Una muestra que no hay que perderse
La iniciativa del Museo de Bellas Artes de apostar por la vanguardia gracias a la Colección Cubista de Telefónica se perfila como un oportuno camino a seguir
El cuadro que abre la muestra es casi un manifiesto. Juan Gris, que ese mismo año, 1913, logra un contrato con Kahnweiler que le da paz económica, reúne en Vaso, diario y botella de vino muchos hallazgos del cubismo. Con exactitud, articula el collage, distribuye los planos, fragmenta los objetos y alterna con precisión dos técnicas, gouache y carboncillo. Es una obra antológica, buen punto de partida para iniciarse en la vanguardia más decisiva, el cubismo.
La guitarra sobre la mesa, de ese mismo año, completa el prólogo. Picasso y Braque llevaron al arte recursos que le eran ajenos. Al collage (papel, hule o trapos encolados en el lienzo), añadieron trucos de pintor decorador: zócalos fingidos de madera o mármol. Después hicieron planos de color con papeles de fabricación industrial. Estas experiencias precipitan al fin en una nueva plástica. De ella es una buena muestra este cuadro de Gris: planos de color, un tablero de mesa que imita al mármol apoyado sobre un tablero que imita vetas de la madera. A la derecha, un gran plano vertical replica al empapelado de las paredes. Pero aquí ya no hay papeles pegados ni guiños al pintor decorador: todo se resuelve en pintura y en buena pintura. El cubismo al principio fue osado por lo que rompía pero en su madurez (sólo seis años más tarde), su osadía consiste en manejar con desenfado y frescura cuanto ha ido descubriendo.
Puede que esto fuera así porque para los autores más solventes el cubismo no era un dogma sino una situación desde la que ver y pensar la pintura. La unión de libertad y reflexión se advierte en otro gran cuadro de Gris, La cantante: viéndolo, es inevitable el recuerdo de Matisse y el del retrato de Berthe Morisot por Manet, con el rostro entre dos luces.
La libertad del cubismo también se aprecia en las obras de otros dos pintores españoles: María Blanchard y Manuel Ángeles Ortiz. Balcón abierto con plato de pescados, de Ángeles Ortiz, es otro gran cuadro. Siguiendo el cubismo, construye la mesa con doble punto de vista y reduce a planos luces y sombras, pero a la vez, la cortina sobre la ventana es una cita de un repoussoir y la transparencia del paisaje es libre y admirable. Es cierto que el cuadro recuerda a una breve gouache de Picasso fechada cinco años antes pero esto no rebaja la fuerza de la obra. María Blanchard parece a primera vista una alumna aplicada del cubismo pero basta acercarse a sus cuadros para apreciar su originalidad, manifiesta en la sensualidad con que pone la pintura. La abundante materia hace pensar en una mano que más que pintar modela.
Esto abre además un fecundo contraste entre la Blanchard y las obras de Gleizes y Metzinger, que pasaban por ser los teóricos del cubismo. Entiéndase esto con cautela: si el cubismo apenas iba más allá de unos pocos autores, críticos, galeristas, coleccionistas y poetas, la influencia de Gleizes y Metzinger era aún más corta y no llegaba desde luego a los dos consagrados, Picasso y Braque. Pero conviene saber de su ortodoxia, casi doctrinaria, para entender las obras anteriores a 1920, que aspiran a ser casi paradigmas del cubismo.
En 1920 todo cambiará. La exposición lo sugiere. Tras la Guerra Europea el arte se impone una nueva serenidad. Rehúye excesos expresivos y busca construir con criterios que puedan objetivarse. Desde Le Corbusier en Francia a los artistas soviéticos pasando por Mondrian y la Bauhaus, todos buscan un arte reflexivo. Puede ser una reacción ante la brutal irracionalidad que ha puesto al desnudo la guerra o quizá brote de la conciencia de una nueva mayoría: la que ha sufrido violencias y privaciones en la guerra, y ha sometido cuerpos y mentes a brutales esfuerzos. Síntoma de ese nuevo arte, objetivo y constructivo, son las dos piezas de Torres García que cierran la muestra, culminando cuanto se adivina en otras obras de los años veinte.
Queda por destacar la relación entre cubismo y poesía. Presente en los caligramas de Apollinaire, los trabajos de Vicente Huidobro son tan potentes como las mejores pinturas.
La muestra es convincente. Lo es su contenida instalación y lo es la colección Telefónica. Pero también lo es la iniciativa del Museo de Bellas Artes en esta resuelta incursión en el arte de vanguardia. Es un camino a seguir. Primero, porque la modernidad artística rompió con el pasado pero en absoluto renunció a él. Y en segundo lugar, porque los herederos de la gran pintura son los artsitas modernos. Ellos, dice Henry Maldiney, al evitar la hegemonía de la figura nos hicieron ver la poética del trazo, el ritmo y la pintura. Por eso el diálogo entre la gran pintura tradicional y los autores modernos enseña mucho. Hagan si no la prueba.
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