La ciudad y los días

Carlos Colón

El cuento del escultor griego

OIGO decir en una tertulia radiofónica que no hay que asustarse porque los griegos sean convocados a un referéndum para decidir si aceptan o no el segundo paquete de rescate europeo: por algo la suya es la democracia más antigua del mundo. Hombre, de la Grecia de Pericles (cuya democracia, aun siendo el origen de todas, poco tiene que ver con la que se disfruta desde hace dos siglos) a la de Papandreu ha llovido tanto que resulta abusivo hasta lo grotesco defender el tremendo error del referéndum (que puede convertirse en un horror para el resto de Europa) trayendo a colación la democracia griega del siglo V antes de Cristo. 

Se manifiesta en esto un mal propio de los pueblos que un día fueron grandes y hoy son poco o nada. Una rica egipcia que conocí en Roma gustaba enseñar sus pequeñas y perfectas manos mientras decía "cinco mil años sin trabajar", aludiendo a las muchas generaciones sin doblarla que hicieron falta para alcanzar tal perfección. Así les va. 

También en Roma conocí a un escultor griego que intentó convencerme de que un niño ateniense analfabeto era más sabio que un americano formado en Harvard, porque por las venas del niño griego corría la sangre de Sócrates, Platón y Aristóteles. Este caso era distinto al de la egipcia. El escultor creía que la cultura se hereda, no se aprende, como si El banquete o la Ética a Nicómaco fueran parte del código genético de los actuales griegos. Así les va, también. 

No sé hasta qué punto esta mentalidad es compartida por los connacionales de este escultor, que por cierto era pésimo y vivía de tournées que le pagaba su gobierno. Algo debe haber porque, como ha recordado Gyu Sorman, cuando en 1981 Giscard d'Estaing defendió la incorporación de Grecia a la UE dijo: "Como Grecia es la cuna de la civilización, los artífices de Europa tienen una deuda histórica con ella". Traducir a dineros de hoy una deuda contraída hace 2.500 años -o 500 si estiramos la cosa hasta Bizancio- es un disparate que se paga caro. 30 años después es Grecia la que tiene una deuda no precisamente histórica con Europa. Y no parece que pueda ni quiera pagarla. 

La pasividad ciudadana, la corrupción generalizada, la incompetencia y el engaño elevado a política de Estado han llevado a Grecia hasta este punto. Y su incapacidad para volver a la realidad -una vuelta siempre durísima para quien se ha pasado tantos años ignorándola- puede arrastrar a toda la Unión Europea al abismo. Sería una broma de mal gusto que la cuna de Europa acabara por ser su tumba. En la que, por lo que se dice, los italianos y nosotros estaríamos entre los primeros en ser sepultados.

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