Los mitos y las máscaras

Juan Luis Panero fallece a los 71 años en Torroella de Montgrí (Gerona). Su obra poética alberga títulos tan reveladores como 'Antes que llegue la noche' y 'Galería de fantasmas'.

Juan Luis Panero (Madrid, 1942-Torroella de Montgrí, Gerona, 2013).
Juan Luis Panero (Madrid, 1942-Torroella de Montgrí, Gerona, 2013).
Ignacio F. Garmendia Sevilla

19 de septiembre 2013 - 05:00

Ya se daba por desahuciado en la segunda mitad de los noventa, cuando casi se despedía de Fernando Valls con quien poco después escribiría sus memorias, Sin rumbo cierto (2000), pero de hecho sobrevivió bastantes años a su leyenda de superviviente -él mismo solía hablar de una vida ya póstuma- aunque lo hiciera retirado en un pequeño pueblo de Gerona y sin actividad literaria conocida. En esas "memorias conversadas", con las que ganó el premio Comillas, Juan Luis Panero recorría sus trabajos y sus días de un modo tal vez insuficiente -ni él ni su benemérito entrevistador, sin cuya colaboración el libro no habría visto la luz, mostraron después gran aprecio por el resultado-, pero revelador de sus intereses intelectuales y literarios, de su nomadismo geográfico y sentimental, de la intensidad con la que apuró -cabe decir que hasta las heces- la vida y sus dones, que en su caso no fueron pequeños.

Es imposible referirse a Juan Luis Panero sin mencionar a su familia, de la que sabemos, gracias sobre todo a El desencanto (1976) de Jaime Chávarri, mucho más de lo que desearíamos saber. Leopoldo Panero Torbado, el padre falangista y poeta, íntimo de Luis Rosales y prohombre de la cultura oficial del franquismo. La madre Felicidad Blanc, una mujer hermosísima que decía haber estado enamorada de Luis Cernuda. Los hermanos Michi, ya fallecido, y Leopoldo María, asimismo poeta y encarnación casi caricaturesca del maudit, elevado por algunos críticos a la categoría de luminaria y reducido por otros a un puñado de hallazgos entre toneladas de escatología. Puede que el documental, estrenado en plena Transición, sea una gran obra, y de hecho lo es hasta cierto punto, pero hay algo desagradable en ese histriónico aquelarre dirigido a denigrar la memoria del padre muerto. Se entiende la función catártica que desempeñó en su momento, como metáfora del derrumbe de un régimen corroído que apenas conservaba la fachada, pero sólo el contexto airado de aquellos años permitió interpretar la sobreactuación y la egolatría de los protagonistas como una suerte de hazaña.

Tiene escrito Andrés Trapiello que de todos los Panero el mejor poeta fue el padre, pero en cualquier caso debe precisarse que Juan Luis -fuera de algún rapto de malhumor, porque siempre fue una persona arisca- no desconocía la calidad de su obra. Él mismo fue un poeta verdadero al que acaso haya perjudicado la leyenda, dado que sus versos, excelentes, merecen figurar en las mejores antologías. Admirador de Borges, Rulfo u Octavio Paz, de Eliot, Cernuda o Gil de Biedma, el mayor de los hermanos Panero reunió su poesía anterior en un volumen publicado por Abelardo Linares, Juegos para aplazar la muerte (1984), que sumaba el inédito Testamento del náufrago y significó algo parecido a una consagración tardía. En sus libros posteriores, poemarios tan valiosos y de títulos tan esclarecedores como Antes que llegue la noche (1985), Galería de fantasmas (1988) o Enigmas y despedidas (1999), se mostró fiel a sus temas predilectos, el paso del tiempo, el peso de la memoria o la inminencia de la muerte, tratados desde una perspectiva que aunaba las referencias culturales o culturalistas y el recuento de la experiencia propia, no en vano afirmaba que su más fiable autobiografía estaba en sus versos. Publicó también una selección de su prosa, Los mitos y las máscaras (1994), cuyo título puede servir para identificar los dos polos entre los que se movió su vida, una vida libérrima que aunó los excesos y mixtificaciones con el genuino placer de la literatura.

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