La noche | Crítica MingYi Chou: trazo, color y ritmo

  • El artista taiwanés afincado en Sevilla MingYi Chou propone en 'La noche', la exposición que puede verse en la galería Weber-Lutgen, una cuidada apuesta por la composición geométrica

Vista de la exposición de MingYio Chou en la galería sevillana Weber-Lutgen. Vista de la exposición de MingYio Chou en la galería sevillana Weber-Lutgen.

Vista de la exposición de MingYio Chou en la galería sevillana Weber-Lutgen. / M. G.

De las dos salas de la exposición, la primera está completamente a oscuras. Sólo al acercarse el espectador a cada cuadro, dos lámparas lo iluminan. De este modo se puede ir viendo reposadamente cada pintura hasta llegar al fondo de la sala, donde está el cuadro de formato más ambicioso. La luz que lo ilumina permite ver, además, arriba, cuadrados de cristal enmarcados con perfiles de metal pintados de negro. Cuelgan del techo a distintas alturas y así filtran la escasa luz que hay en la sala, produciendo un cierto efecto de niebla. Este es en rápidas (y quizá injustas) pinceladas La noche, pieza central de esta exposición, una muestra concebida como una instalación para recordar al espectador que cada cuadro exige una mirada individualizada, única, que puede descubrirlo como obra.

En la segunda sala domina la luz. Está presente, con generosidad, en la instalación Noche con estrellas, formada por hilos que bajan del techo cubierto de globos. En los hilos hay ensartadas luces, pequeñas piezas de cristal tallado, perlas falsas. El contraste con la primera sala es tan claro que la pieza parece cargada de ironía: una réplica a esta cultura nuestra, adoradora de focos y alfombras rojas. El piso de la instalación, de tierra, es una llamada a la realidad. El resto de la muestra lo componen objetos de cerámica blanca y dorada, símbolos para el autor de Andalucía. Al final, un espejo oscuro: un tablero cuidadosamente pintado de modo que permite al espectador ver reflejada en él su silueta en sombras.

MingYi Chou, nacido en 1969 en Tai-chung (Taiwán), es un habitante de Sevilla desde que en 1996 iniciara la licenciatura en la Facultad de Bellas Artes. Antes, en Taiwán había cursado el bachillerato en arte y más tarde obtuvo la Diplomatura en Diseño por la Universidad de Ling Tung. En su trabajada exposición, las obras más importantes, a mi juicio, son las pinturas.

'Hay noches rosas', de MingYi Chou. 'Hay noches rosas', de MingYi Chou.

'Hay noches rosas', de MingYi Chou. / M. G.

Creo que en ellas pueden diferenciarse tres series. Una de ellas, ¿Viste eso...?, es una cuidada indagación sobre la percepción y, digamos, su disparador: la atención, ese cambio de chip que transforma la mirada indiferente en otra que explora, busca o se pregunta qué es eso que tiene delante. Sobre un fondo muy trabajado, de una pintura que roza el negro, Ming traza unas líneas luminosas muy finas, destellos lineales brillantes pero muy leves. En otras piezas, del fondo oscuro, casi negro, se diferencian formas azules, sin que veamos con claridad dónde empiezan y dónde acaban. Es una propuesta audaz e inteligente. Con gran austeridad, logra dar a cada pieza las necesarias unidad y consistencia propias de una obra de arte.

Otra de las series, Enfrente de mi casa, la luz aparece con mayor amplitud. Pequeños cuadrados o rectángulos de un potente blanco destacan del fondo de tonos oscuros, surcado además por otras formas geométricas, más pequeñas y de colores vivos. La alusión a la ciudad es evidente pero peligrosa. Vienen a la imaginación las luces urbanas, tan abundantes como anónimas. Luces sin nombre de casas, testimonios de los habitantes que oculta, calles tachonadas de luces, que acompañan a los solitarios, o cruzadas por otras luces, precarias, veloces, de paso. Tal vez sea demasiado fácil. Quizá sea mejor evitar el símil y esforzarse en mirar cómo las pequeñas formas construyen poco a poco un obra geométrica llena de ritmo.

Estas formas constructivas aparecen con más claridad en la tercera serie, La noche, tal vez la de mayor interés. Los cuadros los componen redes de líneas, siempre sutiles, formando a veces apretadas cuadrículas y en otras ocasiones más sueltas. Formas geométricas se superponen a esas redes creando la ilusión visual de planos que se superponen. Estas formas flotantes diseñan ritmos diversos que complementan los marcados por el tejido de líneas. Sobre todo ello puede haber además líneas delgadas que cruzan en diagonal, por encima, digámoslo así, de los distintos planos. La fuerza de estas últimas líneas radica en el color: al ser más luminoso, se impone creando un ritmo diferente al que se desprende del resto del cuadro.

En las tres series se aprecia en primer lugar la firmeza y exactitud del trazo, que forma por sí solo la figura (en la primera serie) o de convierte (en la tercera) en complicada grafía. Hay además en esos cuadros una singular sensibilidad: cabría hablar de una escuela de la percepción, que enseña a valorar y distinguir el matiz. A destacar también el modo en que una construcción rigurosa está cruzada por el ritmo. A todo ello se une el color. Son razones más que suficientes para visitar la exposición que cuenta además con una obra, Noche de coral, un díptico que se separa de los demás por ser una sensible indagación sobre el paisaje.

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