquivara el peso abrumador de la administración de justicia durante largos años.
Esta misma situación de desprestigio personal y persecución judicial es la que Clark recoge en Un escándalo en Könisberg. Una situación, repito, que Clark parece consignar como eco decimonono de una práctica actual, pero que es vinculable, con naturalidad, con los procesos de brujería y herejía, en cuanto que se acusa a los predicadores de oscuras prácticas y ritos, y de intolerables desviaciones sociales, en términos que recuerdan, inequívocamente, al lenguaje alucinatorio y persecutorio con que se “fabricó” la imagen de la bruja, y donde la significativa palabra “conventículo”, que los acusadores y la prensa utilizaron en abundancia, fue determinante para mostrar el carácter grupal y la naturaleza maligna de los perseguidos. Es, por otra parte, la cualidad supuestamente acéfala e irresponsable de tal proceso el que sobrecoge el ánimo lector, por motivos que se nos alcanzan a todos. Una vez destruida la víctima, una vez laminado su prestigio, consumida su hacienda, devoradas su reputación y su familia, no se dará una clara culpabilidad en este crimen inaveriguable y vago, en el que nadie confesaría haber participado deliberadamente. Ese es, sin duda, el paralelismo y la oportunidad que ha encontrado Clark, siempre sagaz e inteligente, en este viejo escándalo prusiano. Un escándalo ocurrido en la plácida ciudad natal de Kant y de E.T.A. Hoffmann.
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