La tribuna

antonio Ojeda Avilés

El ego catalán en la encrucijada

LAS declaraciones de Joan Herrera, coordinador general de ICV, publicadas el pasado domingo en este mismo diario, se resumen en una frase que el periódico coloca en grandes letras en el centro de la página: "Cataluña siempre lidera y Andalucía universaliza". Y uno advierte, por encima de la magia de las palabras, la falacia de los verbos, porque en realidad el líder catalán quiere decir que la iniciativa siempre parte de ellos, y la región andaluza, multitudinaria y abúlica, apoya lo que le dicen y con su masa lo convierten en regla general.

El señor Herrera se basa para ello en el seguidismo del Estatuto andaluz respecto del que ellos han visto recortado por el más alto tribunal del país: "el Estatut ha abierto la vía a muchos textos que son copia del catalán", remacha complacido. En lo cual hallamos de nuevo esa irritante complacencia nordestina cuando miran a nuestra región, según ellos subsidiada por antonomasia. Por fortuna, las iniciativas en nuestra historia común han estado muy repartidas, desde los viejos tiempos en que Trajano y Adriano, emperadores sevillanos, dominaban el mundo, o en los que se descubre América y se domina Flandes.

Incluso en lo que más han descollado los catalanes, el comercio, el impulso principal no se debe a las cualidades innatas de sus paisanos, sino a su privilegiada posición en el Golfo de León, un emporio de riqueza inigualable durante muchos siglos de la Edad Media, con ciudades ricas desde tiempo antes, como Marsella o Génova, y puerta de entrada al Ródano, la más importante vía hacia el otro polo de riqueza medieval; más aún, la mercancía que llevaban los catalanes a las ferias de Champaña era, principalmente, el cuero cordobés, el codiciado cordobán, como señalan por ejemplo las profesoras valencianas Cuéllar y Parra.

Joan Herrera insiste además en que para mantener a Cataluña dentro del Estado español debería hacerse una propuesta de federalismo asimétrico, en línea con los nacionalistas catalanes, sin advertir hasta qué punto sus alegatos hieren el sentir de quienes deberían ser tratados como ciudadanos de segunda en un país desigual. Y el hecho de que el líder de una coalición que hace de la igualdad su bandera ponga como objetivo la desigualdad debe indicarnos hasta qué punto los resentimientos catalanes enraízan fuertemente en ideas que no se visualizan en el argumentario, tan escaso, del gobierno de la nación.

Creo que deberíamos tener muy presentes los siguientes tres puntos de reflexión en torno al "problema catalán".

1. Cataluña está perdiendo fuerza económica, y la distancia con las demás regiones del país se acorta. Mientras que desde principios del siglo XIX las distancias con el resto de España dieron pasos de gigante, y Orwell podía subrayar el desprecio con que los obreros catalanes trataban durante la Guerra Civil a los andaluces, incultos y famélicos, en el momento presente ha comenzado un declive algo menor que el de País Vasco, pero en el que comienza a verse cómo otras comunidades le adelantan en algunos rubros. Si bien de nuevo ese declive no se debe tanto al carácter catalán como al hecho de que su privilegiada posición geoestratégica ya no lo es tanto, cuando declina el eurocentrismo y otras potencias económicas, y con ellos otras regiones españolas, adquieren un nuevo protagonismo.

2. La Renaixença ha provocado desde mediados del siglo XIX un sentimiento nacionalista asentado sobre bases falsas y que hoy día parece enceguecido. El ejemplo palpable es el déficit fiscal, aumentado hasta los 16.000 millones anuales a través de unas cuentas de cuya debilidad han advertido Borrell y otros. Desde los Decretos de Nueva Planta que ellos tanto denuestan, Cataluña ha gozado de un corralito español donde vender sus productos, un mercado común que ellos se cuidaron de cerrar a cal y canto mediante aranceles hasta el ingreso en la UE. Es preciso entrar a debatir las raíces históricas del resquemor catalán, porque ahí está unas de las bases de su obstinación.

3. Su frustración encuentra dos ejemplos para esgrimir, de un lado la Andalucía "subsidiada" y de otro el concierto vasco. Quizá lo único que haría a los nacionalistas catalanes abandonar su actitud sería el otorgamiento de un privilegio similar al vasco. Y en verdad que aquí es donde únicamente tienen razón, en el privilegio vasco, no tanto en el concierto (la forma) como en el hecho de que desde sus inicios la cuota de participación del País Vasco haya quedado congelada desde sus comienzos en el 6,24% (el contenido). El privilegio resulta hoy día inadmisible, y debería buscarse una norma común, que podría ser el garantizar el gasto en servicios esenciales a cada ciudadano, como ha sido propuesto recientemente, y a partir de ahí reconocer el principio de ordinalidad simple. Sólo desde esta norma única y común cabría conjugar los intereses catalanes con la racionalidad.

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