Cultura

El silencio de la forma

  • La galería Alarcón Criado, cuyo esfuerzo por traer a Sevilla obras de interés es reconocido internacionalmente, descubre ahora la poética del colombiano Bernardo Ortiz

Puede que la mejor manera de recorrer la muestra de Bernardo Ortiz (Bogotá, Colombia, 1972) comience en la habitación situada al fondo de la sala y separada de ésta por un tabique. El visitante ha de saber mirar y hacerlo sin prisas. Si así procede, descubrirá, en el pequeño cuadro colgado casi enfrente de la entrada del recinto, rítmicas pinceladas de pintura blanca sobre un soporte también blanco. Arriba, a la derecha, un breve texto en caracteres minúsculos, El mar agitado. No es en rigor un título. Es más exacto verlo como un breve poema que junto con la tenue imagen conforma la obra, de modo similar al del sonido de la palabra que hace vibrar en el aire la fuerza de una metáfora. En la misma habitación, en la pared que ahora queda a la derecha del espectador, otra pequeña pieza. La materia es ahora grafito pero sólo sombrea la parte superior del soporte, dejando el resto en blanco. En la fina franja de papel, junto a la obra se lee Lluvia. Una tercera obra, algo mayor y muda (carece de paralelo verbal), es un cuidado ejercicio de grafito que teje ritmos diversos sobre el soporte.

Bernardo Ortiz cuenta un recuerdo infantil que tal vez sirva de guía para entender el rigor con el que este autor entiende el arte. Habla de una casa colonial por su estilo, no por su época. La casa debió construirse en el primer tercio del siglo XX por una burguesía ansiosa de emular a clases más poderosas. Aquella casa tenía un zócalo de piedras embutidas en argamasa y a él, de niño, le gustaba seguir sus ritmos. Su padre, arquitecto, intentaba convencerlo del sinsentido de aquel zócalo: pura decoración, decía, y además pretenciosa. En las casas coloniales las piedras que la cimentaban quedaban a la vista, pero en este caso los cimientos se hicieron de otro modo y las piedras dejadas al aire no eran sino un falso recuerdo de las antiguas mansiones. Ortiz daba por buena la explicación pero seguía sintiéndose atraído por la forma que dibujaban aquellas piedras. Descubriría más tarde que su modo de concebir el arte no era el mismo que el de su padre, arquitecto de convicciones funcionalista. La forma era algo más que la explicitación de una función, más que la cara exterior de la utilidad. La forma era sin más gratuita y aparecía con la misma sencillez con la que aquellos guijarros de apenas cuatro centímetros, embutidos en argamasa, se hacían ver y daban que pensar porque lograban que un objeto, hasta entonces inerte, vibrara. Este leve paso que hace que un objeto ordinario, vulgar, sin pretensión alguna, pueda convertirse en obra de arte es el que centra la atención de Bernardo Ortiz.

La muestra tiene, en coherencia con lo dicho, una sencillez que puede desconcertar a más de un visitante. Ortiz reivindica por ejemplo la fuerza poética de materiales que un día formaron parte de un libro mil veces leído o cuidadosamente editado, y que hoy, víctima del tiempo, está al borde del olvido, pero junto a esas hojas de papel pueden aparecer otras que sencillamente han perdido su antigua utilidad. A esta evocación del tiempo y su caducidad une indagaciones elementales sobre el espacio y la materia. Diversos tipos de papel, diferentes modos de plegarlos, efectos que producen en ellos los rayos del sol son otras tantas posibilidades de algo que está habitualmente a la mano o ante los ojos, y que posee un potencial formal que ignoramos y pasamos por alto.

Este modo de concebir el arte hace pensar en un célebre dictum de Picasso -"yo no busco, encuentro"- y también en un texto de Baudelaire, "lo maravilloso nos envuelve y empapa como la atmósfera pero nosotros no llegamos a verlo": ambos remiten a lo que cabría llamar el silencio de la forma. La forma artística no necesita excesos, grandes palabras ni solemnes prólogos: aparece con la mayor sencillez, tanto que puede pasar desapercibida. De ese alborear silencioso está a la espera Bernardo Ortiz. Por eso en sus obras hay implícita una recomendación: usted, espectador, puede hacer lo mismo. Así lo sugieren las palabras y aforismos que pequeñas franjas de papel, fijadas a la entrada de la galería, reciben a quien acude a la muestra, recordándole lo que ya en su día proclamó Joseph Beuys, cada hombre un artista.

Bernardo Ortiz es una nueva propuesta de esta galería. Novedosa y audaz, como también lo han sido François Bucher, Alejandra Laviada o Nicolas Grospierre, entre los foráneos, y Martín Freire, José Guerrero, Julie Rivera, Jorge Yeregui o Simón Zabell, por nombrar a algunos de los autores andaluces con los que trabajan. Carolina Alarcón y Julio Criado traen así a una ciudad, que no se distingue precisamente por un intenso mercado del arte, trabajos y obras de interés. No deja de ser significativo que este esfuerzo sea más reconocido en determinadas citas internacionales que entre nosotros mismos.

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