¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

Educación para la pobreza

Ahora que todos vaticinan un duro otoño me he propuesto desempolvar el manual de la vida pobre y feliz

Tyrone Power, en un fotograma de 'El filo de la navaja'.

Tyrone Power, en un fotograma de 'El filo de la navaja'. / DS

EN mi estancia en París con una Erasmus aprendí a ser pobre. Una vez pagados la residencia, el restaurante universitario y la tarjeta del metro apenas me sobraban unos francos para tabaco y tomar algún café solo. Los primeros días miraba los escaparates de las boulangeries o la animación de las brasseries y sentía una gran desdicha por no poder unirme al festín. Pero pronto me orienté y experimenté la felicidad del estudiante menesteroso: largos paseos por una ciudad infinita, libros gratis en la biblioteca del Colegio de España, algún ligue, asistencia a todo tipo de actos que se remataban con cócteles sin coste alguno... Allí me sobraba el tiempo, ese oro que es el verdadero lujo de los auténticos ricos, los que viven su fortuna sin las angustias del trabajo y la responsabilidad. Una vez le escuché a Julio Anguita decir que su verdadera vocación era la de ser un hidalgo cordobés con una modesta fortuna que no le diese demasiadas preocupaciones. Le comprendí perfectamente. Desde luego, es una opción mucho más tentadora que la de ser mesías del proletariado

Ahora que vienen mal dadas y que todos vaticinan un duro otoño (aún más, mon Dieu) me he propuesto desempolvar el manual de la vida pobre, cultivar un espíritu franciscano que me permita pasar esta crisis apocalíptica con alegría de novicio. Al fin y al cabo, todo lo que uno ama es barato, cuando no gratuito: el barullo de la familia, los libros, los amigos, la cerveza, la tertulia en el bar Dueñas, las historias y los trastos viejos, los parques públicos, el perro, el humor... Cosas sencillas, útiles y sólidas que difícilmente desaparecerán con la tormenta que viene.

Por recomendación de la fotógrafa Gloria Rodríguez he comenzado mis vacaciones con la lectura de El filo de la navaja, de William Somerset Maugham, clásico del siglo XX que sólo conocía por la magnífica película dirigida por Edmund Goulding y protagonizada por Tyrone Power y Gene Tierney. Todavía voy por la página 144 de le edición de quiosco que sacó hace años un periódico nacional, en el momento en que el protagonista, Larry Darrell, vagabundea por Europa central acompañado de una antiguo y deshonrado oficial de Caballería polaco reconvertido en tahúr y místico ocasional. Larry ha dejado atrás a la mujer que amaba y un futuro prometedor en un EEUU pujante, duerme en establos y come en figones, pero aún así es consciente de que vive los días más felices de su vida. Es hora de retomar un camino que está trazado desde hace siglos: beatus ille.

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