El último café con Bosco

Obituario

Era seco, pero cercano cuando tomaba confianza; tímido, pero cariñoso. Pero sobre todo Juan Bosco Díaz-Urmeneta era un hombre serio en todos los sentidos: formal en el trabajo, respetuoso con las personas, inteligente con los textos filosóficos, y sensible con el arte

Juan Bosco Díaz-Urmeneta, en el CAAC junto al artista y diseñador Juan Suárez.
Juan Bosco Díaz-Urmeneta, en el CAAC junto al artista y diseñador Juan Suárez. / D. S.
Inmaculada Murcia Serrano

22 de julio 2021 - 20:45

A causa del dichoso virus, llevábamos más de un año posponiendo un café. Aunque la enfermedad que padecía había mermado las posibilidades de encontrarnos, Bosco siempre me avisaba de su próxima visita a la Facultad de Filosofía, casi siempre, para recoger libros de la biblioteca. Se pasaba por el pasillo de los estetas, en la segunda planta, y saludaba a cada uno hasta llegar a la secretaría de nuestro departamento, que está justo enfrente de mi despacho. Tomar un café con él, aunque fuera cada tres o cuatro meses, era un verdadero revulsivo intelectual. En poco más de media hora, compartía sus últimas lecturas, comentaba las visitas más destacadas a exposiciones, hablaba de sus descubrimientos filosóficos, y adelantaba sus proyectos de futuro, proyectos, por cierto, que iba encadenando sin desfallecer, a pesar de que llevaba ya algunos años jubilado. Entre idea, título de libro, sorbo al café y concepto filosófico, Bosco siempre tenía el detalle de preguntar por la familia, por los niños y otros asuntos de índole más personal.

Bosco fue mi primer profesor de Estética en la antigua Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla, todavía ubicada en el viejo edificio de la calle Gonzalo de Bilbao. Compartía una asignatura de Primero de Periodismo con el poeta y ensayista Juan Carlos Marset. Serio y algo seco, entraba en aquella inmensa aula cargado de rieles de diapositivas y un semblante adusto, pero que generaba confianza. Sus clases nos introdujeron a muchos de nosotros en un mundo inesperado y apasionante en el que el arte, el pensamiento, la crítica y la poesía parecían dejar atrás sus rancios recintos académicos para entrecruzarse y entretejer conversaciones con el cine, la televisión o la publicidad. A algunos de nosotros, aquellas clases nos rompieron los esquemas. Bosco nos introdujo así en el mundo de la Estética, para mí, en ese momento, una rama totalmente desconocida de la Filosofía, que iba a resultar a la postre decisiva en mi trayectoria. No soy capaz de calibrar con justeza cuánto de lo que he hecho después está en deuda con él.

Bosco impartía sus clases caminando sin parar, arriba y abajo, por el pasillo central del aula (que, en realidad, era el salón de actos de la llamada coloquialmente Fcom); se alejaba para mirar con perspectiva la imagen proyectada en la inmensa pantalla, aunque curiosamente la observaba con la cabeza inclinada. Refunfuñaba cuando el proyector de diapositivas, unido a las lamentables condiciones visuales de aquel espacio tan poco pedagógico, nos arrojaba unas reproducciones que dejaban mucho que desear. En mis clases de este aciago curso pandémico en la Facultad de Filosofía, ya con cañón y reproductor digital, he recordado muchas veces aquella frustración permanente de Bosco, ocasionada ahora por las necesidades de ventilación y de seguridad sanitaria impuestas por el coronavirus que tan poco han facilitado la proyección de imágenes con un mínimo de calidad. Bosco contestaba a las dudas que, a veces -en contadas ocasiones-, algunos osábamos preguntar aun a sabiendas de que nuestra ignorancia se agigantaba al cotejo de su sabiduría. Cuántas veces me he reído después con él, recordando semejantes temeridades de sus pupilos con más veleidades filosóficas. Su voz bronca y grave no encajaba bien con la sonrisa que, a pesar de todo, devolvía a quienes tenían la intrepidez de levantar la mano. Sé de sobra que sobreestimaba a las personas, incluidos a sus alumnos. Lo que no tengo tan claro es si él supo alguna vez que el efecto que causaba ese tratamiento, casi siempre inmerecido, resultaba más que estimulante y motivador. Estos son los recursos que a los buenos maestros les salen de manera natural, sin que hayan tenido que aprenderlos en manuales estúpidos de pedagogía generalista y abstracta.

Años después, y tras tener ya bastante claro que mi futuro estaba relacionado con esta Estética filosófica, tuve la suerte de escuchar sus impresionantes clases de posgrado en un curso de doctorado dedicado, nada más y nada menos, que a los dos volúmenes que Gilles Deleuze había dedicado al cine, La imagen-tiempo y La imagen-movimiento. ¡Un monográfico de dos meses y medio sobre cine! En aquellos momentos, no podía imaginar un lujo académico mayor. Me enorgullezco de haber sabido valorar entonces la oportunidad que este hombre hosco y grande me estaba brindando. Bosco tenía preparada una cinta de vídeo en la que encadenó prácticamente todas las secuencias cinematográficas de las que hablaba el filósofo francés en aquellos dos volúmenes sobre cine. Yo no dejaba de pensar cuánto tiempo había podido dedicar aquel hombre a preparar ese curso de doctorado y aquella cinta de vídeo VHS. Bosco era así de infatigable: podía organizar a lo grande las clases de un curso de doctorado que quizás sólo iba a impartir una vez. Vano esfuerzo, dirían muchos otros que se creen buenos profesores. Su profesionalidad y su seriedad a la hora de entregarse a cualquier aventura intelectual son uno de sus más preciados legados, que, no me cabe la más mínima duda, todos los que lo tratamos estaremos de acuerdo en reconocer. En aquellas clases de doctorado, aprendimos a mirar con ojos renovados la famosa escena de la escalera del Acorazado Potemkin; disfrutamos del elocuente claroscuro a través del que asomaban los pies de Orson Welles en El tercer hombre; aprendimos a detectar el modelo del montaje clásico inaugurado por Griffith; a entender la subjetivación de la cámara en las películas de Hitchcok; nos asomamos con ojos de plato a los paisajes infinitos de Centauros del desierto y a los fundidos en blanco de Fargo; y asistimos estupefactos a la turbadora escena del almuerzo de los monstruos de Freaks. Coincidencias de la vida, son esas dos obras de Deleuze las que llevo ahora mismo encima, ya para siempre referidas a Bosco, a quien, por cierto, pensaba enviar el texto que estaba preparando al respecto, para que lo revisara y comentara; y, ya de paso, para quedar después del verano a tomar un café.

Por aquellos años, Bosco andaba ya trabajando en la que sería una de sus obras fundamentales: un trabajo impecable sobre la perspectiva central del Renacimiento, basada en los conceptos de iconografía e iconología de Panofsky, y que serviría de base para muchas otras obras posteriores. Me refiero a La tercera dimensión del espejo: ensayo sobre la mirada renacentista. El libro orbitaba también en torno al que ha sido uno de sus más admirados filósofos, con permiso de Isaiah Berlin: Giordano Bruno, a quien Bosco volvió muchos años después, en uno de sus últimos capítulos de libro publicados, en el volumen conjunto que editamos en 2019, con nuestro Grupo de Investigación, y que estaba dedicado a otro de nuestros compañeros fundamentales de departamento el- ya también jubilado- Catedrático de Estética Diego Romero de Solís. En colaboración con Romero de Solís, Bosco publicó algunos libros que hoy forman el haber fundamental del Grupo de Investigación de Estética y Teoría de las Artes de la Universidad de Sevilla, grupo de investigación al que tanto y tan bien ha contribuido Juan Bosco: La memoria romántica (1997), Variaciones sobre el cuerpo (1999), Símbolos estéticos (2001), Variaciones sobre el color (2007), Paisaje y melancolía (2011), En ningún lugar (el paisaje y lo sublime) (2015) y, por último, Razón y sentimiento en la estética moderna y contemporánea (2019).

Una de las cualidades más valiosas de Bosco era su capacidad para tomar iniciativas. Incansable, ya lo he dicho, no tenía límite a la hora de proponer ideas y pensar proyectos, y, lo más importante, llevarlos todos a fin. Uno de las más valiosos ha sido, en los últimos años, el curso Transformaciones. Arte y Estética desde 1960, que ha dirigido para el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo desde el año 2007. No me extraña el éxito que ha tenido en todas sus ediciones. ¡La de alumnos con inquietudes estéticas que he mandado para allá todos los años, ufana además de poder decirles: "te presentas a Bosco y le dices que vas de mi parte"! El proyecto aunaba las dos inquietudes intelectuales más importantes de Bosco: el arte actual y la estética del siglo XX en adelante, líneas que se han ido trabajando en paralelo a través de charlas de artistas y estetas o filósofos invitados a hablar en torno a alguna temática común bajo ese marco general. Antes de algunas de esas sesiones, a veces acompañados de sus de sus invitados, Bosco y yo nos hemos tomado más de uno y más de dos cafés.

Bosco dejó de dar clase en la Facultad de Comunicación, después también de haber prestado su servicio como Secretario durante el mandato del decano Carlos Colón, cuando empezaron a modificarse los planes de estudio previos a la instauración del Espacio Europeo de Educación Superior. Antes de marcharse a la Facultad de Geografía e Historia, en donde terminó sus clases hasta jubilarse, puso en pie varias asignaturas fundamentales para el Área de Estética como Fenomenología de la Percepción Estética o Estética Contemporánea y de la Realidad Virtual, asignaturas de hondo calado filosófico, pero que apenas duraron unos años. De la segunda de esas asignaturas, llegó a preparar, como era costumbre en él, valiosas notas de profesor que nunca quiso dar a la imprenta porque las consideraba pequeñas para lo que se esperaba de una publicación académica. La subestimación de su propio trabajo era, como se ve, inversamente proporcional a la estima que dispensaba Bosco al resto del mundo. La pena de esta forma humilde -en el mejor sentido de la palabra- de ser, es la cantidad de escritos que han quedado guardados en su ordenador, importantes estudios, más trabajados de lo que él mismo reconocía, que alguien tendría que rescatar para que no terminen desapareciendo: textos inéditos sobre Merleau-Ponty, Vigotsky, Schaeffer, Norman Bryson, así como estudios, que bien podrían componer un manual de arte contemporáneo, sobre minimal art, sobre la abstracción neoyorquina, sobre el pop, el arte conceptual; viajando hacia atrás en el tiempo, también sobre las vanguardias, el surrealismo, Duchamp, hasta llegar a su querido Friedrich, el romántico y sublime Caspar David, de cuya obra nunca he oído hablar con mayor exactitud, con mayor cuidado y con más agudeza que a Juan Bosco.

A Bosco siempre le interesó la filosofía, no sólo la estética, pero creo posible decir que académicamente disfrutó sobre todo de sus trabajos sobre arte actual. Muy conocidos y laureados son los últimos estudios dedicados a Carmen Laffón, pero quizás no lo sean tanto algunas otras joyas redactadas, con una enorme y envidiable sensibilidad estética, en torno a autores como Picasso, por ejemplo, José Soto, Soledad Sevilla o José María Yturralde; y no me refiero sólo a sus críticas de arte en diferentes medios de comunicación, sino también a los estudios más académicos sobre artistas u obras emblemáticas. Tengo claro cuál es mi artículo preferido de esta otra línea de trabajo, y lo tengo claro porque tuve el honor de publicárselo: el ensayo que dedicó a La planchadora de Picasso con el bello título de Lírica cruel (y eso que Bosco solía pedir a otros que le pusieran títulos a sus ensayos; humilde él, me parece que creía que no estaba a la altura de la obra que iba a examinar). Con qué finura, con qué delicadeza, con qué tacto, nos va guiando Bosco en el escudriñamiento visual de los brazos, del rostro y de la postura de este triste personaje picassiano. Con qué avenencia asocia la descripción formal con la emoción estética. La experiencia visual del cuadro, ya de por sí estremecedora, se engrandece si se la mira a través de los ojos de su insigne admirador, del que todavía me debe un café. La rememoración de este texto, al que tanto cariño dispenso, me anima a decir convencida que si algo debe hacer un profesor de Estética -y si algo sabía hacer Juan Bosco- es enseñar a mirar.

Los trabajos académicos de Bosco son meticulosos, esmerados, cuidados hasta en el más ínfimo detalle. Revisando correos antiguos, he encontrado hasta cinco en torno a dudas y cotejos de un párrafo de Giordano Bruno extraído de una edición en latín, que Bosco no me dejó publicar hasta corroborar con varias ediciones cuál era la ortografía correcta. Su carácter era seco, pero cercano cuando tomaba confianza; tímido, pero volcado y cariñoso en cuanto se le prestaba familiaridad. Pero, sobre todo, creo que Bosco era un hombre serio; serio en todos los sentidos de la palabra: formal en el trabajo, respetuoso con las personas, inteligente con los textos filosóficos, y sensible con el arte. A los estetas se nos ha ido un referente insustituible. Me quedaré leyendo sus apuntes, sus notas y sus críticas, mientras me tomo en su memoria nuestro último café.

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