Crítica de cine (SEFF 2017)

El refugio de Mozos

Ramiro en un puesto de libros de segunda mano en la película homónima de Manuel Mozos. Ramiro en un puesto de libros de segunda mano en la película homónima de Manuel Mozos.

Ramiro en un puesto de libros de segunda mano en la película homónima de Manuel Mozos.

Manuel Mozos llevaba tiempo multiplicando pantallas, reagrupando miradas, imaginando reveladores puentes al acercar y comparar cosas distantes; nos referimos a sus visitas a la entraña del cine portugués o al artesanado pensante de, por ejemplo, João Bénard da Costa: outros amarão as coisas que eu amei, quizás el broche, el cierre del círculo que se abriera con su montaje de Máscara de Aço contra Abismo Azul de Paulo Rocha. En Ramiro se recogen y comprimen todos estos átomos desplegados, a veces caóticamente, y ya la fuerza, cuando emerge, lo hace a lomos de percepciones y emociones.

Llegado en este momento de la carrera de Mozos, Ramiro parece así un filme doblemente autoconsciente, por un lado del cambio formal de la diástole a la sístole, de la expansión a la contracción, por otro de su condición de epítome de una generación de cineastas algo aplastada entre los maestros ya desaparecidos y las nuevas generaciones a las que ha sido más sencillo dar a conocer su cine. El poeta bartlebiano Ramiro, dueño de una librería de segunda mano e instalado en la duda entre claudicar o rechazar definitivamente el terrible mundo de la cultura, podría entonces resumir este conflicto que a veces se confunde con indolencia a la portuguesa.

Sea como fuere, lo importante es que Ramiro transmite esta dialéctica suspendida desde sus hechuras de parábola pregnante, yendo Mozos al mismo abrevadero al que acude por ejemplo Kaurismäki (de ahí cierto aire de familia), el manantial ya seco de los clasicismos, donde eran la luz, los objetos y la mirada -y no su confusión en una supuesta gramática- los materiales con los que construir la casa, el refugio. Sabemos hace tiempo que ya no hay puerta (Wolfe), que no podemos volver al hogar (Ray), pero también que el padre nunca fue sólo un asesino (así gustaba a Duras leer el final del filme de Laughton), como aquí se vuelve a demostrar; por eso aún notamos el cosquilleo cuando el fundamental "estar en medio" de Ramiro permite que una cuna digna de Murnau clausure esta historia banal, que es la nuestra.

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