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Análisis

carmen pérez

Universidad de Sevilla

Feliz cumpleaños

El euro, en billetes y monedas, ha cumplido hace unos días 20 años. Exactamente, el 1 de enero de 2002, 12 países de la Unión Europea pusieron en circulación una moneda común, culminando así un largo viaje que había comenzado mucho antes, con la firma del Tratado de Maastricht en 1992. Aún recordamos cómo acudimos a bancos y cajeros para conseguir nuestros primeros euros y cómo empezamos a utilizarlos. Al principio, como si estuviéramos en un país extranjero, todo el día calculando: "seis euros, mil pesetas" era la referencia mental para ajustar el cambio. Incluso muchos les pedimos a los Reyes Magos por entonces una calculadora convertidora. Hoy en día, la peseta, la lira, el marco alemán o francés, el escudo… son perfectos desconocidos para las nuevas generaciones.

El éxito de este proyecto es indiscutible. Actualmente, es la moneda oficial de 340 millones de personas de 19 Estados miembros y es utilizado por otros 175 millones en todo el mundo. Es la segunda moneda internacional más importante, con alrededor de 60 países usándola o vinculando su propia moneda al euro. Además, estamos en uno de los momentos de mayor aceptación. El euro es más popular hoy que nunca: más de tres de cada cuatro ciudadanos de la eurozona (78%) creen que es bueno para su economía, el porcentaje más alto desde que comenzaron las encuestas.

El euro fue una consecuencia lógica y necesaria del mercado único europeo. Con él se facilitaban los viajes, el comercio y las transacciones dentro y fuera de la zona del euro. Pero el largo camino que lleva recorrido desde sus inicios no siempre ha sido fácil. Su primera etapa transcurrió con calma, sin sobresaltos: la zona euro creció, y mejoraron el empleo y los salarios, impulsada por los bajos tipos de interés, la inflación controlada y la eliminación interna de los tipos de cambio. Pero pronto tuvo que superar grandes retos.

Así, el documento Happy birthday, The euro at 20, que se elaboró a propuesta del Parlamento europeo, concluye que el euro jugó un papel importante para ayudar a la convergencia económica y financiera durante los primeros 10 años. Pero el documento también muestra que este proceso de convergencia fue solo parcial y temporal, ya que las divergencias económicas y financieras aumentaron enormemente después de 2010. Con la crisis financiera el euro se enfrentó a sacudidas externas e internas tan importantes que a punto estuvo de morir en 2012.

Y es que llegó la crisis y afloraron los muchos defectos en el diseño de la arquitectura institucional de la eurozona. La fragmentación financiera se incrementó de forma masiva: era una ingenuidad tener una moneda común pero no haber avanzado más en la integración financiera, especialmente en la del sistema bancario: ¡un euro realmente no valía igual en España o Italia que en Alemania!

Además, se constató la imposibilidad de que la política monetaria del BCE funcionara simétricamente para toda la zona del euro. Llegaron las reformas, como la unión bancaria y la unión del mercado de capitales, que aún siguen incompletas. Con la pandemia, nuevos pasos, con una política fiscal conjunta y los eurobonos. Mucho aún por hacer para que el euro siga cumpliendo años.

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