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Tribuna

Javier González-Cotta

Editor de 'Revista Mercurio'

El sucio judoca judío

Como explica Carlos Igualada, los Juegos Olímpicos han servido desde hace años como inigualable teatro mediático para atraer la atención de los conflictos armados

El sucio judoca judío El sucio judoca judío

El sucio judoca judío

El judoca israelí Tohar Butbul, judío sefardí, resultó eliminado en Tokio en la repesca por la medalla de bronce ante el canadiense Arthur Margelidon. El surcoreano An Chang-rim lo había vencido previamente, en un duelo que venía precedido por la victoria por ippon de Butbul ante el moldavo Victor Serepu, campeón del mundo en 2020. Hasta Serepu, el judoca Butbul había avanzado sin pelear en sus eliminatorias hasta octavos en la categoría de 73 kg. La razón es, como hemos sabido, que su oponente previo, el argelino Fathi Nourine, había renunciado a competir contra el representante israelí como muestra inequívoca e inalienable de apoyo a la causa palestina. De este modo "no se ensuciaría las manos" al tocar el judogi del asqueroso, homicida y ocupante hebreo.

Lo más estrambótico del caso es que, tras desfilar en la austera y funeraria inauguración de los Juegos Olímpicos, Nourine no ha participado en combate alguno. Tras realizarse el sorteo de las eliminatorias en judo conoció que se enfrentaría en primera ronda al sudanés Abdalrasool. De ganar, tendría que enfrentarse a su repulsivo colega Butbul. De ahí su aireada renuncia, refrendada por su entrenador ante la televisión argelina. El Comité Olímpico Argelino y la Federación Internacional de Judo pretenden sancionarlo con severidad. Igual que con los tifones sobre el Pacífico y el Mar de Japón, los federativos deberían haber estado en aviso. En el Mundial de 2019 Nourine renunció también a combatir contra Butbul (Irán ordenó en dicho campeonato la retirada de su judoca y la FIJ ha expulsado al país de toda competición por cuatro años).

Curiosamente, en mayo de este mismo año, el futbolista franco-argelino del Manchester City, Riyad Karim Mahrez, publicó un tuit en apoyo a los palestinos durante los bombardeos terrestres y aéreos del Ejército hebreo sobre Gaza y los cohetes lanzados por Hamas contra poblaciones de Israel. Fueron los propios argelinos, los de dentro del propio país, los que reaccionaron con furia ante el tuit del impostado Mahrez. Le reprocharon que hubiese ignorado la represión que el Gobierno de Tebboune ejerce contra el movimiento Hirak, iniciado desde 2019. Piden libertad, reformas verdaderas y democracia sin tutelaje militar desde que cayera el decrépito Abdelaziz Buteflika.

"Ladrones, os habéis tragado el país" es una de las consignas que se escucha en Argelia desde hace más de dos años (ahora Túnez, cuna de la fallida primavera árabe, se contagia de idéntica irritación general). Nos preguntamos si el judoca Nourine y el fino mediocentro Mahrez conocen el estado en el que vive su propia nación o si también participan indirectamente de la mesa de rapiñeros que se está jalando el porvenir de los suyos. No solemos soportar a estas alturas los gestos espantosamente ramplones y ridículamente solidarios a los que da pie el flirteo expositivo de todo tipo. Por eso hemos apoyado al judoca Butbul hasta donde ha podido aguantar su judogi en Tokio, del mismo modo que celebramos que el Manchester City de Guardiola, como es tradición, se quedase un año más a las puertas de ganar la Champions.

Como explica Carlos Igualada en su libro Terrorismo y deporte, los Juegos Olímpicos han servido desde hace años como inigualable teatro mediático para atraer la atención de los conflictos armados. Desde Múnich 72, con la matanza de los deportistas judíos por los palestinos de Septiembre Negro (recuérdese la estupenda película de Spielberg y el papel del actor de origen croata Eric Bana), los Juegos siempre han sufrido boicots y amenazas terroristas de diversa índole (de ETA al yihadismo). En la era del homo videns el terrorismo reclama su cuota de pantalla en el insoportable émbolo de las imágenes producidas en tiempo real.

La edad nos hace repeler las adhesiones inquebrantables a las causas que saben comerciar la pena de su desdicha. Aborrecemos los excesos del estado de Israel, del que, no obstante, conviene recordar que es el único democrático en todo Oriente Próximo y que aglutina tanto a los tirabuzones de los jaredíes ultraortodoxos como a los clubes de striptease de Tel Aviv. Hemos tenido la oportunidad de conocer recientemente a Tomás Alcoverro, corresponsal desde 1970 en Oriente Próximo, en especial desde su residencia en Beirut, para La Vanguardia. Conocedor del paño, nos dio sobradas razones para creer que el conflicto entre palestinos, árabes y judíos es un relato de grises, de cuyas tramas, infinitas, confusas y enervantes, se concluye que jamás va a tener remedio. La osada ignorancia y la idiotez han vencido al judoca Nourine por ippon. No lo dice Alcoverro, que nada sabe sobre deportes. Lo decimos nosotros.

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