Manuel Gregorio González

Penumbra de Gabriel Miró

DE entre la obra de Márquez Villanueva destacan, con grave y reposada insularidad, los estudios mironianos que el erudito sevillano dedicó al escritor de Alicante. Se añade así, a su conocido corpus doctrinal, cuyo linaje es fácil relacionar con Castro y García Gómez, esta breve cata en la literatura del XX, que sin embargo guarda estrecha relación con la temática más conocida del maestro. ¿Cuál es esa relación, en apariencia inexistente, entre Gabriel Miró, olvidado esteta de entreguerras, y la literatura híbrida, en elipsis, que se desprende de sus estudios de Cervantes, del Arcipreste, de Teresa de Ávila y La Celestina, del problema morisco y la España judeo-conversa? Esta raíz común -puestos aparte la ingratitud o el olvido-, es un concepto religioso, un ideal amatorio, menos estricto o más lato que el que la realidad hispana deparó, con frecuencia, a sus hijos.

En La esfinge mironiana, es un retrato intelectual de Miró, por encima de las influencias de Nietzsche o Shopenhauer, lo que Villanueva postula. Un retrato donde se nos presenta a Miró como discípulo de Émile Zola y anticipado conocedor de la novedad psicoanalítica. En Gabriel Miró y el Künstlerroman, se vincula expresamente, acertadamente, al escritor levantino con la gran novela formativa de aquella hora, desde Thomas Mann y su Muerte en Venecia al Joyce de Portrait of a young artist. En su estudio sobre Las cerezas del cementerio, no es sólo la circularidad pánica, la continuidad vida/muerte, Eros/Tánatos, tan presente en Miró, aquello que se evidencia; también hay una sutil aproximación a la mentalidad conservadora, relacionada con este eterno repetirse de hombres y cosechas que glosó Eliade. Por último (hay más, pero no los diremos todos), en Gabriel Miró, entre filografía y biografía, se ha establecido un paralelismo entre arte y sensualidad, en la línea de Lawrence y las tesis de Freud, que incardinan a Miró muy lejos del decadentismo al uso. Aun así, es la revelación de sus abundantes referencias místicas, desde Raimundo Lulio y Santa Teresa a las Confesiones de San Agustín, lo que señala a este estudio como valioso e infrecuente, y cuyo sentido último es presentarnos a Miró como un escritor amatorio, piadoso, conmovido, que se asienta en la tradición cristiana del amigo-amante y el escalofrío sublime.

Al cabo, no otra es la función del intelectual, del profesor, del verdadero erudito: traernos con la claridad y el tacto de lo vivo, el viejo espesor del mundo.

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