Concierto de Bob Dylan en Sevilla | Crítica Con su voz de arena y pegamento

Bob Dylan en una imagen de archivo (el acceso de cámaras a Fibes estuvo vetado) durante un concierto en 2015. Bob Dylan en una imagen de archivo (el acceso de cámaras a Fibes estuvo vetado) durante un concierto en 2015.

Bob Dylan en una imagen de archivo (el acceso de cámaras a Fibes estuvo vetado) durante un concierto en 2015. / Efe

Había ganas de comenzar a disfrutar del concierto de Bob Dylan y de amortizar el dineral que habían costado las entradas. Con mucha anticipación la gente comenzó a hacer colas para entrar al recinto de Fibes, que llenaron por completo. A las 21:10, los músicos comenzaron a aparecer en el escenario a oscuras, todos vestidos con impecable traje gris claro. Bob Dylan se colocó de pie al lado de su teclado, y a una señal suya se encendieron las luces y se puso en marcha la bien engrasada maquinaria que es su banda. Aullidos de placer dieron la bienvenida a Things have changed, la canción con la que ganó el Oscar, entrando el nuevo milenio, de la banda sonora de Jóvenes prodigiosos. Buenos augurios que prometían que la noche iba a ser gloriosa; la banda sonaba compacta, poderosa y total, con Charlie Sexton sacando notas maravillosas de su guitarra. Y la voz de Dylan era clara y brillante. El sonido, excepcional.

La segunda canción fue una preciosidad de sus principios, It ain’t me, babe. Cincuenta y cinco años contemplaban a esta obra maestra, que Dylan interpretó aquí como todas las demás de la noche, llenándolas de luces y de sombras, recreándolas con una arquitectura completamente diferente a la que usó al construirlas originalmente. ¿Qué importa que no las reconociésemos si nos las estaba brindando llenas de melodía y expresividad? Más tarde, al inicio de los bises, hasta que la gente no reconoció las míticas palabras de Blowin’ in the wind no se dio cuenta de que esa era la canción que estaba interpretando.

El público comenzó a dejarse llevar de forma definitiva con Highway 61 revisited, con la que encadenó Simple twist of fate y a todos nos fue imposible mantener controlada tanta pasión desbocada ante el escenario aunque se echaba de menos esa forma antigua de terminar las estrofas de esta canción gritándolas, algo que ya es imposible con su actual voz de arena y pegamento, como una vez la definió David Bowie.

El gran concierto que prometía ser éste se estaba convirtiendo en una noche espectacular. Dignity, con su ritmo vivo nos vino muy bien para aliviar las lágrimas de nostalgia que surgieron con la canción anterior cuando sacó las primeras notas de su armónica. Es una oscura canción, desecho de grabaciones oficiales, que Dylan llevaba muchos años sin interpretar hasta que la ha retomado al llegar su gira a España. When I paint my masterpiece, una canción que escribió para The Band, y la cabalgada final de Honest with me dieron paso a una tanda de piezas intimistas, básicamente entresacadas de sus obras Time out of mind y Tempest, con Dylan dejando el piano por una sola vez para abrazar el pie de micro como si fuese una mujer a la que besaba mientras le susurraba la letra de Scarlet town.

Cantó sin una pizca de indolencia o indiferencia, ya fuese para las canciones o para su audiencia

Tras la estremecedora Pay in blood, que todavía nos recuerda al Dylan reivindicativo que una vez fue (otro político que se mea sobre nosotros… te voy a pagar con sangre… pero no con la mía) llegó la apoteosis. Hasta este momento los toques de Dylan prácticamente pasaban desapercibidos hundidos bajo la brillantez de la música que elaboraba su banda, y excepto en su veloz conducción por la autopista 61, cuando alguna nota de teclado asomaba era porque las sacaba del suyo Donnie Herron. Pero Like a rolling stone es una de sus favoritas, es una de sus canciones fetiche, y tenía que conducirla él mismo. Ahora sí estaba su teclado en primer plano. Y el maestro le dio su pátina personal, haciéndola irreconocible, ralentizando hasta el infinito los versos anteriores al mítico estribillo: How does it feeeeeeeeel… este sí reconocible por todos los conversos a su fe que lo vienen cantando durante casi seis décadas. La voz de Bob Dylan le daba una inflexión diferente a cada entonación del estribillo, pero solo era testimonial. El protagonista era el público, totalmente entregado.

Bob Dylan cantó anoche sin una pizca de indolencia o indiferencia, ya fuese para las canciones que interpretaba o para la audiencia que las escuchaba. Cantó cada una de las palabras que salieron de su boca como si él viviese dentro de ellas. Y así fue pasando del folk al pop, a los valses de regusto country, al ragtime, o al blues descarado, como el de la pieza siguiente, Early roman kings. ¿Han visto alguna vez como la atmósfera de todo un gran auditorio puede volverse tan intimista como si estuviesen en la mesa camilla de un pequeño club oyendo a una banda tocar casi exclusivamente para ustedes…? Pues ese fue el sentimiento que nos rodeó mientras cantaba Don’t think twice it’s allright, una de las dos canciones, junto a la de la respuesta en el viento, que nos regaló del Freewheelin’, prácticamente a solas con su piano.

Recreó las canciones con una arquitectura completamente distinta a la que usó al construirlas

Después de esto, las otras cuatro con las que llegó al final del set se nos fueron colando entre los sentidos, que ya comenzábamos a tener embotados: Love sick, llena de violentos acordes de guitarra, lo más parecido de la noche a una pieza de rock en el sentido más clásico de la palabra; Thunder on the mountain, Soon after midnight, Gotta serve somebody.

¿Cuántos caminos tiene que recorrer un hombre antes de poder llamarse hombre…? Si no fuese porque reconocemos esa frase nunca diríamos que lo que estábamos escuchando cuando Dylan volvió a salir para regalarnos un par de piezas más era Blowin’ in the wind. Pero sí, era una versión maravillosa; no era un guiño al público entregado, no era tampoco un recuerdo de sus orígenes; era una demostración de la relevancia de esta canción a pesar de los años que tiene, en estos tiempos tan alarmantes políticamente. Las palabras de Dylan todavía brillan como brasas ardientes, aunque nadie sepa reconocer a primera vista a qué candela pertenecen, irreconocibles en esta forma en que eran suavemente besadas por el piano de Bobby y el violín de Donnie Herron. Y después de otro de sus grandes clásicos de los 60, It takes a lot to laugh, it takes a train to cry, y encenderse la luces del auditorio, a todos se nos veía en el brillo de los ojos lo que nos había parecido el concierto, no hacía falta preguntar.

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