El mundo en brumas

de libros

Manuel Gregorio González

29 de agosto 2017 - 06:00

La ficha

'Los sueños'. Francisco Quevedo. Austral. Madrid, 2017. 208 páginas. 2,95 euros.

Como el lector quizá sepa, no existe una única versión de Los sueños. Junto a la versión inicial de 1627 hay que contabilizar los Juguetes de la niñez, editados en Madrid cuatro años más tarde, así como los Desvelos soñolientos, que habían visto la luz en Zaragoza al tiempo que Los sueños. Los sueños son, pues, el nudo inicial de una obra en marcha. Borges, a menudo injusto y arbitrario, dice que "Los sueños de Quevedo parecen la obra de un hombre que no hubiera soñado nunca". Hay que precisar, no obstante, que la intención de Quevedo nunca fue la de fingir, la de emular los mecanismos del sueño, como hará un siglo más tarde su admirador y émulo Torres Villarroel en sus Visiones y visitas. Lejos de esta voluntad sensorial, en Los sueños de Quevedo se alberga una intención satírica y admonitoria, que cabe relacionar con la geografía infernal de Dante, pero que se halla más próxima a la iconografía de Brueguel y de El Bosco que de la ordenada imaginación del florentino.

Hay otros muchos precedentes, que se remontan a la antigüedad, tanto clásica como judeocristiana, pero de los cuales podríamos señalar El sueño de Polifilo, de Colonna, editado en Venecia en 1499. Por otra parte, el éxito de obras como El diablo cojuelo de Vélez de Guevara y la República literaria de Saavedra Fajardo, indican que la figura del sueño (recordemos La vida es sueño de Calderón), se convirtió en un tropo muy eficaz para representar el azaroso discurrir del mundo.

Esta conciencia barroca de lo engañoso, de lo falaz, que considera la vida como una trágica ensoñación carente de lógica, es la misma que instigará una urgente necesidad de claridad y justicia en el XVII. Claridad y justicia que explican, desde luego, la filosofía de René Descartes, pero que explican de igual modo estos sueños vitriólicos e inmisericordes, donde la formidable inteligencia de Quevedo, y su particular escalimetría del Mal, fustigan, junto a Lutero y Mahoma, a reyes, escribanos, corchetes y mesoneros.

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