Tribuna

Manuel bustos rodríguez

Catedrático de Historia Moderna de la UCA

Las razones políticas

Conviene volver a la lectura de 'El Príncipe'. A unos les ayudaría a entender mejor lo que ocurre y a otros con pretensiones políticas les favorecería en su cumplimiento

Las razones políticas Las razones políticas

Las razones políticas / rosell

Las razones políticas pueden ser de diverso rango y pelaje, aunque en casi todos los casos salen casi siempre perdedoras la verdad, la justicia y otros valores sustanciales, tanto personales como colectivos. Este hecho es tan antiguo como la propia Humanidad, si bien, según los momentos, su uso ha sido mayor o menor. Nicolás Maquiavelo canonizó el vínculo entre éste y sus consecuencias en los años treinta del siglo XVI, en lo que más tarde se conocerá, según frase que ha hecho fortuna ,como la Razón de Estado. "Cuando un príncipe dotado de prudencia -escribió el famoso autor italiano- ve que su fidelidad en las promesas se convierte en perjuicio suyo y que las ocasiones que le determinaron a hacerlas no existen ya, no puede y aun no debe guardarlas, a no ser que él consienta en perderse". Así pues, en su opinión, el cumplimiento de lo prometido a los ciudadanos se mantendría siempre que no le perjudicase a quien las hizo en una situación concreta. No fue Maquiavelo, sin embargo, su descubridor, sino más bien un testigo cualificado de esta realidad y el principal formulador de esa relación.

Desde entonces ha llovido mucho, pero el uso de la razón política confundida con el interés personal o de grupo no ha decaído, si bien desde la publicación de El Príncipe se sucedieron críticas permanentes a muchas de las ideas plasmadas en este libro, e incluso intentos de casar en parte el contenido de la obra con la moral (lo que en los siglos XVI y XVII se conoció como Tacitismo). Reparos en definitiva en nombre de principios éticos, dirigidos hacia la falta de escrúpulos en el ejercicio del poder, pero que a la postre no se plasmarían en la modificación de esa realidad, ni tan siquiera la propia de aquellos que los habían esgrimido. Eso sí, los responsables de los gobiernos rara vez reconocieron que las observaciones de Maquiavelo fuesen válidas y mucho menos que fueran a aplicarlas.

Nuestro tiempo es muy diferente al suyo, pero su uso apenas ha cedido, ni siquiera bajo regímenes democráticos. La caída de las exigencias morales tanto civiles como religiosas lo convierten incluso en algo comúnmente aceptado, sin que apenas ya nos escandalicemos de ello, ni toque la conciencias de quienes pudieran aplicarlo.

Cuando sus hipotéticos usuarios se han visto en la tesitura de elegir entre obtener o mantener el poder de un lado y la verdad y la justicia del otro, normalmente han elegido lo primero. Y hoy la utilización de la razón política así entendida, inserta dentro de las tácticas y estrategias que todo lo justifican en la mayoría de los partidos, es moneda corriente.

Importa por encima de todo conseguir adhesiones que permitan ascender en la escala del poder, sin apenas tomar en consideración la posibilidad o no de cumplir las promesas, la continuidad en los ideales, ni la verdad o mentira de las afirmaciones vertidas a tal propósito. Es significativo lo poco que ha tardado en extenderse entre nosotros últimamente ese palabro de las fake news (bulos). De lo que se trata, pues, es de imponerse al competidor mintiendo, sembrando ante el público dudas acerca de su buena fe o negándole el pan y la sal aunque su propuesta pueda compartirse o sea razonable. El interés político debe prevalecer.

La aceptación de este vínculo entre razón política y desconocimiento voluntario de la verdad y de la justicia afecta no sólo a las formaciones políticas en cuanto tales o al propio Estado, sino al conjunto de los ciudadanos sin adscripción ideológica determinada, pero sometidos al espectáculo permanente de los malos ejemplos.

Los últimos cuarenta años han sido pródigos en medias verdades y mentiras, aparejadas a manifiestas injusticias. Es imposible recordar todos los casos, pero permanecen en la mente de muchos las más que dudosas explicaciones de carácter oficial dadas a asuntos de tanta trascendencia como los del 23-F, el 11-M, el caso Faisán o las negociaciones con la ETA y los independentistas, mezcla, en proporciones diversas, de secretismo y de acuerdos bajo cuerda, sacrificando en última instancia la justicia y la verdad.

No en vano se trataba de razones políticas, incluso de razones de Estado. En todos esos casos la frase atribuida a Maquiavelo de que el fin justifica los medios se ha hecho patente en grado sumo, aunque nadie o casi nadie lo reivindicara abiertamente. Lo cual revelará al observador imparcial que hemos avanzado poco en estos asuntos con respecto a los tiempos que le tocó vivir al italiano. Eso sí, ahora el telón de fondo ha cambiado sustancialmente; pero los actores siguen moviéndose por objetivos muy similares a los de entonces. Conviene volver a la lectura de El Príncipe. A unos les ayudaría a entender mejor lo que ocurre y a otros con pretensiones políticas les favorecería en su cumplimiento. No en vano, Maquiavelo pasa por ser el menos citado y leído, pero también el más consciente o inconscientemente seguido.

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