Ricardo de Castro I Autor de la guía ‘Sevilla insólita y secreta’ “En la Giralda vivía gente. Allí nació la mística Bárbara de Santo Domingo”

  • Paseante infatigable e investigador de las curiosidades de la ciudad, este psicólogo social y músico nos habla de los mil detalles que convierten a Sevilla en un lugar inagotable

Ricardo de Castro, en su domicilio. Ricardo de Castro, en su domicilio.

Ricardo de Castro, en su domicilio. / Juan Carlos Muñoz

Hijo de un marino de guerra gallego, Ricardo de Castro nació en San Fernando, ciudad con la que sigue manteniendo importantes vínculos pese a llevar ya casi cuarenta años viviendo en Sevilla, a donde llegó para estudiar la carrera de Psicología. Profesionalmente, ha combinado la psicología social y los temas ambientales con su labor de guía de viajes en países como Francia, Italia , Marruecos, Túnez, Eslovenia o Turquía, entre otros. De Castro ha dedicado también gran parte de sus afanes a la música, formando parte del grupo Contradanza, que apuesta por una renovación de la música tradicional andaluza con peregiles modernos . Su último disco es ‘El canto de la tripulación’. Pero si hoy Ricardo de Castro comparece en estas páginas es por haber escrito la guía ‘Sevilla insólita y secreta’, una suerte de cartografía íntima de la ciudad en la que el autor va descubriendo detalles de la ciudad que suelen pasar inadvertidos para la mayoría de sus habtitantes, desde la simbología masónica de San Esteban hasta el museo de Música Africana de la calle Automoción, pasando por la veleta del sereno Marchena. El libro, publicado por la editorial Jonglez, está especialmente recomendado para aquellos que gustan del paseo demorado por una ciudad que bien puede ser un laberinto.

–Es curioso, porque su libro, ‘Sevilla insólita y secreta’, mezcla en su título el de dos clásicos de la literatura sobre la ciudad: ‘Sevilla insólita’, de Francisco Morales Padrón, y ‘Guía secreta de Sevilla,‘ de Antonio Burgos, ¿un guiño a los precedentes?

–Soy consciente, pero el título es el que se le da a todas las guías de la colección, en la que constan ciudades como Granada, Madrid y Barcelona, Nueva York, Viena, Londres, Ciudad del Cabo, Ciudad de México... El fundador de la editorial es Thomas Jongles, un parisino muy viajero que concluyó que no había guías para los propios habitantes de las ciudades.

–Para escribir esta guía, ¿qué ha frecuentado más, las calles o las bibliotecas?

–Las dos. La conclusión que he sacado es la gran desinformación que hay sobre los asuntos de nuestra ciudad, especialmente los históricos y sobre todo en la red, en la que se cuentan muchas falsedades que se perpetúan en el tiempo. He intentado documentarme mucho, ir a las fuentes originales, consultar con expertos… Por ejemplo, para la Sevilla islámica, he contado con el asesoramiento de Daniel Jiménez Maqueda, que es el gran experto en la muralla y las torres de Sevilla. Pero, sobre todo, detrás de este libro hay muchas horas de pateo, el espíritu del flâneur, del nómada urbano sin dirección y a la espera de lo inesperado.

–Es curioso que una figura como la del flâneur naciese con la ciudad contemporánea, cuando ésta se convierte en una maquinaria casi industrial poco dada al ocio diletante.

–Para mí ha sido fundamental ese espíritu, ir con una mente abierta a los lugares y poder contactar con las personas en general, no sólo con los expertos. Se trataba de hacer una historia íntima del territorio.

–El libro, que va por barrios, nos descubre rincones y detalles urbanos que no suelen ser conocidos por el gran público, pero que nos retratan la gran complejidad histórica de la urbe. ¿Podemos decir que el espíritu de Sevilla se encuentra más en sus detalles que en los grandes monumentos?

–Para mí sí. Esta guía es personal, descubre las cosas que a mí me sorprenden de Sevilla. Por ejemplo, los símbolos masónicos que hay en la capilla sacramental de la iglesia de San Esteban, que están relacionados con el paso de un grado a otro dentro de esta organización. Para asesorarme sobre este asunto hablé con el gran maestro de la Logia Obreros de Hiram, que es sevillano y doctor en Historia. También de inspiración masónica son las esfinges de la Casa de las Sirenas. Actualmente vemos que hay sólo dos, pero en tiempos pasados había otras dos más que eran aún más grandes y que pudieron acabar en la casa de un conocido anticuario… Por cierto, que la reja de este palacete es exactamente igual a la de los Jardines de Kensington, en Londres.

En las redes se cuentan muchas falsedades sobre la historia de nuestra ciudad

–Siempre se ha dicho que la casa la mandó construir el Marqués de Esquivel.

–Según mis investigaciones eso es falso. La construyó Lorenzo López de Angulo, que nunca tuvo ese título. Ese tipo de errores y falsedades se repiten mucho en Sevilla, como decíamos antes.

–Dígame qué más cosas le han sorprendido…

–Muchísimas, las tumbas sefardíes que hay en el parking de la Puerta de la Carne o la colección de arte chino y japonés que se expone en la casa de los Pinelo.

–La donó el jesuita Fernando García Gutiérrez a la Academia de Bellas Artes, un auténtico sabio prudente, a lo Gracián. Pero siga…

–Los relieves de la Capilla de los Luises, también de los jesuitas, en la que yo detecto la intencionalidad de los autores del románico, porque se hace una alegoría del pecado y del mal…

–Los sevillanos somos muy de nuestra ciudad, pero en el fondo no la conocemos bien.

–Cada sevillano es un cronista oficial de la ciudad y es muy complicado escribir sobre la misma. Te pueden llover las críticas o poner en duda los resultados. La ciudad tiene muchísimas capas históricas que la hacen inabarcable. Con este libro sólo he pretendido ofrecer una brújula de papel para reconocer Sevilla. Eso sí, dando un paso más allá de lo convencional.

–De la Giralda ni hablará…

–De la torre en sí no, pero sí de la cámara del reloj, por la que casi todos pasamos de largo cuando subimos a la Giralda. Es una de las siete cámaras abovedadas de la torre, a las que se accede cada cinco tramos de rampa. En la que hablamos se muestra el reloj que fabricó el franciscano José Cordero en 1764. Estuvo activo hasta los años sesenta. Antes que este, en la Giralda se instaló otro en el año 1400, en presencia de Enrique III, que se considera uno de los relojes públicos más antiguos de España.

–¿Y en las otras cámaras de la torre qué hubo?

–En estas estancias de la Giralda vivía gente, como los campaneros. De hecho, en la última habitación nació una mística hija de un campanero sevillano, la monja Bárbara de Santo Domingo, que se hizo célebre por sus visiones. Fue conocida como la hija de la Giralda.

–¿Y del Alcázar cuenta algo?

–Me ha gustado mucho poner en pie la historia de sus laberintos, especialmente el renacentista, que ya no existe, pero sí su centro, el llamado Monte Parnaso. Era un laberinto increíble, un camino iniciático del conocimiento lleno de figuras de monstruos de barro.

María Cristina quitó el laberinto del Alcázar para evitar que las damas y caballeros de la corte se perdiesen en su interior

–¿Y qué pasó con este?

–Lo mandó quitar la madre de Alfonso XIII, doña María Cristina de Habsburgo-Lorena, a quien no le gustaba que las damas y los caballeros de la corte aprovechasen para perderse en su interior.

–Una vieja historia, esa de perderse entre el follaje.

–Después se construyó el que ahora conocemos. También me interesó mucho las cúpula de la Magdalena, cuya linterna está sostenida por ocho fuertes guerreros amerindios, cada uno de estos con un sol azul a los pies. Además, se ven algunas máscaras indias vidriadas que miran con burla a las azoteas sevillanas.

–¿Y de dónde sacó el arquitecto del templo, Leonardo de Figueroa, estas fantasías americanas?

–Imagino que de alguno de los frailes dominicos que hacía la Carrera de Indias. Estas figuras recuerdan demasiado a los famosos colosos de Tula de la civilización tolteca, en México.

–Las iglesias, en general, suelen albergar muchas más sorpresas de lo esperado.

–Ahí está la Escuela de Cristo, en el barrio de Santa Cruz, una de las instituciones más herméticas creadas en el Barroco. Todavía se guarda allí la calavera y las tibias con las que los disciplinantes formaban una cruz durante sus prácticas, algo que duró hasta los años sesenta.

–No todo son templos. En su guía sale el Archivo de Indias, quizás el edificio civil más noble de la ciudad.

–De este edificio destaco el busto dorado de Hernán Cortés que se encuentra en el rellano de la gran escalera que sube a la planta principal. Fue encargado por el Duque de Montpensier, que estaba obsesionado con todo lo que tuviese que ver con el conquistador, y es copia del que tenían en Sicilia los duques de Monteleone, descendientes del mismo.

–Cuando se habla de historia de Sevilla nos solemos ceñir a intramuros, pero ¿podemos hablar de una Sevilla insólita y secreta también extramuros?

–Por su antigüedad siempre hay más cosas curiosas en el centro, pero también encontramos muchas en los barrios. En Los Remedios, por ejemplo, me parece muy interesante la Barbería Museum, el sancta sanctorum del rock sevillano…

–La de Don Curro, donde se pelaba Silvio, un lugar muy conocido para todos los que hemos vivido en ese barrio.

–Sí, Silvio fue un santo laico, un mártir de las calles. Y Don Curro, un precursor del rock sevillano, fanático de The Shadows, que llegó a fabricar sus propios instrumentos.

–En el libro queda claro que todo es Barroco y antigüedad en Sevilla.

–He intentado meter curiosidades modernas, como el último balancín en activo de Curro, la mascota de la Expo, que todas las mañanas se coloca en la puerta de la tienda Jardilín, en la calle Francos. Con el coronavirus han dejado de hacerlo y temo que sea definitivo. Curro fue obra del artista checo Heinz Hedelmann, responsable también del diseño de la película El submarino amarillo de los Beatles. Es una escultura pop súper importante.

El Metropolitam estuvo interesado por la colección del pequeño museo de música africana de Sevilla

–¿Y Sevilla Sur?

–Sevilla Sur es sobre todo el 29 y sus pabellones, algunos con una fuerza iconográfica considerable, como el de Colombia o el de Marruecos. Es muy interesante el pequeño museo de la Historia de la Farmacia que hay en la Facultad de esta disciplina, en el campus de Reina Mercedes. Es como entrar en una farmacia entre finales del siglo XIX y principios del XX, con los grandes estantes de caoba cubana que eran de la antigua farmacia Murillo, que se encontraba en la Plaza del Salvador. También tiene la mesa de la que fue la farmacia Gallego y todo tipo de instrumental antiguo.

–Sevilla tiene muchos pequeños museos desconocidos.

–Otro que tiene encanto es el de Música Africana que existe en la calle Automoción, en un polígono industrial. Es una colección de 500 instrumentos extraordinaria, tanto que el Metropolitam Museum de Nueva York se interesó por esta.

–Siempre que se habla de patrimonio, pensamos en edificios o cuadros, pero no suelen aparecer los árboles, cuando en Sevilla hay algunos de gran singularidad.

–En la guía aparece el ombú de la Cartuja, que podría tener más de 400 años y ser el primer árbol procedente de América que se plantó en Sevilla. La leyenda dice que lo hizo Hernando Colón, pero es difícil, porque ni él ni su padre estuvieron nunca en la zona de Argentina y Uruguay, de donde es oriunda esta especie.

–¿Algún ejemplar más?

–El ya centenario bambú gigante que hay en el patio de carruajes del palacio del marqués de la Motilla, que se puede ver asomando tras los muros, en la confluencia de las calles Cuna y Laraña. Lo trajeron a Sevilla tras el viaje que hizo el marqués y su hermano alrededor del mundo, entre 1886 y 1887.

–¿Algo más de ciencias naturales?

–Con la geología tienen que ver los ammonites gigantes que hay en la balaustrada de piedra del Puente del Reino de Aragón de la Plaza de España, que tienen unos 250 millones de años.

El flamenco es una construcción cultural relativamente moderna, de finales del siglo XVIII

–Hablemos de su faceta musical, que se desarrolla en el grupo Contradanza, que pretende interpretar con aires modernos el folclore andaluz, algo que, pese a lo que piensa mucha gente, no es lo mismo que el flamenco.

–El flamenco es una construcción cultural relativamente moderna, de finales del XVIII, aunque bebe de muchas músicas populares y del folclore tradicional, también de las generadas por los andalusíes y los sefardíes. El folclore andaluz es riquísimo: danzas de espada en Córdoba, trovos en las Alpujarras, la pervivencia del romancero en Jerez y Arcos de la Frontera con la zambomba... Todavía se cantan temas renacentistas. Siempre me han interesado esas músicas y cómo se pueden compaginar con la nueva música andaluza.

–La mayoría de estos folclores llegan con la repoblación cristiana, me imagino.

–Claro, hay una relación muy estrecha. El folclore de la Sierra de Huelva, por ejemplo, está directamente relacionado con el de León, fundamentalmente gracias a la Mesta. La flauta de tres agujeros y el tambor vienen de allí.

–¿La gaita rociera?

–A mí no me gusta llamarla rociera, porque su uso es mucho más amplio. De hecho los toques de la sierra son mucho más bonitos. Pero todo eso va evolucionando, con aportes contemporáneos como el acordeón e influencias de nuevas músicas como el foxtrott, la polca... También son importante las músicas de ida y vuelta. Se habla mucho de este fenómeno en el flamenco, pero muchas de las músicas que se hacen en América, como la chacarera o el carnavalito, tienen relaciones con el folclore andaluz y español.

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