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Tribuna

Óscar eimil

Jurista y escritor

El servicio militar

Con un servicio nacional conseguiríamos reforzar los vínculos afectivos y de responsabilidad que deben existir entre la nación y los que la defienden

El servicio militar El servicio militar

El servicio militar / rosell

Aprincipios de los años 70, cuando dábamos nuestros primeros pasos en el colegio los pioneros de la EGB de Villar Palasí, tuve un viejo profesor de religión, sacerdote para más señas, que era muy celebrado en el entorno académico de mi pequeño pueblo por sus sentencias. Decía y repetía una y otra vez, entre otras muchas cosas, Don Manuel -pues así se llamaba mi entrañable profesor-, que "¡el hombre no debe fumar hasta que vuelva del servicio militar!", a lo que los chavales le reconvenían con mucho cachondeo: ¿y la mujer, Don Manuel, y la mujer?, respondiendo él siempre, muy serio: ¡¡La mujer, nunca!!

Permítanme este chascarrillo para iniciar con una sonrisa el tema, importante por lo demás, que quiero plantearles hoy: la conveniencia de recuperar en nuestro país la obligatoriedad del servicio militar, tal y como está sucediendo estos días en otros países de nuestro entorno. Conviene recordar antes de nada que el reclutamiento obligatorio encuentra su origen en la Francia de la Revolución, donde se implanta como un instrumento de la igualdad, de la libertad y de la fraternidad para luchar contra la reacción.

En España, la leva obligatoria se introdujo durante la Regencia de María Cristina (1833-1840), tras la muerte de Fernando VII, cuando se dispuso la conscripción para hacer frente a los embates de los seguidores del pretendiente, Carlos María Isidro, en lo que se denominó la Primera Guerra Carlista; leva que, sin embargo, permitía a las clases más pudientes librarse del servicio pagando una suma de dinero a la Hacienda Real.

Así siguieron las cosas durante mucho tiempo hasta que en 1912 -el mismo año en que fue asesinado por el anarquista Manuel Pardiñas- el ferrolano José Canalejas, a la sazón presidente del Gobierno, reformó el viejo sistema para sustituirlo por otro que pretendía ser más justo -aunque al final no lo fue-, y que sirvió mayormente para enviar al matadero de la Guerra de África a decenas de miles de jóvenes de la época.

Tras la Guerra Civil, durante la Dictadura, el sistema permaneció esencialmente igual, aunque con el paso de los años el tiempo de prestación del servicio se fue reduciendo paulatinamente hasta llegar a los 12 meses. Con la llegada de la Democracia, la irrupción generalizada de la objeción de conciencia se convirtió en un torpedo en la línea de flotación del sistema, cuando decenas de miles de jóvenes se negaron por esta vía a hacer la mili en un movimiento social espontáneo que dio la puntilla al reclutamiento.

Por eso, porque todo el mundo detestaba el servicio militar, y porque, además, el Ejército español necesitaba a gritos una inyección de autoestima y una subida generalizada del nivel de calidad de sus efectivos, decidió José María Aznar en 1996 ponerle fin, en una decisión que tuvo un amplio consenso político y social. Ahora, la cuestión vuelve al candelero porque algunos países de nuestro entorno como Suecia, Noruega y -lo que es mucho más importante - Francia han decidido o van a decidir en los próximos tiempos la implantación de un nuevo servicio nacional obligatorio -como le llama Macron- para todos sus jóvenes.

Por esa razón, y aunque a primera vista pudiera parecer política ficción, verán como pronto se plantea en nuestro país el debate sobre la conveniencia de implantar en España un servicio obligatorio para todos nuestros chicos y chicas, acorde con los tiempos en que vivimos, de una duración razonable, que no interrumpa de una manera dramática el natural discurrir de sus vidas, civil o militar a su elección, y que se realice necesariamente fuera del lugar de su residencia habitual.

Con ello, conseguiríamos reforzar los vínculos afectivos y de responsabilidad que deben existir entre la nación y los que la defienden, fomentar la cohesión nacional, y desarrollar un ahora inexistente y muy necesario, por cierto, espíritu de defensa común.

También coadyuvaría el servicio nacional obligatorio a la mezcla social y territorial, tan útil en estos tiempos revueltos que vivimos, reforzaría la disciplina y la autoridad, lo que no vendría nada mal a nuestros jóvenes, y fomentaría el compañerismo -frente al egoísmo rampante-, el respeto a la diversidad y la resiliencia social. Todo ello para hacer de España una democracia más fuerte, más moderna y más unida como los son los referentes de nuestro entorno a los que antes me refería.

Queda para el final la cuestión más peliaguda: ¿quién le pone el cascabel al gato? Sería interesante averiguar cuál es la opinión de nuestros políticos, aunque para ello me temo que habrá que esperar a conocer al resultado de las encuestas que pronto se harán. Quizás, Rivera, que no ha hecho la mili, sea valiente y como Macron, su referente, dé un paso al frente. Veremos.

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