Para una meditación sobre la institución-arte

Ira Lombardía propone en Alarcón Criado una densa reflexión sobre la experiencia artística y las numerosas mediaciones, no siempre advertidas, que intervienen entre la obra en sí y el público.

Para una meditación sobre la institución-arte
Para una meditación sobre la institución-arte
Juan Bosco Díaz-Urmeneta

02 de enero 2017 - 02:34

No sé si es leyenda o realidad, pero en el alborear de los CD decían que Von Karajan aseguraba que sólo en una butaca concreta del auditorio diseñado por Scharoun para la Filarmónica de Berlín podía oírse la música con la nitidez alcanzada por el disco compacto. Se produjera o no tal declaración, y fuera resultado del afán de exactitud de Karajan o de su entusiasmo por la grabación digital, lo cierto es muchos puristas afirmaron desde entonces que la audición musical auténtica se lograba sólo con el compacto.

Esto remite a la complicada estructura que posibilita la recepción del arte. El oyente entusiasta cree percibir la intención y el quehacer del artista pero ¿a través de cuántas mediaciones? Más acá de las versiones de distintos directores, está la investigación que posibilitó el compacto y los equipos reproductores, los filtros para evitar sonidos no deseados, problemas de patentes, estrategias de mercado, textos explicativos del funcionamiento, otros textos, ahora críticos, sobre obras y directores... La institución-arte no es nada simple. Esta complejidad es uno de los ejes del trabajo, artístico e investigador, de Ira Lombardía (Asturias, 1977).

Insiste sobre todo en el libro de arte, un soporte que, se dice, permite llegar a la obra original. Por ello interesa su trabajo sobre La rueda de bicicleta de Marcel Duchamp. Ya saben: la rueda en su horquilla y ésta fijada a un taburete. Duchamp hizo ese artilugio en 1913, poco después de abandonar la pintura y el arte como profesión. Se dice que la Rueda fue el primer ready-made aunque quizá sólo fuera un precedente. Nunca se expuso. La tenía en su estudio en París y ahí la dejó al irse a Estados Unidos, donde volvió a construirla. Los dos ejemplares se perdieron. Debió de ser un trabajo de tanteo que el autor hizo sólo para él mismo. Hoy, paradójicamente, lo encontramos en numerosos libros sin que sepamos cuál de las seis versiones sucesivas sea la que tenemos a la vista. Lombardía ha rastreado esos libros y los ha fotografiado para ofrecer en grandes paneles la apariencia pública de una obra privada, que aunque se tenga como un punto de partida del arte contemporáneo, nunca sabremos si fue obra, ensayo o producto de la cáustica ironía del autor.

Más ambiciosa aún es la reflexión de Lombardía sobre un libro ya célebre: el que en 2004 hicieron cuatro críticos estadounidenses, cada uno con una perspectiva teórica diferente: Bois, Buchloh, Foster y Kraus. Pretendían trazar en perspectiva cien años de arte moderno y contemporáneo. Lombardía ha reproducido en excelente papel y cuidada edición los pliegos de impresión del libro pero suprimiendo los textos de los autores. Quedan sólo las reproducciones de las obras que parecen encogerse en su soledad mientras forman un enigmático laberinto, pues ¿cómo orientarse a través de ellas sin el hilo de Ariadna de los textos? ¿O es que quizá no eran necesarios? ¿Queda algo de las obras seleccionadas sin los escritos de los autores? ¿Es necesaria la tutela del historiador, el crítico o el teorizador para conectar con el arte? Son algunas de las preguntas que surgen ante los cuidados paneles de Lombardía.

El libro de arte tiene otra vertiente, la del catálogo: ¿qué permanece de una obra expuesta (y de su autor), si no la recoge un libro? Es una cuestión muy actual, cuando crisis y recortes vetan los catálogos. Lombardía interviene los tres libros de la Documenta XIII de Kassel, introduciendo una fotografía del Fridericianum hecha por una artista imaginaria, junto a datos personales de la supuesta autora y localización de la obra. Un cuarto libro explica el alcance y sentido de lo hecho. El resultado es un libro de artista que apunta a la importancia que tiene un material impreso para fijar una obra y dar visibilidad a su autor.

La muestra se completa con un gran panel de fotografías, también relacionadas con la institución y en cierto modo, de nuevo con el libro de arte. La obra nace de un fracaso: fotografiar, en la biblioteca del Museo Reina Sofía, la reproducción de una obra de Dan Flavin. Tarea imposible porque el papel del libro refleja las luces del recinto: ¿qué luces son de Flavin y cuáles las de bibliteca? Del conflicto surge la idea: comparar la obra de Flavin con los reflejos de los neones presentes en cualquier recinto, incluidas las bibliotecas de museos.

Ira Lombardía ofrece puntos para una meditación sobre las mediaciones del arte, dispositivos que, ajenos a la conciencia del receptor, lo hacen posible. Una meditación densa que tiene además otras dos virtudes: la cuidada (y laboriosa) confección de las obras (que se agradece) y un regusto irónico que, como debe ser, no se explicita. Sólo se ofrece al espectador.

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Ira Lombardía.Galería Alarcón Criado. C/ Velarde, 9. Sevilla. Hasta el 26 de enero de 2017.

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