ANTIGUAMENTE -me refiero a los tiempos de mi adolescencia, al siglo pasado- cuando se frisaba los dieciséis años, los dieciocho, los chavales andábamos como locos por tener pareja, por "salir" con alguien. Por lo que atisbo de mis hijos, de sus amigos, esas cosas han cambiado. No solamente no parecen tener relaciones estables sino que tampoco: a) las echan en falta b) es motivo de interés. Es algo que, simplemente, pertenece a otro mundo, a otra época, como las cabinas de teléfono o los libros. Es posible que, entre otros motivos, la situación económica o las perspectivas laborales actúen como una fuerza disuasoria contra cualquier veleidad del tipo de crear una familia, embarcarse en una hipoteca, etcétera. Con contratos laborales, en el mejor de los casos, de seis meses y salarios menguantes e irrisorios hay que ser muy valiente o estar muy loco para decidirse a seguir las pautas convencionales hasta hace no mucho. La ecuación de contraer compromisos de gastos casi eternos con tener seguridades de ingresos casi nulas es como para pensárselo dos veces antes de decir sí quiero incluso en una ceremonia informal, en la playa, con velitas y todos vestidos de blanco. Lo paradójico del asunto es que son precisamente aquellas corrientes sociopolíticas que más defienden el modelo de familia tradicional las que más están haciendo por destrozar las bases de estabilidad económica que la sustentaba.

En EEUU está siendo un éxito editorial, del que incluso se ha hecho eco el New York Times, el libro Going Solo: The Extraordinary Rise and Surprising Appeal of Living Alone. En él, el sociólogo Eric Klinemberg le pone cifras, estadísticas y razones a lo que la mayoría de nosotros sospechábamos hace tiempo: el concepto de pareja, por no hablar del de familia nuclear, está en declive. En las ciudades prósperas de Estados Unidos -Atlanta, Denver, Seattle- el porcentaje de hogares con un solo ocupante alcanza el 40%. Pero en Europa, a la cabeza en esa tendencia, en París, la ciudad del amor, la cifra supera el 50%, y en Estocolmo roza el 60%. Lo curioso del asunto, remacha la obra, es que la corriente no es exclusiva del mundo occidental sino que se extiende a las economías emergentes. Las causas parecen estar en claras: muchas de las ventajas que procuraban la familia y el matrimonio, o ya no las proporcionan o se encuentran fácilmente fuera (seguridad financiera, sustento de la vejez, relaciones sexuales, afectos sentimentales...), pero con un menor coste económico. Como suele decir un amigo algo bestia: ¿si solamente necesitas el coche un par de veces al mes, no resulta más rentable coger un taxi o un avión que comprar (y mantener) uno? Pues parecido.

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