el poliedro

José / Ignacio Rufino

Viaje a un anteayer hortera

El periodista Íñigo Domínguez publica un libro cuyo subtítulo es significativo: 'Un viaje ridículo por aquel país tan feliz'

CON el mismo apuro y la misma incredulidad con que uno ve una foto suya de hace años en la que el atuendo, las gafas o el corte de cabello resultan hoy estrafalarios o, sencillamente, inasumibles, echar una mirada a los usos y costumbres de consumo y estilo de vida de nosotros, españoles, hace apenas diez o quince años resulta patético. Vaya por delante que pocos, incluido quien suscribe, se sustrajeron por completo a la gran marea de horterada, pretenciosidad, irracionalidad económica y ostentación de nuevo rico que azotó a España de norte a sur y de este a oeste durante al menos una década: coches de alta gama comprados a plazos o camuflados fiscalmente mediante un renting en una sociedad mercantil; eclosión de Pepes y Lolas por el mundo, metidos a marcopolos de la tarjeta de crédito (el español contemporáneo es el turista más consumista de la Unión Europea, se pirra por un souvenir y una tiendecita local); bicis de montaña de alta gama a las que se daba un uso de trotón cochinero; inflación de monteros con rifles de primera ataviados con un estilo que acrisolaba el del terrateniente inglés, corbata incluida, y el típico del tirolés, tan nuestro; relojes carísimos -y más bien de pared- en la muñeca derecha, con profusión de botones nunca usados; menús degustación a 80 euros, regados con vinos de autor con su nota de cata, ¡cartas de agua mineral!; bautizos y comuniones financiados a cinco años; y por supuesto, casas, muchas casas: la ocasión de tu vida en un pedregal del mediterráneo por 300.000; vuestra primera vivienda, parejita, por aún más dinero, a crédito, a pagar en 30 años con dos sueldos de mil euros. Los siempre sutiles Cantores de Híspalis, tan de feria y romería tutiplén, dieron en la tecla: que no nos falte de na, que no, que no.

"Marina D'Or es la metáfora perfecta de aquella España", dice Íñigo Domínguez, el periodista que ha descrito esa etapa de nuestras vidas en el libro Mediterráneo descapotable (un viaje ridículo por aquel país tan feliz). Mientras la comunidad autónoma valenciana destacaba -no sin duros rivales en Andalucía, Madrid o Cataluña- como cueva de Alí Babá de la política, en un erial de Castellón se erigía el colosal monumento a la opulencia repentina. En los casi veinte millones de metros cuadrados de Marina D'Or podías disfrutar de pistas de esquí, frescos de aires vaticanos en la recepción del hotel, arrecifes de coral y playas caribeñas artificiales. Y balnearios con capacidad para más de siete mil personas: grima da sólo de pensar en esas aguas. Como Las Vegas, pero en popular, y pagadero en cómodos plazos.

El mismo país de la alpargata escondida en el maletero anterior de un Seat seiscientos, el del enjuto y sufrido emigrante que hizo posible el pleno empleo interior, el del veraneo de válvula con los parientes del pueblo, se había convertido en la patria de los gourmets trotamundos, el de Javier Bardem en Huevos de oro y el de los marqueses por generación espontánea. Recuerdo a un tipo gritar por un celular en la cinta de correr de un gimnasio -también de ringorrango,y allí estaba yo- la siguiente frase, para que se lo escuchara bien: "Miguel, lo que yo te diga, que ese tío no sabe hacer dinero, mándalo al carajo". El oficio del fantasma era pegar pases, o sea, promover viviendas e ir vendiendo humo sucesivas veces hasta encasquetarle el metro cuadrado a un propietario final por una millonada ajena a cualquier "valor de uso" razonable. He sabido que acabó arruinado, malamente separado, deprimido y olvidado. Una triste pero precisa metáfora de la reciente historia micro y macroeconómica de este país que un rato fue D'Or.

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